Pues ahí dejo la pregunta incómoda: ¿debe España seguir vinculada al Tratado de Ottawa si eso limita su capacidad para proteger eficazmente los perímetros de Ceuta y Melilla?
Lo ocurrido debería interpretarse como un aviso, no como una simple anécdota fronteriza. Si una masa de civiles desarmados puede desbordar una frontera y poner en jaque la seguridad de una ciudad española, conviene preguntarse qué ocurriría ante una operación organizada, coordinada y ejecutada por fuerzas militares en un ataque sorpresa. Confiar en que nunca sucederá no es una estrategia de defensa, es una apuesta.
Ceuta y Melilla no pueden seguir tratándose como si su protección dependiera únicamente de vallas, patrullas y respuestas improvisadas. Su defensa debería revisarse de manera integral: fortificaciones modernas, refugios protegidos, posiciones defensivas, sistemas de vigilancia y alerta temprana, capacidad antidrón, artillería protegida y medios suficientes para resistir hasta la llegada de refuerzos.
No se trata de alimentar una guerra ni de convertir Ceuta y Melilla en cuarteles. Se trata de asumir una realidad elemental: una frontera que no puede defenderse deja de ser una frontera y termina convirtiéndose en una tentación.
La disuasión solo funciona cuando el posible agresor sabe que cualquier intento de ataque encontrará una respuesta inmediata, organizada y de un coste inasumible. Lo contrario no es prudencia: es vulnerabilidad.
Y aquí hay una contradicción evidente. Si de verdad creemos que un ataque es imposible, entonces cabe preguntarse para qué mantenemos allí al Ejército. Pero si lo mantenemos porque admitimos que existe un riesgo, por remoto que sea, su despliegue no puede ser meramente simbólico. Debe ser creíble, visible y suficientemente contundente como para que nadie considere viable poner a prueba la soberanía española.
Un Ejército que no disuade antes del conflicto se ve obligado a combatir después. Y la mejor defensa es precisamente aquella que hace innecesario llegar a ese punto.
Lo ocurrido debería interpretarse como un aviso, no como una simple anécdota fronteriza. Si una masa de civiles desarmados puede desbordar una frontera y poner en jaque la seguridad de una ciudad española, conviene preguntarse qué ocurriría ante una operación organizada, coordinada y ejecutada por fuerzas militares en un ataque sorpresa. Confiar en que nunca sucederá no es una estrategia de defensa, es una apuesta.
Ceuta y Melilla no pueden seguir tratándose como si su protección dependiera únicamente de vallas, patrullas y respuestas improvisadas. Su defensa debería revisarse de manera integral: fortificaciones modernas, refugios protegidos, posiciones defensivas, sistemas de vigilancia y alerta temprana, capacidad antidrón, artillería protegida y medios suficientes para resistir hasta la llegada de refuerzos.
No se trata de alimentar una guerra ni de convertir Ceuta y Melilla en cuarteles. Se trata de asumir una realidad elemental: una frontera que no puede defenderse deja de ser una frontera y termina convirtiéndose en una tentación.
La disuasión solo funciona cuando el posible agresor sabe que cualquier intento de ataque encontrará una respuesta inmediata, organizada y de un coste inasumible. Lo contrario no es prudencia: es vulnerabilidad.
Y aquí hay una contradicción evidente. Si de verdad creemos que un ataque es imposible, entonces cabe preguntarse para qué mantenemos allí al Ejército. Pero si lo mantenemos porque admitimos que existe un riesgo, por remoto que sea, su despliegue no puede ser meramente simbólico. Debe ser creíble, visible y suficientemente contundente como para que nadie considere viable poner a prueba la soberanía española.
Un Ejército que no disuade antes del conflicto se ve obligado a combatir después. Y la mejor defensa es precisamente aquella que hace innecesario llegar a ese punto.