El contraataque ucraniano en el sur que Moscú vende como carnicería
Ucrania atacó y salió mal. Al menos, esa es la versión que el Ministerio de Defensa ruso puso por escrito: sus tropas repelieron un intento de ofensiva ucraniana en tres direcciones de las regiones de Nikoláyev y Jersón y, como resultado, las unidades atacantes sufrieron grandes pérdidas,
560 efectivos según el propio recuento. Kiev no ha confirmado esa cifra. Tampoco ha publicado una alternativa con números. En la guerra de Ucrania cada bando factura la parte del relato que le interesa, y esta vez le tocó a Moscú.
Qué dice Rusia del contraataque ucraniano en el sur
La nota rusa es escueta: defensa activa, avance frenado y una cifra redonda de bajas enemigas. Los 560 efectivos que se atribuyen a Ucrania aparecen sin desglose público y sin verificación independiente, igual que los balances que publica a diario el Estado Mayor ucraniano sobre las pérdidas rusas. Ninguna de las dos partes ha permitido históricamente un recuento neutral sobre el terreno, y esta batalla tampoco iba a ser la excepción.
El propio relato insiste en un punto: no hace falta ganar terreno a diario, basta con que el adversario se desangre intentándolo. La lectura que acompaña a esos mensajes es que Ucrania se lanzó sin haber reunido todavía la superioridad necesaria y que lo hizo, además, en una zona donde las posiciones rusas estaban preparadas.
Las cifras de bajas: 1.000 al día frente a 100
Aquí el debate se vuelve numérico y resbaladizo. Una de las cifras más repetidas sostiene que Ucrania pierde más de
1.000 efectivos diarios entre muertos, capturados y heridos graves, mientras que las bajas rusas y prorrusas rondarían el centenar, en su mayoría heridos leves. De ahí sale la conclusión que algunos extraen: con diez veces menos hombres, las fuerzas rusas se permiten avanzar despacio.
La cifra escala cuando se sube el foco. Otra estimación manejada en la conversación habla de
más de un millón de ucranianos y combatientes extranjeros apoyados por la
OTAN frente a unos
90.000 militares rusos y unos pocos miles de milicianos prorrusos. Frente a semejante desproporción, la respuesta más directa que aparece es una sola palabra: mentira. Ninguna de las dos cosas se puede comprobar con fuentes abiertas.
Lo que sí admite matices es la evolución. Los propios mensajes reconocen que en los dos primeros meses de la invasión las bajas rusas fueron elevadas y que la situación ha cambiado desde entonces. Ese cambio de fase, de ofensiva rápida a picadora lenta, es el eje sobre el que gira buena parte de la discusión.
Dos blindados y la pelea por quién puso el vídeo
La disputa más concreta del intercambio tiene nombre y coordenadas: Yehorivka,
47.715087, 37.245856. Un vídeo muestra dos blindados BMP-3 inmovilizados y a su infantería retirándose a pie. Una parte sostiene que son vehículos rusos que buscaban un punto débil en las posiciones ucranianas y que la tripulación salió por su propio pie. Otra responde que Ucrania no opera ese modelo y que el material circulaba como propio cuando no lo era.
El detalle técnico —el modelo, quién lo usa, cuántos quedaron— se convierte así en munición argumental. Es el patrón habitual: cuando las cifras macro no se pueden verificar, la pelea se traslada al fotograma concreto, que tampoco zanja nada porque cada bando tiene su lectura del mismo minuto de grabación.
Kiev, la retirada que cada lado cuenta a su manera
Uno de los puntos que reaparece es la retirada rusa de los alrededores de Kiev. Desde una parte se subraya que las fuerzas rusas se marcharon por decisión propia, presentándolo como un gesto de buena voluntad ligado a unas negociaciones de paz que entonces estaban sobre la mesa, y que Ucrania convirtió en victoria propia los ataques contra columnas que ya se retiraban. La facción contraria lo cuenta justo al revés: como un fracaso militar ruso.
El episodio funciona como piedra de toque de todo lo demás. Según esa versión, los avances ucranianos más celebrados se habrían producido en localidades donde los rusos nunca llegaron a establecerse, o de las que se fueron sin combatir, y allí donde Moscú dio orden de resistir las líneas apenas se movieron unos cientos de metros.
Artillería, HIMARS y una guerra de desgaste
La pregunta que planea es cuánto aguanta cada economía detrás del frente. Un argumento recurrente es que Rusia apenas emplea aviación y apoya todo el esfuerzo en artillería y misiles balísticos, «de esos que tenían para tres días», ironía incluida. El coste comparado de un metro cúbico de munición de artillería rusa frente al equivalente occidental se usa como prueba de que el desgaste es asimétrico.
En el lado contrario, las referencias a los sistemas HIMARS y al flujo constante de armamento occidental sostienen la idea de que Kiev no se queda sin capacidad de golpear. La conclusión que comparten casi todos los análisis que se cruzan es incómoda: no hay atajos.
Quién paga la factura de la guerra
Una corriente de opinión dentro del intercambio apunta directamente a Washington y a Bruselas: sostiene que el apoyo militar occidental convierte a Ucrania en instrumento de una disputa mayor y que quien acabará pagando la reconstrucción será Europa. Otra responde que sin ese apoyo el país ya no existiría como Estado independiente. Es una discusión política, no militar, y ninguno de los dos lados la va a cerrar con un vídeo de dos blindados.
Con estos mimbres, lo previsible es que el frente siga moviéndose a paso de caracol y que las cifras de bajas sigan siendo el campo de batalla donde más se miente. Si algo ha quedado claro en esta fase es que ninguno de los dos bandos tiene prisa por publicar un recuento que le perjudique.