¿Puede la ultraderecha ser liberal en economía?
La pregunta que divide a los analistas políticos es si el estatismo constituye un requisito indispensable de la ultraderecha o si esta puede abrazar el liberalismo económico sin traicionar su esencia. Un hilo reciente ha destilado argumentos históricos y teóricos que merecen ser examinados sin el filtro de la corrección política.
El dilema del nacionalismo económico
Por un lado, se sostiene que el nacionalismo, pilar de la ultraderecha, es incompatible con el liberalismo, porque este último sirve como herramienta de extracción de riqueza por parte de la oligarquía internacional. La defensa del mercado libre entra en colisión con la protección del trabajador local y la soberanía nacional. Los que así piensan ven en la inmigración legalizada un mecanismo para abaratar la mano de obra, y en el libre comercio, una cesión de poder a los imperios globales.
El contraejemplo de Pinochet
Frente a esta visión, se alza el ejemplo histórico de Augusto Pinochet en Chile. Su dictadura aplicó políticas de los Chicago Boys, privatizaciones y apertura comercial, garantizando según sus defensores "paz, pan, progreso y futuro". Para sus críticos, fue simplemente otro dictador autoritario al servicio de la CIA para saquear el país y empobrecer a la clase obrera. El debate revela que la etiqueta "ultraderecha" puede cobijar tanto a estatistas como a liberales, dependiendo del contexto.
El poder concentrado y la libertad real
Una corriente más radical, representada por quienes abogan por la descentralización total del poder, sostiene que tanto el Estado como el capitalismo son indisolubles y deben ser abolidos. La única forma de desconcentrar el poder es mediante asambleas soberanas, bienes comunales y pueblo en armas. Desde esta perspectiva, el verdadero liberalismo es imposible bajo un Estado con monopolio de la violencia, sea este de izquierdas o de derechas. La ultraderecha, al reforzar el aparato estatal, perpetúa la dominación.
La cuestión de la viabilidad
Los escépticos replican que las asambleas son un lujo de quienes tienen tiempo para deliberar, mientras la mayoría debe barrer la nave del patrón para comer. La democracia directa nunca se ha llevado a cabo a gran escala, ni siquiera en la Grecia antigua, donde esclavos y mujeres estaban excluidos. Intentarlo ahora requeriría un esfuerzo titánico que la gente no está dispuesta a hacer.
Lo que queda claro es que la ultraderecha no es un bloque monolítico: puede albergar desde defensores del mercado total hasta partidarios de un Estado fuerte que regule la economía en nombre de la nación. La pregunta que nadie responde del todo es si ambas posturas pueden coexistir sin implosionar.
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