La bola negra: 4,7 millones y bronca en el estreno
¿Qué tiene
La bola negra para dejar 4,7 millones de euros en taquilla durante su primer fin de semana y, a la vez, encender una bronca que cruza toda la conversación pública? La película de Javier Calvo y Javier Ambrossi,
Los Javis, llegó a las salas el viernes
25 de septiembre y desde el primer pase conviven dos relatos que no se hablan entre sí: el del fenómeno comercial, con premios internacionales incluidos, y el del rechazo más frontal, que acusa al filme de propaganda. Distribuida por Netflix fuera de España, la cinta ha convertido su propia promoción —hasta en los telediarios— en parte del argumento en su contra.
Cuánto recauda La bola negra y qué premios acumula
El dato duro primero:
4,7 millones de euros en el primer fin de semana. A eso se suma un palmarés que la propia campaña repite sin descanso: ex aequo a mejor dirección en Cannes, premios del público en el festival de Toronto —la primera película de habla no inglesa en lograrlo desde 2011— y en San Sebastián. El 16 de octubre estaba previsto su desembarco en Estados Unidos en un número limitado de salas, con Netflix como distribuidora y una ventana de mes y medio.
Hay quien lee esa acumulación con desconfianza. La tesis que circula sostiene que festivales y galardones funcionan aquí como
campañas de posicionamiento más que como reconocimiento artístico, y que el circuito se retroalimenta con la plataforma que después la emite. Sospecha razonable o prejuicio preventivo, según a quién se pregunte.
Por qué se acusa a La bola negra de apología del satanismo
El título no es decorativo. Remite a
San Sebastián, el soldado romano vinculado a la guardia imperial bajo Diocleciano que fue atado a un poste y atravesado a flechas por su fe, y que sobrevivió al primer intento de ejecución. Un participante del debate lee ese martirio en clave homoerótica y sadomasoquista y califica la cinta de
apología del satanismo, la acusación que encabeza la polémica.
Es una interpretación, no un hecho comprobado. Pero explica por qué la discusión se ha desplazado del cine a la teología en menos de un fin de semana.
El detalle del clero en la Granada de 1937
Una de las objeciones más concretas no va de estética, sino de derecho canónico. Un participante recuerda que a comienzos del siglo XX el código de la Iglesia prohibía a los miembros del estado clerical participar en actividades indecorosas o ajenas a su condición: corridas de toros, casinos, juego, negocios, espectáculos profanos o clubes recreativos. Con esa norma sobre la mesa, sostiene que la escena del casino con obispo y curas depositando bolas negras para admitir o rechazar a un candidato no encaja con lo que podía ocurrir en la Granada de 1937.
No es la única licencia histórica que se le atribuye. También se le reprocha un retrato maniqueo del periodo y una lectura de la Guerra Civil ajustada al relato de la
memoria histórica.
Penélope Cruz, 18 minutos y dos canciones
El reparto hace buena parte del trabajo promocional.
Penélope Cruz aparece un total de 18 minutos, pero su personaje basta para abrir una de las líneas temporales: da vida a la cupletista Nené Romero en 1937, anima al batallón en el cuartel con dos números musicales y mantiene una conversación con el protagonista. El filme se apoya en un cantante y en caras jóvenes para el tramo contemporáneo, y en intérpretes de peso para el histórico.
¿Normaliza o estigmatiza? El pulso sobre el sexo
Aquí el rechazo se parte en dos. Un participante sostiene que la forma de mostrar la intimidad entre hombres resulta contraproducente para el objetivo que dice perseguir: en lugar de acercar, aleja. Otro responde con más sequedad: quien entra a ver una película de temática homosexual y se escandaliza al ver sexo entre hombres no sabía a qué iba. Entre ambos extremos aparece un tercer grupo que no entra al contenido y se limita a señalar la edad de parte del público en la sala.
Ninguna de las dos posiciones es demostrable. Las dos caben en el mismo fin de semana de estreno.
De la taquilla a la trinchera histórica
El último giro de la conversación ya no habla de la película. Habla de qué historias se cuentan y cuáles no. Frente al relato que la cinta ofrece de 1937, hay quien reclama otras películas sobre episodios del mismo periodo, con la represión en la retaguardia como ejemplo recurrente.
En medio, la única coincidencia amplia: la factura visual se salva. La fotografía y algunas recreaciones se citan como lo mejor del conjunto incluso entre quienes la suspenden sin matices.
Una película que recauda como un taquillazo, se discute como un manifiesto y se juzga como un examen de historia. Si el objetivo era que nadie quedara indiferente, misión cumplida.