La derecha española se desprecia más que a la izquierda
Hay una paradoja que recorre el descontento político español y que este debate deja al desnudo: buena parte del electorado que se declara de derechas considera que la derecha institucional es peor que el PSOE. No es una exageración de tertulia. Es una tesis que se repite con una insistencia casi litúrgica: «NADA en el mundo puede ser peor que el PSOE, NADA, ni siquiera la mierda de derecha que tenemos en España». La frase resume un estado de ánimo que va más allá de la crítica partidista: es la constatación de que el votante conservador no se siente representado por nadie.
El diagnóstico que se impone es que no existe una derecha real en el arco parlamentario. Se argumenta que lo que hay son «judiada roja, judiada azul, judiada verde y demás colorines», una forma cruda de decir que todos los partidos responden a intereses ajenos al interés general. La conclusión que se extrae es que el ciudadano de derechas está huérfano: vota, pero no elige; paga, pero no decide.
El PP como traidor útil del sistema
La acusación más repetida contra el Partido Popular no es que sea de izquierdas, sino que es funcional al sistema. Se le acusa de ser «peores que los rojos en todo, anti-españoles, pro-sudacas», y de no tener más proyecto que «vivir de especular con la vivienda, toros, escopetas, esclavistas». Es una descripción que mezcla desprecio ideológico con desilusión económica: el PP, se dice, no defiende al español medio porque su negocio no es ese.
El remate de ese argumento es la conclusión de que «los pocos españoles de bien tendremos que irnos definitivamente de este país». No es una hipérbole aislada. Es la lógica final de quien cree que el sistema político está diseñado para que él nunca gane, vote lo que vote.
La inmigración como excusa y como negocio
El otro gran eje del descontento es la inmigración. La tesis que se sostiene es que existe una «peculiar confluencia de intereses entre los progremierdas y los empresaurios hispañordos»: los primeros quieren inmigración masiva por ideología, los segundos por mano de obra barata. El resultado, se argumenta, es que el trabajador autóctono queda atrapado entre dos fuegos que no le representan.
La conclusión económica que se extrae es que la patronal manda y los partidos obedecen. «Antes del gobierno Aznar no había inmigración o era ridícula, tras 8 años ya había varios millones», se afirma, para concluir que «es la patronal la que lo manda, y los otros obedecen, el PSOE también». Es una lectura que convierte la política migratoria en una simple consecuencia de la demanda empresarial de mano de obra.
La OTAN y el gasto en defensa: el ejemplo que lo prueba todo
El asunto que se usa como prueba definitiva de la traición es el gasto en defensa. Se sostiene que «quien ha mentido a todos los españoles y nuestros acreedores (OTAN & UE) respecto al incremento en gasto en defensa ha sido el actual presidente del gobierno», y que «quien ha tenido que bajarse los pantalones y firmar lo que digan ha sido el actual presidente del Gobierno». La conclusión es que España aparece en la escena internacional como un país que promete y luego incumple.
La ironía que se desliza es que el votante de derechas ve en el PSOE al culpable de la sumisión exterior, pero considera que el PP haría exactamente lo mismo con menos aspavientos. De ahí la sensación de que no hay alternativa real: solo gestos distintos para la misma política.
El partido que nadie va a permitir
La pregunta que sobrevuela todo el descontento es por qué no surge un partido que busque exclusivamente la prosperidad de España. La respuesta que se da es desoladora: «Eso no lo van a permitir nunca». No se identifica al sujeto que no lo va a permitir, y esa vaguedad es precisamente el punto: el sistema, en abstracto, impide cualquier opción que no pase por los cauces establecidos.
La conclusión práctica es que el votante de derechas está condenado a elegir entre lo malo y lo peor, y que su desafección no tiene salida institucional. La abstención, el voto protesta o la emigración se presentan como las únicas respuestas coherentes.
¿Es este desprecio mutuo una anomalía española o el síntoma de algo más profundo que recorre todas las democracias occidentales? La respuesta, por ahora, no está en las urnas.