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Madmaxista
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Los economistas de Deutsche Bank…
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El mundo se dirige hacia un régimen económico dominado por la oferta, donde la escasez de bienes y los repuntes de inflación serán habituales, volviendo obsoletas las políticas de estímulo de la demanda.
El mundo está cambiando, y no parece que vaya a ser para mejor, al menos en términos económicos. Deutsche Bank ha lanzado un informe que dibuja un futuro poco halagüeño, una nueva era para la economía global. Olvídense de los años de bonanza con tipos de interés a cero y precios estables. Lo que viene, según estos economistas, es un escenario de escasez, con subidas de precios frecuentes y gobiernos que se las verán y desearán para controlar la situación.
Hace no tanto, allá por 2020, las economías desarrolladas navegaban en tipos de interés negativos o en el 0%. El problema era el exceso: se producía demasiado, ahorrábamos en exceso y los precios, si acaso, caían. La demanda no respondía, ni siquiera con dinero casi regalado. La única vez que vimos escasez fue en el pico de la pandemia, con mascarillas y material sanitario volando de las estanterías. Pero eso era un pico puntual. Ahora, la cosa parece ser estructural.
La clave de esta nueva era, según Henry Allen, estratega de Deutsche Bank, es que hemos vuelto a un mundo dominado por la oferta. Ya no es la demanda la que marca el paso, sino la capacidad de producir. El crecimiento se ve limitado por la falta de bienes y servicios. Eventos como el cierre del estrecho de Ormuz ya han demostrado cómo un cuello de botella en el suministro puede disparar los precios del petróleo, generar inflación y frenar la economía. Este cambio de régimen macroeconómico, donde la oferta es el principal problema, hace que muchas de las recetas económicas que funcionaron en la década de 2010 ya no sirvan.
Cuando la producción se encuentra con límites, ya sean por aranceles, guerras o simplemente por falta de capacidad, inyectar más dinero en la economía, ya sea bajando tipos de interés o aumentando el gasto público, solo sirve para inflar los precios. Piénsenlo: si no hay suficiente diésel porque las refinerías no dan abasto o el petróleo no llega, o si las fábricas de chips no pueden producir más rápido, ese dinero extra no se traducirá en más bienes, sino en precios más altos. Es un círculo vicioso donde la demanda se topa con una oferta rígida.
Este panorama de escasez y oferta limitada tiene un efecto directo en el mercado laboral. Los trabajadores, viendo que los precios suben y que la oferta de mano de obra puede empezar a escasear (piensen en la jubilación de la generación del baby boom), empezarán a reclamar salarios más altos. Las empresas, para retener talento, no tendrán más remedio que subir sueldos. Esto, a su vez, alimenta aún más la inflación, creando una espiral precios-salarios difícil de romper.
Las consecuencias para la economía global son claras. Los repuntes de inflación serán más frecuentes porque no habrá suficiente capacidad productiva ociosa para responder a un aumento de la demanda. Además, hay riesgos estructurales importantes. La jubilación de la generación del baby boom, que se retira con ahorros considerables y pensiones elevadas, mantendrá un nivel de consumo alto en una economía con menos gente trabajando y produciendo. El resultado es una presión constante al alza sobre los precios. Si además indexamos las pensiones a esta inflación galopante, el problema se agrava año tras año.
Aquí viene lo más preocupante: las herramientas que los bancos centrales y gobiernos han usado hasta ahora para gestionar la economía pierden gran parte de su eficacia. Las políticas monetarias, diseñadas para estimular la demanda, no pueden solucionar los problemas que vienen del lado de la oferta. Bajar tipos de interés o inyectar liquidez no va a hacer que haya más chips o que las refinerías produzcan más.
Por otro lado, los estímulos fiscales en una economía limitada por la oferta son aún más inflacionarios. No solo suben los precios, sino que además corren el riesgo de desplazar la inversión privada, es decir, que el dinero público ocupe el espacio que podría haber sido utilizado por las empresas para aumentar su capacidad productiva.
La conclusión del informe de Deutsche Bank es contundente: las viejas premisas económicas de la década de 2010 ya no son válidas. Se ha producido una ruptura estructural. Hemos pasado de un mundo donde se daba por sentado que la oferta se adaptaría a la demanda, a uno donde la oferta vuelve a ser una restricción significativa.
De cara al futuro, el principal desafío para los responsables políticos será ampliar la "frontera productiva" de la economía. Esto significa aplicar políticas de oferta: flexibilizar el mercado laboral, considerar retrasar la edad de jubilación, incentivar la inversión de las empresas en aumentar su capacidad productiva. Solo así se podrá evitar que la inflación y la escasez se apoderen de la economía mundial. El crecimiento futuro, si queremos que el nivel de vida general mejore, dependerá de una expansión de la oferta, no de un estímulo a la demanda que ya no responde como antes.
Los economistas de Deutsche Bank…