España arde y el Estado se queda en la preemergencia
Agosto de 2025. Media España en llamas y la respuesta oficial cabe en una palabra: preemergencia. El Ministerio del Interior activó ese nivel, que sobre el papel no obliga a los organismos estatales a asumir la extinción, mientras los incendios dejan más de 6.000 evacuados, un fallecido en Tres Cantos y una ola en Galicia que roza las 73.000 hectáreas. No es un incendio: es un patrón. La pregunta ya no es cómo se apaga el fuego, sino quién firma el parte cuando el fuego llega al jardín.
Los números de una ola que solo mira a 2006
Galicia afronta la segunda peor temporada de incendios de su historia, superada únicamente por la de 2006, con la superficie quemada acercándose a las 73.000 hectáreas. Los focos ya no se reparten por provincias: se solapan. El 11 de agosto, el fuego originado en Tarifa avanzó entre Bolonia y Zahara de los Atunes empujado por el levante y obligó a desalojar a más de 2.000 personas. Ese mismo día, en Tres Cantos, un incendio declarado al filo de las 19:45 forzó el desalojo de las urbanizaciones Soto de Viñuelas y Fuente El Fresno.
El balance humano no admite gráficos. Dos heridos graves. Un vecino que murió con quemaduras en el 98% del cuerpo. Escribir el porcentaje es sencillo; entenderlo, imposible. El dato, seco, sirve al menos para recordar que detrás de cada hectárea hay una casa que ya no está.
El Estado que no asume la extinción
La decisión de Interior de quedarse en la preemergencia es el punto que más incomoda. Es un nivel que activa alertas, no que despliega la maquinaria estatal contra el fuego. Con más de 6.000 evacuados en toda España, la pregunta cae sola: si el Gobierno central se reserva la coordinación, ¿por qué no la ejerce cuando el monte arde? Hay quien sostiene que la competencia es autonómica y que Madrid irrumpiendo sin invitación sería un atropello competencial. En contra pesa un argumento más terrenal: cuando el fuego salta de una comunidad a otra, el teléfono que suena es siempre el mismo.
Conviene no perder de vista lo obvio. Una emergencia no se mide por quién aparece en la foto, sino por cuántos medios llegan a tiempo. Y aquí el relato oficial y la realidad del terreno llevan meses sin cuadrar.
El «¿Arreglarlo tú?» que resume dos décadas
La frase que da título al pulso político no nació en un mitin. La pronunció un afectado por los incendios de la Sierra de la Culebra en 2022, respondiendo a Pedro Sánchez tras el anuncio de ayudas: «¿Arreglarlo? ¿Arreglar... tú?». Tres años después, la réplica sigue funcionando como epígrafe del ciclo. En paralelo, según las informaciones publicadas, el ministro de Transportes Óscar Puente borró un mensaje en el que bromeaba sobre el incendio de Tarifa: la broma desapareció de la red; el fuego, no. Hubo incluso quien reprochó al cocinero José Andrés, convertido en habitual de las catástrofes, no estar sobre el terreno.
Los que sí apagan el fuego, en precario
Mientras la política discute a quién corresponde mandar, los que reman el fuego denuncian condiciones que no aguantan una temporada. Pilotos y técnicos de helicópteros de emergencia hablan de jornadas extenuantes y exigen soluciones ante la precariedad de sus contratos. Es el eslabón menos visible del sistema y, probablemente, el que antes nota cualquier recorte. Un dispositivo que depende de gente quemada de cansancio tiene un problema de diseño, no de mala suerte.
37 detenidos y 113 investigados desde el 1 de junio
Desde el 1 de junio, 37 personas han sido detenidas y 113 investigadas en relación con los incendios. La cifra rompe el relato de la fatalidad: una parte del fuego no cae del cielo, la enciende alguien. Eso desplaza el foco del clima a la mano que sostiene el mechero y complica cualquier respuesta simplista. VOX, por su parte, denunció que España arde por culpa de un «bipartidismo pirómano» que habría aprobado leyes y reglamentos contrarios al territorio. La acusación, lanzada en plena emergencia, mezcla crítica normativa con oportunismo.
Donde el análisis se atasca
Ahí se para el consenso. Nadie discute las hectáreas, pero en cuanto se pregunta quién paga, quién manda y cuánto de esto es accidente, las versiones se separan. Unos miran al abandono del monte y a los recortes en prevención; otros, a la intencionalidad. Y una sospecha incómoda sobrevuela todo: que el dinero que no se gasta en prevenir acaba saliendo mucho más caro en reconstruir. La temporada sigue abierta. El fuego, también.