Piso «bien» a 350.000 € y los 100.000 que un forero atribuye a Nueva York
Según los mensajes que abren el debate, un piso de 80 metros en una capital española de segunda fila: 350.000 euros, y el vendedor no se despeina. El precio de la vivienda en España, según ese planteamiento, se ha desanclado de los salarios hasta un punto que roza el esperpento: según sostiene uno de los participantes, con
100.000 dólares se compra un apartamento en Nueva York «en perfecto estado de conservación», y sostiene que aquí las nóminas rondan la cuarta parte de las estadounidenses.
La tesis de partida es sencilla y brutal: la vivienda española se ha convertido en un activo para pensionistas europeos y para quien vende un inmueble y compra otro.
La mitad de las transacciones serían de ese tipo. Lo demás, sostiene el planteamiento, es una máquina de extracción montada durante décadas y sostenida con dinero público.
¿Cuánto cuesta de verdad un apartamento en Nueva York?
Aquí la unanimidad se rompe. Las cifras de 100.000 dólares se contestan con datos de otro orden: según el relato de un participante, un piso normal comprado en la ciudad en los años 80 y 90 ya costaba
400.000 dólares, y ese mismo inmueble se tasa en dos millones. «Eso de pisos a 100.000 no sé de dónde te lo sacas», resume la réplica más directa. Otra lectura lo reduce a poco más que un armario empotrado.
El contraargumento no es solo de precio. Según otra de las voces, en Estados Unidos el crédito hipotecario es más caro que en Europa y el impuesto inmobiliario local —el equivalente al IBI— se mueve entre
2.000 y 5.000 dólares al año. A eso se suma la comunidad: quien abre el debate apunta que en los condominios las cuotas mensuales van de 700 a más de 1.000 dólares. Hay quien desglosa un caso con
hipoteca de
350 dólares y una cuota de comunidad de 1.250, donde el mantenimiento pesa más que la deuda. El desglose, partida a partida, alimenta la sospecha de que el ladrillo se paga dos veces.
El zulo de los 70 que se vende a 150.000 euros
Vuelta a España, donde lo que irrita no es el precio de la vivienda buena sino el de la mala. Un participante cifra que en barrios de la periferia madrileña, un piso de los años 70, mal reformado, sin ascensor y de unos
50 metros cuadrados se coloca entre
150.000 y 170.000 euros. Por debajo de 100.000, en capitales de provincia, añade, lo que aparece son promociones del antiguo INV con medio siglo encima. Los alquileres de 800 euros por pisos sin ascensor completan el cuadro.
Y sin embargo, se venden. Hay quien recuerda que hace dos décadas el comprador pagaba indistintamente 350.000 o 400.000 por 80 metros sin pestañear. La queja sobre el precio no siempre va acompañada de una caída equivalente de la demanda, aunque un participante asegura que la demanda cae en picado. La
desidia del comprador resignado es, para algunos, el mejor abono del sistema.
Pensiones al 8,5% y salarios al 1%: la grieta generacional
El análisis se desplaza pronto hacia el reparto de rentas. Una parte señala la subida de las pensiones —
8,5% en la última revisión— frente al 1% o 2% de los salarios, con pensiones máximas en torno a
2.700 euros y dos pagas extraordinarias. Según esa lectura, el poder de negociación de ese colectivo, con los gastos cubiertos, es nulo, y la presión política para mantenerlo es máxima.
Una anécdota resume mejor que cualquier gráfico el choque de mentalidades: un participante cuenta que intenta comprar un terreno rústico en el pueblo vecino, sin uso durante 20 años, y recibe una respuesta que no olvidará.
«Vender es de pobres». De ahí sale una lectura incómoda: el stock de vivienda está en manos de la generación que compró barato y que vota con independencia de lo que ocurra con los salarios jóvenes.
«Si las casas suben de precio es porque los españoles podemos pagarlas»
La defensa del statu quo tiene su propia cita, atribuida en el debate a un ministro de la época de la burbuja anterior:
«Si las casas suben de precio, es porque los españoles podemos pagarlas». El corolario es que no hay burbuja sino libre mercado: cuando nadie pueda pagar, los precios bajarán solos y sin intervención.
Frente a eso se apunta a la oferta. Una de las voces recuerda la liberalización del suelo de los años 90 y su resultado: al estallar todo, se creó un vehículo público para absorber el ladrillo sobrante y hubo que rescatar al sector. También se señala la presión demográfica —
500.000 personas entran cada año en un país de
48 millones de habitantes— y la pregunta incómoda de dónde se mete a quien llega cuando no se construye.
El diagnóstico que gana terreno: usura o neofeudalismo
La palabra que más se repite ya no es burbuja. Es
usura, en unos casos, y neofeudalismo en otros: un parque de vivienda que acaba concentrado en pocas manos, cuyos propietarios vivirán de rentas indefinidamente. Quien sostenga que está a salvo por ser propietario recibirá, antes o después, el mismo trato que da, resume una de las voces más duras.
No hay consenso ni receta. Se citan las leyes de alquiler de Suiza, Alemania o Luxemburgo, donde la mayoría vive de alquiler y el inquilino responde del estado del inmueble. Se responde que ninguna norma arregla lo que es, en el fondo, una voluntad colectiva de participar en el juego. Y en medio queda la sensación que resume el malestar: en España se paga la vivienda a precios de gran capital con nóminas de provincias. ¿A qué espera el mercado para corregir? ¿O es que ya no queda nadie con margen para pedir que corrija?