Aagesen dice que España no tiene uranio y la ley prohíbe extraerlo
Sara Aagesen, ministra para la Transición Ecológica, cerró el argumento con una frase redonda:
«No tenemos recursos fósiles, no tenemos uranio, pero sí tenemos sol y sí tenemos viento». Poco después, Pedro Sánchez repetía la misma idea en el Congreso, con la pregunta retórica de dónde piensa importar España el combustible si no tiene. La frase tiene truco. Y el truco se llama
Ley 7/2021.
Según el Libro Rojo del Uranio, el informe de la Agencia Internacional de la Energía que recopila reservas mundiales, España sería el
segundo país de la Unión Europea continental con mayores reservas del mineral. Los yacimientos con nombre propio que se citan en el debate están en Salamanca —la mina Fé, en Saelices el Chico, junto a Ciudad Rodrigo— y en Cáceres. La mina salmantina no cerró por sequía geológica: llevaba operando desde el siglo XX y funcionó
hasta principios de los 2000.
¿Por qué España no extrae su propio uranio?
Porque una ley lo prohíbe. El artículo 10 de la Ley 7/2021, de cambio climático y transición energética, veta la investigación y el aprovechamiento de minerales radiactivos en todo el territorio nacional cuando se extraigan por sus cualidades fisionales o fértiles. La aprobó el propio Gobierno que ahora niega tener recursos. La consecuencia lógica es que la afirmación no es del todo falsa: no hay uranio
explotado, aunque sí uranio constatado bajo tierra.
Hay quien sostiene que se trata de un eufemismo deliberado; hay quien lo llama, directamente, deshonestidad. El caso es que el Ejecutivo puede decir «no tenemos uranio» sin faltar a la verdad literal, porque se ha encargado por normativa de dejar de tenerlo. El detalle de la enmienda —y de quién la firmó— es uno de los puntos que, según algunos participantes, el relato oficial prefiere no airear.
Reservas no son minas: el pulso sobre los costes
Aquí empieza la parte que ningún bando cierra. La lectura oficial distingue entre reserva y recurso. Reserva es lo económica y técnicamente extraíble. Recurso es lo que existe sin garantía de que compense la inversión. Desde esa distinción se argumenta que las menas españolas son pobres, caras de procesar y que sacarlas del subsuelo no compensa frente a comprarlas ya listas para usar.
El contraargumento ha hecho fortuna: si tan agotado está el filón,
¿por qué hacía falta prohibirlo por ley? Cuando algo no es rentable, simplemente no se extrae. Cuando se prohíbe, es que alguien teme que sí lo sea. En el centro del choque está la vieja distinción entre lo que la geología permite y lo que la política decide no permitir.
Cuántos años aguantarían las nucleares con uranio nacional
Los cálculos que circulan dan un orden de magnitud: en torno a
28.500 toneladas de reservas estimadas y un consumo anual cercano a las
1.600 toneladas en las centrales nucleares españolas, que generan aproximadamente una quinta parte de la electricidad del país. La aritmética arroja unos
17,81 años de autonomía si todo el mineral saliera de minas nacionales.
Es una cifra incómoda, porque ni resuelve el debate de largo plazo ni deja en buen lugar la tesis del vacío absoluto. El desglose completo, con las variaciones que reconoce el propio modelo, añade todavía más incertidumbre a la estimación. La horquilla depende de cuánto se considere realmente extraíble y a qué precio.
Francia no tiene uranio y opera medio centenar de reactores
La comparación internacional desmonta el argumento por otro lado, según quienes la esgrimen.
Francia no tiene yacimientos propios y mantiene más de cincuenta reactores en funcionamiento, alimentados durante décadas con mineral de sus antiguas colonias africanas. Que un país carezca de uranio no lo condena a renunciar a la energía nuclear: lo obliga a importar.
Del lado contrario, hay quien recuerda que España importa ya todo el uranio de sus centrales, principalmente de países como Australia o Rusia, y que el Reino Unido construye su propia transición con una mezcla muy distinta a la española, donde el gas, la nuclear y la eólica marina pesan más que el sol. El mix británico —con el gas en cabeza— circula en la discusión como espejo incómodo del caso español.
El choque político y el interés extranjero
La afirmación de la ministra ha caído mal fuera del Gobierno. Hay quien la tilda de falsedad y hay quien recuerda que la prohibición vigente fue impulsada por los mismos que ahora dicen que no hay nada que extraer. Sobre el asunto planea una pregunta —que nadie responde del todo— sobre por qué empresas australianas han mostrado interés en abrir el grifo del uranio español mientras aquí se sostiene que no hay nada que sacar.
El patrón se repite, según resume uno de los participantes: prohibimos, importamos y, el día que otro lo explote, se lo compraremos. Es la historia del cobre, del que España fue uno de los mayores productores mundiales del siglo XX y del que, sostiene este mismo participante, ya no queda nada.