La ciudad perfecta para vivir en España: Soria, Oviedo o la costa
Dejar atrás la ciudad donde uno ha vivido siempre y mudarse a otro lugar de España es una decisión que cada vez más personas se plantean. La pregunta que abre el asunto es directa: teniendo en cuenta todo lo que a cada uno le gustaría que tuviera su ciudad ideal, ¿cuál es la mejor ciudad de España para vivir el resto de la vida? La respuesta, como era de esperar, no es única. Hay quien prefiere urbes con todos los servicios y hay quien defiende que la calidad de vida está en los pueblos pequeños, lejos de la masificación.
La conversación arranca con una premisa clara: la ciudad soñada puede ser una gran urbe o un pueblo de menos de 50 habitantes. No hay condiciones. Y eso abre un abanico que va desde la costa mediterránea hasta la España vaciada, pasando por el norte lluvioso y el interior castellano.
El norte: Oviedo, Santander y el problema del empleo
Una de las corrientes más repetidas apunta al norte.
Oviedo aparece como una ciudad tirando a pequeña pero con todos los servicios, limpia y cuidada, con un clima que evita el calor agobiante del Mediterráneo. El problema, señalan, es que no hay trabajo. En Asturias, como en buena parte del norte, la falta de empleo es el freno principal. Hay quien sostiene que en Oviedo y Avilés se vive de lo público: una media de edad muy alta, jubilados con pensiones altas y una administración autonómica y municipal sobredimensionada. El resultado es una ciudad cómoda para quien no necesita trabajar, pero complicada para quien busca empleo.
Santander también recibe elogios. Se la describe como la mejor ciudad de España, un poco provinciana, pero eso no le queda mal. El Valle de Arán, en la frontera con Francia, aparece como otro de los lugares deseados. En todos estos casos, el clima gris y lluvioso es el precio a pagar por la tranquilidad.
El Mediterráneo: calor, turismo y precios
En el otro extremo, la costa mediterránea concentra las preferencias de quienes priorizan el clima y el mar.
Alicante,
Castellón,
Almería,
Cádiz o
Córdoba aparecen en la lista. Castellón se destaca por tener mar y montaña y estar al lado de Valencia. Jávea o Mallorca gustan, pero solo con mucho dinero: sin él, la experiencia cambia radicalmente.
El problema de la costa es doble. Por un lado, el calor: hay quien describe localidades costeras del norte de Barcelona como un horno desde finales de mayo hasta finales de septiembre, con los niños en el patio del colegio a la sombra o remojándose en la fuente. Por otro, el turismo: los pueblos turísticos son maravillosos fuera de temporada, pero en verano se vuelven insufribles. La población de Madrid, Sevilla y Málaga se apelotona en las mismas calles.
La España vaciada: Soria, Zamora, Cuenca
Frente a la costa y las capitales, una parte de los participantes defiende provincias que pierden población.
Soria,
Zamora,
Palencia,
Logroño,
Cuenca,
Guadalajara y
Cáceres aparecen como los lugares donde la calidad de vida es mayor, precisamente porque no hay masificación. El argumento es que en esas provincias las infraestructuras no se van a quemar por saturación, las calles no dan asco y los servicios, aunque limitados, no colapsan.
Soria tiene un problema: el frío. Zamora, en cambio, recibe elogios de quien se ha mudado desde el País Vasco y asegura que de momento muy bien. La España vaciada no es solo una cuestión de precio: es una apuesta por un ritmo de vida más lento, con menos gente y menos prisas. El precio a pagar es la falta de oportunidades laborales y, en muchos casos, la despoblación.
El factor trabajo: teletrabajo y hostelería
Una de las conclusiones más repetidas es que la ciudad ideal depende del trabajo. Si no se necesita trabajar, la costa gana. Si se depende del empleo, las opciones se reducen drásticamente. En zonas costeras, el trabajo se limita a hostelería y limpieza. En el norte, a lo público. El teletrabajo aparece como la única forma de combinar un lugar tranquilo con un salario estable.
Hay quien plantea un año sabático en un pueblo, dejando de lado la carrera profesional, y quien recuerda que la edad, el patrimonio y el currículum condicionan cualquier mudanza. La pregunta no es solo dónde vivir, sino de qué vivir.
El caso de Huelva: playa vacía y alquileres de 400 euros
Uno de los testimonios más concretos llega desde un pueblo turístico de la costa de Huelva. Quien escribe asegura haber huido del País Vasco y vivir en un lugar donde la playa está vacía, el paseo marítimo para correr también, y la urbanización donde reside tiene silencio total. El alquiler:
400 euros. Lo describe como el paraíso. El matiz llega de otro participante que vivió tres años en Isla Cristina: buen sitio, se come muy bien, pero en verano la cosa cambia.
El caso de Huelva y Cádiz también se reivindica por su verde. Hay quien sostiene que hay zonas de Huelva y sobre todo de Cádiz con más vegetación de la que la gente presupone por estar tan al sur. Un chalé en un pinar con la playa al lado existe y no es caro, aunque otra voz advierte de que muchas de esas casas están en suelo rústico, sin suministros y, en algunos casos, fuera de ordenación.
El clima como factor decisivo
El clima es, probablemente, el factor que más divide. Quien vive en el norte gallego se queja de lluvia, humedad y frío, con tres cuartas partes del año nubladas, y busca clima seco, luz y buena temperatura. Quien vive en la costa del norte de Barcelona dice estar desadaptado al calor achicharrante casi la mitad del año. El intercambio es perfecto: uno quiere irse al Mediterráneo y el otro al norte.
El resultado es que no hay una ciudad perfecta, sino tantas como perfiles. La costa ofrece clima y mar a cambio de calor, turismo y precios. El norte ofrece tranquilidad y servicios a cambio de lluvia y falta de empleo. La España vaciada ofrece espacio y precios bajos a cambio de soledad y servicios limitados. La decisión, al final, depende de lo que cada uno esté dispuesto a sacrificar.
Con estos mimbres, la migración interior debería ser masiva. Sigue siendo marginal. Nadie cuadra del todo por qué.