«La economía va como una moto», pero la compra cuesta más
El titular lo soltó una televisión privada sin pestañear: creación de empleo «brutal», sobre todo entre mujeres y migrantes. Lo dijo sin mirar a cámara y del tirón, como quien recita un argumentario. La pregunta que queda flotando no es si el dato es verdad, sino por qué el dato y la cesta de la compra cuentan historias distintas.
Qué dice el relato oficial y qué responde la caja del supermercado
El mensaje emitido habla de
récord de ocupación y de un mercado laboral que tira con fuerza. Frente a eso, la experiencia más repetida en la conversación es otra: hacer la compra cuesta
un 50% más que hace pocos años y los mismos
20 euros de gasolina que antes daban para dos viajes de ida y vuelta a Alicante ahora solo alcanzan para uno. No es un problema de percepción. Es aritmética doméstica.
Hay quien sostiene que la macroeconomía se ha convertido en una herramienta de trileros, una «ciencia» que sirve para engañar al incauto. La acusación es gruesa, pero explica por qué tanta gente deja de creer en los titulares cuando llega a la caja. El indicador sube, la sensación baja. Y las dos cosas pueden ser ciertas a la vez.
El truco de los fijos discontinuos y las horas que no se trabajan
El punto más técnico y más repetido es el de los
fijos discontinuos. Un trabajador con este contrato no computa como parado cuando no está trabajando, ni cobrando, ni cotizando. El resultado es un número de ocupados que crece mientras las horas efectivamente trabajadas se estancan. Si se mide el número de contratos, el país va como un tiro; si se miden horas y productividad, el cuadro cambia bastante.
La comparación que más se repite es la de
2008: hoy hay más gente empleada, pero se trabaja menos horas que en plena crisis. El empleo que se crea es en buena parte a tiempo parcial, de fin de semana o por horas. No es lo mismo tener un puesto que tener un sueldo con el que vivir. Esa diferencia, que los agregados no capturan, es la que nota el ciudadano.
El dato de las ventas de coches y su letra pequeña
Para cerrar la boca a los escépticos se esgrime un dato potente: las
ventas de coches nuevos superan el millón de unidades por primera vez desde 2019. Es un argumento de peso. El consumo de bienes duraderos suele indicar confianza. Si la gente compra coches, algo de dinero hay.
La réplica llega con la letra pequeña. El modelo más vendido es un utilitario de bajo coste, no el coche soñado. Y hay sospechas de que parte de las matriculaciones de diciembre no son ventas reales a particulares: concesionarios matriculando unidades para luego venderlas como seminuevas a empresas de alquiler o renting. El dato sería cierto, pero no significaría lo que parece. El cálculo completo, desglosado mes a mes, deja un diciembre que desentona con el resto del año.
Impuestos, deuda y la paz social que se compra a crédito
Otra línea de análisis apunta al origen del empleo que se crea. Buena parte sería empleo público financiado con deuda, porque los impuestos, aun siendo los más altos de la historia, no alcanzan a cubrir la estructura. La deuda sigue creciendo cada año a lo bestia. Y eso, tarde o temprano, se paga.
El debate deriva entonces hacia algo más incómodo: la
paz social comprada a crédito. Se sostiene que comprar tranquilidad con gasto público es un chantaje que se aplaza, no una solución. Cuando la alfombra de deuda se levante, el espejismo se verá por lo que es. Mientras tanto, el Gobierno anuncia subidas de impuestos y la gente mira la nómina.
¿Por qué el dato de empleo no cuadra con la cesta de la compra?
Porque miden cosas distintas. El dato de empleo cuenta contratos y ocupados; la cesta de la compra mide poder adquisitivo real. Un país puede tener más empleos y, al mismo tiempo, salarios que compran menos que antes. La precariedad, el subempleo y la inflación acumulada explican esa brecha sin necesidad de que nadie mienta.
A eso se añade la
pérdida de poder adquisitivo de los salarios y el peso de la vivienda. Quien vive de alquiler nota que una parte creciente de su sueldo se va en techo. El agregado no distingue entre un contrato indefinido a jornada completa y un fijo discontinuo sin actividad. La media esconde la distribución.
El desgaste del relato y la pregunta que queda abierta
El desgaste del mensaje oficial tiene un efecto paradójico: cuanto más se repite, más gente lo contrasta con su extracto bancario. La inflación se cuela en cada compra y no admite interpretación. Los precios no se pueden maquillar en la caja del supermercado. Eso genera un escepticismo que ningún publirreportaje desactiva.
Queda una pregunta abierta. Si los indicadores dicen que vamos como una moto y la cesta de la compra dice otra cosa, ¿cuál de los dos mide de verdad la economía de la gente? La respuesta no está en el dato. Está en la próxima vez que alguien pague la compra y haga la cuenta.