Die Linke, el partido de la izquierda radical alemana, ha presentado su lista de candidatos para las próximas elecciones. La lista incluye a personas de minorías étnicas, del colectivo LGTBI y con discapacidad, un avance en representación que, sin embargo, ha recibido una ola de burlas y críticas en las redes. La paradoja es que ese desprecio no viene solo de la derecha: parte de la base trabajadora tradicional, la que debería sentirse representada por un programa de justicia social, también ha reído y ha dado la espalda.
El fenómeno tiene un espejo en España. Las comparaciones con Podemos y con Pablo Echenique, el exsecretario de organización con discapacidad, han sido inevitables. La apuesta por la diversidad como seña de identidad es un guiño a los votantes urbanos y progresistas, pero también un riesgo de ahondar la brecha con los trabajadores de a pie, que ven en esas listas una élite progresista desconectada de sus problemas económicos.
El programa económico de Die Linke es de los más radicales de Europa: nacionalizaciones, reducción de la jornada laboral y gasto social. Pero la conversación pública, una vez más, se centra en la identidad y no en la clase. ¿Ha convertido el lenguaje identitario en humo la agenda redistributiva? Hay quien sostiene que la diversidad es una plataforma para llegar a más votantes, y quien opina que es una trampa para desplazar el foco de la lucha de clases.
Si la candidatura de una mujer de izquierda clásica, como apuntan algunos análisis, puede barrer a esta lista aparentemente posmoderna, el experimento de Die Linke habrá sido un espejismo. O quizás no. Y la pregunta que queda en el aire es si el votante alemán prefiere un espejo de la sociedad o una herramienta para cambiar la economía.