El hilo sobre la bomba nuclear: del supermercado a la zona cero
Un mensaje abre el hilo denunciando a quienes piden un ataque nuclear contra Rusia y comparte un vídeo de una vieja película como advertencia de lo que viene después de una detonación. Con ese recado arranca una discusión sobre la guerra de Ucrania que ya no es un intercambio de prognósticos militares, sino un pulso entre partidarios de apretar el botón y gente que describe lo que viene después. Quien lanza el aviso asegura que el nivel de insensateces del foro ha subido un 500% desde que empezó la guerra. El punto de partida no es la ojiva. Es la cola del supermercado.
Qué pasa cuando no hay gasolina, ni medicinas, ni internet
El inventario que se despliega es doméstico y reconocible: ningún producto en las estanterías, ni combustible en el surtidor, ni médicos en el ambulatorio, ni conexión, ni electrodomésticos funcionando, ni medicinas. El aviso se dirige a quienes creen que vivir en un pueblo los protege. «Algunos piensan que vivo en un pueblo y no va a pasar nada», se ironiza, antes de dibujar el escenario de irse al monte a cazar conejos.
Hay un segundo aviso, más incómodo: el vecino. La sospecha de que en una crisis de suministro la amenaza no llega solo desde el cielo, sino desde quien tiene que dar de comer a los suyos. Sobre todo eso planean la lluvia radiactiva y el invierno nuclear, que aquí funcionan como punto final.
Ni comida, ni gasolina, ni médicos, ni medicinas: la lista no es un ejercicio de estilo, es el argumento.
¿Es el invierno nuclear una magufada?
Sobre el enfriamiento posterior a un intercambio nuclear no hay acuerdo. Una parte lo despacha como una «magufada» con un giro irónico: si existiera de verdad, acabaría con el calentamiento global de un plumazo. Otra parte lo da por hecho y ya está eligiendo destino, con la Antártida como refugio y una idea bastante menos amable: esperar allí a las élites.
Lo que falta en ese tramo es cualquier cálculo sobre duración, superficie afectada o umbral de detonaciones. La recomendación de una película de 1983,
El día después, hace las veces de documental. La conversación salta del catastrofismo al chiste sin pasar por el dato.
63 kilos de uranio frente a 180 toneladas de combustible
El único bloque con cifras llega tarde y por comparación: un mensaje repasa, junto a un enlace a la BBC, las dos bombas de 1945 y el reactor de Chernóbil para mostrar que las magnitudes no son equivalentes.
- Little Boy, la bomba de Hiroshima, transportaba 63 kilogramos de uranio enriquecido.
- Fat Man, la de Nagasaki, contenía unos 6,2 kilos de plutonio.
- El reactor número cuatro de Chernóbil albergaba unas 180 toneladas de combustible nuclear, de las que 3.600 kilos eran uranio puro.
El accidente liberó, según ese repaso, unas siete toneladas de combustible y emitió cien veces más radiación que las dos bombas juntas. La comparación tiene trampa —un reactor no es un arma y la fisión descontrolada no se parece a una detonación—, pero sirve para lo que pretende: desmontar la idea de que un «petardazo» se queda en el cráter.
Quién aprieta el botón: la cadena de mando
Contra el argumento de que ningún militar obedecería una orden de exterminio se levanta el más cínico y el más plausible: los ejércitos obedecen, para eso están. Añade quien lo defiende que desobedecer en tiempo de guerra se castiga con prisión o con la muerte, y que siempre hay un subordinado dispuesto a ocupar el puesto del que se niega, por ascenso o por ganarse el favor de quien manda. Basta con encontrar a uno.
No hace falta un regimiento de fanáticos, sostiene esta lectura, sino un procedimiento que funcione con una sola voluntad. Es el punto donde la discusión deja de ser filosófica.
El bando que pide el ataque y su cálculo de temperaturas
Entre los partidarios del ataque, la línea es una mezcla de hastío y geografía. Se sostiene que el territorio en disputa es «tierra de nadie» y que la OTAN no debería haberse metido ahí, con una simpatía declarada por la posición rusa y sin demasiados matices. Otro participante añade el argumento térmico: en su país la media es de 20 grados y en el otro lado, cinco bajo cero, de modo que aguanta quien pueda vivir sin tecnología.
El intercambio se degrada rápido. Quien pide la bomba es acusado de adorar a Satán; quien dice no temer la muerte, de tener mentalidad de esclavo; y quien avisa del desabastecimiento, de no tener nada que perder. Hay incluso un diagnóstico de fondo que se lanza sin prueba alguna: que nueve de cada diez personas arrastran trastornos severos de psicopatía y sociopatía.
Ninguna de esas afirmaciones viene acompañada de un solo dato.
El cierre: avisadme antes y acampo en la zona cero
Y el dato que descoloca no es ninguna de las cifras anteriores. En medio del cruce de reproches, alguien pide que, si se bombardea la base de Rota, se le avise con antelación. No para huir. Para acampar en la zona cero.
También hay quien anuncia que se alistará para combatir y quien, desde el otro lado, reclama llevarse por delante el alma de algún rival antes de morir. Cualquier discusión sobre detonaciones acaba, siempre, hablando de otra cosa.