Torres Skyline: alquileres de 3.070 € y puertas sin control
Inauguradas en octubre de 2022, las torres Skyline de Tetuán se presentan como el último escalón del alquiler de lujo en Madrid:
24 alturas, cien metros y 300 viviendas por torre. El eslogan del recibidor, «Elige vivir con libertad», ha envejecido regular. Pintadas con spray rojo en varias plantas, cristales de ascensores rotos, desconocidos que entran detrás de un repartidor y vecinas que rescinden el contrato por miedo forman un relato que la propia gestora admite, matiza y trata de corregir.
Qué son las torres Skyline de Tetuán
Dos rascacielos gemelos de 300 viviendas cada uno. En la torre de alquiler la propiedad es la empresa
Bext Skyline, que contrata la gestión a Básico Homes. Se diseñó para alquiler: la propiedad entrega los pisos amueblados, con suministros contratados y servicios incluidos —gimnasio, piscina y coworking—. La torre de la izquierda salió a la venta, aunque en la práctica se habita en arrendamiento porque la compraron inversores. Los precios arrancan en
1.350 euros al mes por 42 metros cuadrados y una habitación, y llegan a 3.070 por 93 metros y tres habitaciones. Cuanto más arriba, mejores vistas y factura más alta.
Pintadas, cristales rotos y una tarjeta maestra
Colarse es sencillo. Basta esperar a que entre un repartidor —el trasiego de motos de plataformas de comida es continuo— y acceder detrás de él por las dos puertas correderas de cristal. Dentro, el control depende de tres conserjes que rotan turnos; a veces ninguno está en el mostrador porque anda de ronda. El acceso a las viviendas no se hace con llave, sino con
tarjeta, como en un hotel. Ese diseño explica parte de lo ocurrido: una inquilina relata que el primer día un operario entró en su casa con una tarjeta maestra y le dijo que no sabía que estuviera allí.
La gestora no lo niega. El director general de Bext Space,
Jaime Monjo, incorporado en mayo de 2023, asume los errores y sitúa cada episodio: «La tarjeta maestra ya no existe: solo hay una y la tengo yo». Quien la necesite para mantenimiento tiene que pedírsela a él. Antes de esa fecha hubo pintadas rojas en varias plantas —entonces sin cámaras— y, dos meses después, cristales de ascensor destrozados.
Los destrozos que la gestora atribuye a un residente
Según el relato de la empresa, los daños de mayor calado los causó un residente al que describe como
cirujano de un país latinoamericano, junto a una pareja que pasaba mucho tiempo en casa. La versión corporativa habla de pintadas, pantallas de ascensor rotas, suelos levantados y destrozos en los trasteros con la espuma de un extintor. Un vecino lo habría identificado por una de esas acciones, y con denuncias previas sobre la mesa bastó una conversación con el inquilino para que los incidentes cesaran. La acusación procede de la gestora y no consta resolución judicial alguna sobre los hechos.
¿Quién vive en las torres Skyline?
Entre la clientela hay diplomáticos. La gestora lo confirma, aunque no detalla países. Algunas residentes dicen haber identificado matrículas de cuerpo diplomático y mencionan a Venezuela, Nicaragua y Albania. También se cuentan fiestas en la azotea con vecinos de las dos torres, y referencias dispersas a acompañantes contratadas y consumo de drogas que nadie acredita con pruebas y que, de existir, ocurrirían dentro de apartamentos privados.
¿Están llenas o medio vacías?
Aquí los números se separan. La propiedad maneja un
75% de ocupación; una vecina cifra la real en torno al 50% y describe su planta con tres pisos vacíos y cinco ocupados, con otras donde «no vive nadie». Tras la inauguración se habló de sesenta inquilinos en la torre de alquiler. En Idealista aparecen anunciados una treintena de apartamentos de estas torres. Quien miró para comprar manejaba 400.000 euros por el más pequeño y 700.000 por el que le interesaba.
El lujo en un barrio de clase media
El desajuste entre precio y entorno es otra línea de fricción. Hay quien sostiene que un edificio de este nivel, en un barrio de renta media, solo se explica por otros usos —residencia de paso, alquiler corto, sede ocasional— y que eso debilita el control de accesos. A escasa distancia se levantan otras torres similares.
Con semejante mezcla de precios, rotación y accesos abiertos, el conflicto debería haberse apagado con más conserjes y más cámaras. La empresa dice que ya está en ello. Las que se fueron no piensan comprobarlo: mudarse les salió más barato que seguir teniendo miedo. Ahí se atasca el asunto: nadie ha medido cuántos pisos han quedado vacíos por los incidentes.