Zelenski se pone fuerte: músculo, propaganda y ruido en Kiev
En la residencia presidencial de Kiev —el palacio que fue sede oficial del zar y por el que pasó la emperatriz Dagmar evacuada de Petrogrado— se sentaron esta vez los líderes de Alemania, Francia, Piamonte-Cerdeña y Rumanía. El anfitrión no llevaba traje. Recibió en camiseta militar, hombros anchos y gesto de campaña. Desde hace semanas, el físico de
Volodímir Zelenski se ha colado en la conversación pública: ya no es solo un presidente en guerra, es un cuerpo que se mira, se mide y se discute.
La anécdota no es menor. En un conflicto donde la información es arma, el aspecto del líder forma parte del mensaje. Y lo que emite ese torso entrenado es deliberado: resistencia, salud,
aquí no se rinde nadie. Lo que empieza como curiosidad de redes termina siendo una pieza más del relato bélico, y eso tiene coste.
¿Por qué se habla del cuerpo de un presidente en guerra?
Porque el cuerpo comunica. Un mandatario demacrado transmite derrota; uno con pectorales marcados y camiseta de campaña transmite aguante. Hay quien sostiene que ese cuidado físico es puro marketing: horas de gimnasio y suplementos pagados para vender una dureza que el frente no confirma. En contra pesa el argumento contrario: precisamente porque tiene tiempo para entrenar mientras su país se desangra, algunos lectores ven ahí un síntoma de distanciamiento.
El detalle que más circula no es el músculo, sino el atrezzo. La camiseta militar, el verde oliva permanente, ese uniforme que no es uniforme reglamentario. Una parte del análisis lo lee como símbolo de cohesión con las tropas. Otra lo califica de disfraz: no está en primera línea, no es militar profesional y el traje de campaña, foto tras foto, empieza a oler a personaje.
La altura, el dato que nadie se salta
Si hay una cifra que reaparece una y otra vez es la estatura. Hay quien sostiene que Zelenski ronda el
1,70 m y que Macron anda por el 1,73. Medio palmo que en las fotografías oficiales se convierte en titular de burla y en munición para los dos bandos. Los críticos lo usan para ridiculizar la pose de fortaleza; los defensores recuerdan que media Europa cabe en esas comparaciones y que la altura nunca gobernó un país.
La broma recurrente apunta a todos los presentes, no solo al ucraniano. Y esconde algo más incómodo: la política internacional como concurso de apariencias, donde se mide el físico porque resulta más fácil que discutir los resultados. Se argumenta incluso que la ausencia de un dirigente español en esas fotos responde a cálculos de altura para no quedar en evidencia. Humor de sobremesa, sí, pero que dibuja una percepción: en la foto manda quien parece más alto.
Las acusaciones sobre el dinero y las sustancias
El otro filón es el patrimonio. Circulan afirmaciones sobre una
villa de ocho millones comprada en Israel por sus padres y sobre supuestos consumos de sustancias, siempre sin pruebas y mezcladas con rumores de hace años. Conviene leerlas como lo que son: acusaciones, no hechos acreditados. La misma lógica del relato que se critica —dar por bueno lo que conviene— se aplica aquí sin pudor.
Mientras unos señalan el lujo y otros lo desmienten, la conversación pierde el eje. Un país en guerra, con las cuentas sostenidas por transferencias externas, y el foco puesto en si el presidente tiene o no pectorales. El ruido tapa lo que importa: quién paga, cuánto y hasta cuándo.
El cansancio del relato y el eco del teatro
A medida que pasa el tiempo, la maquinaria de la propaganda se desgasta. Lo que se recibía como gesto heroico ahora se mira con ceja alzada: las imágenes de campaña, los discursos de
hasta el último hombre, los vídeos de gimnasio. No es que la parte dura del asunto haya desaparecido —hay guerra, hay muertos, hay millones en juego—, es que la fórmula se ha vuelto previsible y el público, escéptico.
Hay quien lo resume así: tras cada asunto de estos siempre hay una gran dosis de teatro, y los de arriba nunca tienen miedo de caer, por algo será. La frase, repetida en distintos formatos, captura un ánimo que va más allá de Ucrania: la sospecha de que la política se ha convertido en escenografía y de que la fuerza que se exhibe es justo la que falta.
Al final del recorrido queda un dato para enmarcar. La cifra que más se repite en buena parte de la discusión no es la del armamento recibido ni la de los efectivos en el frente. Es la de una villa de ocho millones que, según se sostiene sin pruebas, habrían comprado sus padres. Lo verificable aburre; lo insinuado se viraliza.