Polonia prepara a 40 millones de ciudadanos para la guerra
Desde que a finales de febrero Rusia anunció su invasión de Ucrania, Polonia vive en un estado prebélico. Su posición geográfica, lindando con el país agredido, ha convertido la frontera en un corredor por el que ya han pasado más de tres millones de ucranianos. Sobre ese suelo, el primer ministro Mateusz Morawiecki ha dado un paso más: de suministrar armamento a Kiev a plantear que sus propios ciudadanos tomen las armas. «Si a Rusia se le ocurre atacar Polonia, el Kremlin debe saber que hay 40 millones de polacos dispuestos a empuñar las armas y defender su patria», dijo. El anuncio llegó con una cifra concreta: 314 nuevos polígonos de tiro que elevarían el total del país hasta los 2.500.
Qué ha anunciado el Gobierno polaco, cifra a cifra
El objetivo declarado es que los ciudadanos se familiaricen con el uso de armas cortas y fusiles. «Es necesario reiterar el mensaje de que el acceso a las armas es para hacernos más fuertes como país. Como reza el dicho latino, si quieres la paz, prepárate para la guerra», argumentó el primer ministro. La intención no se queda en las palabras. El ministro de Defensa, Mariusz Blaszczak, ha anunciado la formación y el estacionamiento de
dos nuevas divisiones de armas combinadas a lo largo del río Vístula. Y el grupo de Armamento Polaco ha firmado un acuerdo con la surcoreana Hyundai Rotem para desarrollar conjuntamente tanques y vehículos blindados, además de cerrar la compra a Corea del Sur de carros de combate K2 y cañones AHS Krab.
La sospecha territorial: Leópolis y el oeste de Ucrania
A partir de ahí, el rearme se lee de dos maneras opuestas. Una corriente sostiene que Polonia está preparando a su población para entrar en el oeste de Ucrania y quedarse con parte del territorio:
han visto sangre, y se da por hecho que Putin no invadiría Polonia porque no es tan temerario. En el otro extremo, la amenaza rusa se considera real y el rearme, una respuesta obligada antes de que sea tarde.
El argumento histórico aparece pronto. Se recuerda que Leópolis —Lwów— la fundaron los polacos cuando en Moscú todavía se pagaban tributos a los mongoles, y que Kaliningrado nunca fue polaco. La conversación se enreda con las fronteras de 1945: Masuria y buena parte de la Prusia Oriental eran alemanas antes de la guerra, y las quejas sobre el trazado actual se remiten a quien las fijó entonces. La sospecha de fondo es que Polonia quiera cobrarse ahora en territorio ucraniano lo que considera suyo, con el precedente de una región que cambió de manos varias veces en el siglo XX.
El precedente de 1939: los aliados que no se movieron
El símil más repetido es el de la invasión de Polonia por Hitler. Francia y el Reino Unido declararon la guerra y no movieron ficha: todo el ejército francés y la fuerza expedicionaria británica se quedaron tras la línea Maginot mientras la Wehrmacht aplastaba Polonia. El propio Hitler temía que Francia cruzara la frontera, porque sabía que no había nada con qué detenerlos con el grueso de su ejército luchando en el este. Con Noruega ocurrió algo parecido: se conocían los planes alemanes y la reacción llegó tarde, mal y con lo justo.
De ahí sale la lectura más incómoda para Varsovia. Si algo así volviera a suceder, la
OTAN sacrificaría a Polonia para que se comiera la artillería rusa —y puede que alguna táctica nuclear— mientras fija su línea de defensa más al oeste, en Alemania. No es una predicción: es un patrón que se repite en el análisis.
¿Por qué armar a la población civil y no solo al ejército profesional?
Aquí llega la crítica más concreta al plan. Entrenar a abuelos, carteros, oficinistas y personal de media pensión para empuñar un fusil se lee como una vuelta al 39; la alternativa que se propone es centrarse en mejorar el ejército profesional y no repartir responsabilidades de combate entre la población civil. También se subraya la paradoja regulatoria: las normas europeas que restringen la tenencia legal de armas para defensa propia no parecen un obstáculo cuando el marco es la preparación para un conflicto.
Desconcierto, temor y el pulso diplomático
Las palabras del primer ministro han causado desconcierto entre la población y temor a una posible invasión rusa, y también críticas: en vez de dar seguridad, se ha sembrado el pánico en parte de la ciudadanía, según el relato recogido por la prensa. La posición polaca es más dura que la de Alemania o Francia, que no descartan la vía del diálogo con Putin. El presidente Andrejz Duda fue rotundo: «¿Llamar a Putin? Nadie llamó a Hitler en la Segunda Guerra Mundial».
Con esos mimbres, la pregunta de fondo sigue sin cerrarse. Un país que instruye a su población en el uso de las armas puede estar disuadiendo a un vecino o preparando algo distinto. Nadie ha logrado decidir cuál de las dos cosas es, y el dato que descoloca es justamente ese: la misma política sirve para las dos explicaciones.