Cobardía, sótanos y pisos altos: la acusación que nadie comprueba
En plena ofensiva sobre las ciudades ucranianas, una acusación circula con más fuerza que las pruebas que la respaldan: que el Gobierno y el ejército de Ucrania se comportan como
cobardes al disparar desde pisos altos mientras la población se refugia en los sótanos. La tesis se enuncia en una línea y se comprueba con enorme dificultad, porque depende de vídeos cuya autoría, fecha y localización nadie ha verificado de forma independiente. Quien la sostiene la da por hecha. Quien la rechaza la llama
montaje.
¿Qué se acusa exactamente al ejército ucraniano?
La acusación concreta es esta: las fuerzas ucranianas se apostan en las plantas altas de edificios residenciales y mantienen a los vecinos en sótanos y plantas bajas, de modo que la artillería rusa no pueda derribar el inmueble sin provocar una matanza. Es la definición clásica del
escudo humano, y quien la defiende la presenta como prueba de una cobardía calculada.
El problema es la verificación. Nadie que sostenga esa tesis ha demostrado estar en el edificio, conocer el reparto de plantas ni saber si en los pisos superiores hay civiles o militares. Se apunta, con razón, que un vídeo editado permite montar cualquier cosa: se graba el bombardeo, se añaden después las imágenes de la evacuación y ya tenemos una historia cerrada. La pregunta que descoloca a los dos bandos es siempre la misma: ¿cómo lo sabes tú?
Cobardía, ¿según el diccionario de quién?
Parte del desacuerdo no es sobre los hechos, sino sobre la palabra. Hay quien sostiene que la valentía no está en alistarse, sino en negarse a matar por los intereses de una élite, y que subir a un camión con un fusil y cien personas más no convierte a nadie en héroe. Otros replican que quien defiende una ciudad sitiada no elige el campo de batalla ni la altura desde la que dispara, y que juzgar desde el sofá es la única
cobardía documentada hasta ahora. En ese terreno no hay datos. Solo marcos morales.
El papel de las fuerzas chechenas en el frente
Las unidades chechenas aparecen en el relato como fuerza de choque, y su nombre, asociado al de
Ramzan Kadyrov, se usa para subrayar la dureza del despliegue. Una versión insiste en que combaten de pie, a pecho descubierto, sin parapetarse, lo que se lee a la vez como temeridad y como propaganda. Otra parte de la polémica las presenta como un elemento más de desgaste, sin evidencia pública sobre su despliegue real ni sobre su cadena de mando.
El detalle importa porque la presencia de esas unidades funciona como argumento emocional, no como dato. La nacionalidad de esos combatientes se ha utilizado como insulto en buena parte de los comentarios, un gesto que informa más sobre quien lo escribe que sobre el terreno.
Qué dice el Consejo de Seguridad y por qué no zanja nada
El Consejo de Seguridad de la ONU es otro frente abierto. En su registro, la representación rusa sostuvo que son radicales ucranianos y neonazis —y no las fuerzas rusas— quienes retienen rehenes en las ciudades y usan a civiles como escudos humanos, y que esas unidades habrían violado un alto el fuego declarado por Moscú. Es la posición de una de las partes en un órgano donde esa parte tiene veto. No es una conclusión independiente.
En la misma línea se citan bombardeos sobre Donetsk y Lugansk que, según ese relato, llevan años sin salir en los informativos de máxima audiencia. Que un argumento sea de parte no lo vuelve falso. Tampoco lo vuelve verdadero. Y el lector que busca una cifra que ambos bandos acepten se queda igual que estaba.
Bajas, televisiones y tres relatos incompatibles
Aquí el detalle se vuelve más elocuente que la consigna. Se atribuye al presidente ucraniano un balance llamativo sobre el teatro de Mariúpol:
cero muertos y un único herido. La cifra se suelta sin contexto, sin fecha y sin verificación.
En paralelo, un reportero de la televisión pública española desplazado a Kiev habría descrito cómo las baterías antiaéreas ucranianas, al interceptar misiles, hacen que los restos caigan sobre edificios civiles y causen más daño que si el proyectil hubiera alcanzado su objetivo. Y la televisión rusa habría despachado una jornada de bombardeos con un solo fallecido, lo que se lee como un ejercicio de minimización. Tres relatos, tres públicos, ninguna cifra compartida.
Stalingrado como espejo
La comparación histórica llegó pronto: la misma táctica que hoy se llama cobardía fue, en Stalingrado o en Járkov, la del Ejército Rojo, y entonces se llamó resistencia. Ese doble rasero —el mismo hecho que antes era heroísmo y hoy es vileza— señala el punto donde la polémica deja de hablar de Ucrania y empieza a hablar de quien mira.
Ninguna de las cifras que se cruzan —cero muertos, un herido, un solo fallecido en una jornada de bombardeos,
ocho años de guerra en el Donbás— viene acompañada de una fuente que las dos partes acepten. Sin fuente común no hay verificación: solo bandos, y un vídeo que necesita intérprete de confianza en cada lado. La polémica se atasca exactamente ahí. Las imágenes de las próximas semanas tampoco van a resolverlo.