¿Es la guerra parte esencial de la naturaleza humana?
La pregunta no es nueva, pero cada generación la reformula con urgencia. Un análisis académico sostiene que la guerra deriva de una reacción psicológica normal en individuos y grupos; otro, desde la trinchera opuesta, recuerda que las especies animales huyen de confrontaciones letales como mecanismo de conservación. Entre ambos extremos, un dato que aporta un participante: la guerra organizada tendría menos de 10.000 años, mientras que la humanidad llevaría más de 30.000 sin rastro arqueológico de armas o estatus guerrero en los yacimientos europeos, según su intervención.
El instinto que no mata
La objeción más repetida contra el determinismo bélico es fisiológica. Si estamos programados para matar, ¿por qué un hombre en una pelea de vida o muerte rara vez ataca los genitales del adversario? Ese gesto, que sería letal y definitivo, no aparece. La explicación que ofrece un participante es que existe un freno biológico: las especies evitan confrontaciones que puedan acabar en muerte para alguno de los individuos. Es un mecanismo de conservación, no de destrucción.
Según ese mismo participante, a cualquier persona sana mentalmente le aterroriza la idea de matar a alguien. No digamos ya a miles o millones. Sin embargo, la historia muestra lo contrario con una frecuencia que desmiente cualquier optimismo antropológico. La contradicción queda ahí, sin resolver.
Los chimpancés también hacen la guerra
La etología complica el relato pacifista. Los clanes de chimpancés en estado salvaje practican la guerra de forma limitada. Los humanos, en cambio, la hemos romantizado, glorificado y convertido en necesidad durante periodos enteros, sostiene un participante. En la Edad Media, cuando un reino no estaba en guerra, se preparaba para la siguiente. En sociedades celtas, íberas, germánicas o vikingas, morir de viejo en la cama era indeseable; la muerte deseada era en el campo de batalla, según esa misma intervención.
La comparación con los bonobos, pacíficos por naturaleza, sitúa a los humanos a medio camino entre ambas especies, según otro participante. El problema es que ese «medio camino» ha producido Hiroshima, el Gulag y dos guerras mundiales en un solo siglo.
El Estado inventó la guerra moderna
Una corriente defiende que la guerra, tal como la entendemos, es un fenómeno estatal. Las luchas preestatales eran a menudo rituales. La guerra presupone ejércitos, estrategias, suministros, sanitarios. Sin esos ingredientes, se trata de algaradas o batallas, no de guerras. La cita clásica de Clausewitz —la guerra es la continuación de la política por otros medios— se incorpora aquí con entusiasmo.
El contraargumento es que la guerra existe desde antes de los Estados. Un troglodita contra los de la cueva de al lado ya era guerra. La definición académica recoge ambas acepciones: lucha armada entre países o grupos, y enfrentamiento entre personas o grupos. La discusión, por tanto, es semántica antes que antropológica.
Los ricos no van al frente
El análisis económico del conflicto introduce una variable que rara vez aparece en los manuales de historia militar. Los animales disfrutan del resultado de su esfuerzo agresivo. Los humanos, no, sostiene un participante. En Ucrania, según su intervención, medio millón de personas se han dejado la vida en el barro. Los que sobrevivan tampoco van a rascar demasiado, termine la guerra como termine. Mientras tanto, la élite política que la gestiona sigue en su atalaya.
La conclusión que se extrae es amarga: el hombre es la especie que distribuye los botines de forma más desigual en relación al esfuerzo de sus miembros, según ese participante. La guerra no solo mata; también enriquece a quien no dispara.
¿Por qué gobiernan los peores?
Si la gente sana no quiere matar, ¿cómo llegan los tarados al poder? La respuesta que se ofrece es inquietante: los psicópatas mienten a la perfección, tienen el equivalente a percepción extrasensorial para entender las emociones que no sienten y manipulan a quienes sí las tienen. No es que el pueblo elija a los peores; es que los peores son los únicos capaces de organizar una campaña para ser elegidos.
La gente normal, mientras tanto, es incapaz de organizarse más allá de pequeñas agrupaciones, según otro participante. Si fuéramos belicosos por naturaleza, habríamos sacado a hostias a los gobiernos de sus despachos hace trienios. No lo hemos hecho. Eso también es un dato.
La pregunta sigue abierta. Los arqueólogos no encuentran armas en los yacimientos neolíticos europeos, pero los chimpancés despedazan a sus vecinos. Los Estados modernos fabrican bombas de hidrógeno, pero un hombre en una pelea callejera no ataca los genitales de su rival. ¿Somos violentos por naturaleza o solo lo suficiente para obedecer a quien nos organiza la violencia?