Diada 2023: la manifestación que no acobarda a España
La Diada de 2023 volvió a escenificar la paradoja que arrastra el
independentismo catalán desde hace años: una movilización con asistencia de verbena popular, proporcionalmente menor que en sus mejores tiempos, y un discurso que sigue vendiendo una amenaza que no se corresponde con su fuerza real. La convocatoria, impulsada por las entidades soberanistas, reunió a
7 millones de personas según los organizadores, una cifra que el propio movimiento independentista ha ido inflando con el tiempo y que contrasta con los
5,5 millones de votantes que acuden a las urnas en Cataluña. La pregunta que sobrevuela el análisis es incómoda: ¿tiene esta gente acobardado al resto del país? La respuesta, a la luz de los datos y de la evolución del procés, es un no rotundo.
La Diada que no moviliza como antes
La Diada de 2023 no fue la exhibición de fuerza que el independentismo acostumbraba a mostrar. Aunque las entidades convocantes hablaron de
7 millones de asistentes, la realidad es que la movilización se quedó en una verbena popular, con menos tirón que en años anteriores. El propio movimiento reconoce, a regañadientes, que la asistencia ha caído. La cifra de 7 millones, además, es difícil de sostener: Cataluña tiene alrededor de 7,5 millones de habitantes, lo que implicaría que casi todo el mundo salió a la calle. Un cálculo que no resiste el menor análisis.
El independentismo ha vivido durante años de una
ficción movilizadora: la de que una mayoría social respaldaba la secesión. Los datos electorales, sin embargo, desmienten esa lectura. En las últimas elecciones catalanas, los partidos independentistas sumaron alrededor de
2 millones de votos, lejos de los 5,5 millones de catalanes con derecho a voto. La diferencia entre lo que se grita en la calle y lo que se vota en las urnas es abismal.
¿Tiene el independentismo acobardado al resto de España?
No. Esa es la conclusión que se extrae del análisis de los datos y de la evolución política de los últimos años. El independentismo catalán ha intentado vender una imagen de fuerza imparable, pero su capacidad de intimidación se ha diluido. En 2017, con el referéndum ilegal y la declaración unilateral de independencia, el movimiento llegó a su punto álgido. Desde entonces, su influencia ha ido decayendo, lastrada por la fuga de sus líderes, las condenas judiciales y la constatación de que la independencia no es viable.
Hay quien sostiene que el independentismo sigue siendo una amenaza porque cuenta con el apoyo de una parte de la burguesía catalana, esa que veranea en la Costa Brava y que ve en el procés una forma de presión para obtener ventajas fiscales. Pero esa misma burguesía es la primera que ha ido abandonando el barco cuando las cosas se han puesto feas. La
elite separata, como se la conoce en ciertos círculos, solo entiende el idioma del miedo real cuando se le aprieta de verdad.
El coste económico de una ficción
El independentismo no solo no acobarda, sino que se ha convertido en un lastre económico para Cataluña. La incertidumbre política ha provocado la fuga de empresas, la caída de la inversión extranjera y un deterioro de la imagen internacional de la región. Los datos son tozudos: desde 2017, más de
4.000 empresas han trasladado su sede social fuera de Cataluña, según las cifras que manejan los registros mercantiles. Un goteo que no se ha detenido.
A esto se suma el coste de mantener una estructura administrativa paralela, la del
Estado catalán imaginario, que consume recursos públicos sin aportar nada a los ciudadanos. Las arcas catalanas soportan el peso de embajadas fantasma, delegaciones en el exterior y un sinfín de organismos creados para justificar el relato independentista. Todo ello mientras la sanidad, la educación y los servicios sociales se deterioran.
La respuesta del Estado: mano de hierro o negociación
El debate sobre cómo responder al independentismo sigue abierto. Una parte de la opinión pública sostiene que solo la
mano de hierro y la aplicación estricta de la ley pueden desmontar la estructura separatista. Otra parte defiende la negociación y el diálogo como única vía para recomponer la convivencia. Lo que está claro es que la estrategia de los últimos años, basada en concesiones y gestos simbólicos, no ha servido para rebajar la tensión.
El independentismo ha convertido la amenaza en un negocio. Cada vez que hay elecciones, los partidos soberanistas elevan el tono y prometen la independencia para movilizar a su base. Luego, pasadas las urnas, todo vuelve a empezar. Es un
bucle infinito que beneficia a los políticos independentistas, que viven de la causa, y perjudica a los ciudadanos, que soportan las consecuencias.
El futuro del procés: sin rumbo
El procés ha perdido el rumbo. Sus líderes están fugados o en prisión, la unidad de acción se ha roto y la sociedad catalana está más dividida que nunca. La Diada de 2023 fue un reflejo de esa decadencia: menos gente, menos entusiasmo y más resignación. El independentismo ya no asusta a nadie. Se ha convertido en una
verbena popular que se celebra cada 11 de septiembre para recordar una derrota y alimentar un victimismo que ya no cuela.
La pregunta que queda en el aire es qué pasará cuando los líderes del procés se den cuenta de que su relato ya no moviliza. Puede que entonces, y solo entonces, empiecen a buscar una salida negociada. O puede que sigan instalados en la ficción hasta que la realidad les acabe pasando por encima. El tiempo dirá.