Opositar ya no es vocación: es la huida de un mercado laboral roto
Opositar dejó de ser una vocación para convertirse en una huida. El trabajo existe, sí, pero cada vez peor pagado, con horarios que destrozan la vida familiar y exigencias que suben mientras el sueldo baja. Frente a ese panorama, la plaza pública funciona como refugio y como plan B de una generación que ha visto cómo el SMI se normalizaba en sectores donde antes era impensable. El asunto tiene un valor que no siempre se le reconoce: convierte una sensación difusa en un catálogo de agravios muy concretos.
El punto de partida: la empresa privada ya no compensa
El diagnóstico dominante es que la privada ha dejado de ser una opción competitiva para quien no tiene una carrera consolidada. Quien lleva años dentro lo resume sin adornos: fuera de la función pública, uno acaba siendo
el animal a cazar. Un participante describe ascensos que llegan con coche de empresa y
40.000 euros brutos, y que aun así se abandonan porque no hay forma de conciliar.
Hay quien cuenta el caso de una ingeniera química con una década de trayectoria impecable, contratada directamente tras las prácticas, que manda todo al garete para estudiar un máster de educación y ejercer de profesora. Renuncia a su carrera y a su sueldo, y lo hace sin derecho a paro. No es un caso aislado: encaja en un patrón donde el estrés y la falta de tiempo pesan más que la nómina.
El argumento se sostiene sobre una idea incómoda: si el principal incentivo de un empleo es que no te despidan, el contrato emocional se rompió hace tiempo.
¿Cuánto paga una plaza frente al sector privado?
Aquí los números hablan solos, aunque cada caso tenga su trampa. Un puesto de montador eléctrico en Adif —con una formación modesta y una plaza para toda la vida— ronda los
34.000 euros brutos, según los ejemplos que circulan. La otra referencia habitual baja a los
900 euros al mes en la privada, donde, con retranca, cada mañana es
como entrar en Disneylandia.
Entre ambos extremos aparece una franja que antes se daba por privilegiada y ahora también oposita. Profesionales que ganan bien y aun así preparan exámenes admiten que no ven otra salida. Otros lo miden con un reloj: a los 45 años, sin plaza, uno es
un cadáver laboral, porque el mercado deja de mirarte justo cuando más falta hace la estabilidad.
Las plazas que se quedan desiertas: informática y suboficiales
Que medio país oposite no significa que todas las plazas se cubran. Hay quien sostiene que en informática de la AGE, tanto en el grupo A2 como en el A1,
más de la mitad de las plazas quedan vacantes, y eso que basta cualquier grado para presentarse. Otro participante asegura que en las Fuerzas Armadas cada año se quedan sin cubrir alrededor de la mitad de las plazas de suboficiales por promoción interna.
La explicación que se da es doble. Por un lado, el nivel del examen, calibrado para que no pase cualquiera sin haber estudiado. Por otro, que mucha gente apunta a oposiciones que no le corresponden por perfil: titulados en audiovisuales, historia o magisterio compitiendo por puestos pensados para perfiles de ADE o Derecho, con la esperanza de ascender más adelante. Así se juntan convocatorias de
500 plazas con 300 candidatos, y el resultado es una mezcla de abandono y eternización.
El incentivo que nadie pone en el folleto
En algunos ámbitos las productividades y los complementos sí funcionan como aliciente. Pero el gran incentivo de la pública es otro, y no aparece en las bases: la certeza de que no te van a echar. A eso se suma un factor territorial que en la privada es casi imposible. Encontrar trabajo cualificado en provincias es una quimera; en la administración, es la normalidad.
El resultado es un modelo que premia la permanencia y no el rendimiento, con un efecto secundario que muchos describen: la sensación de que la plaza es un
regalo envenenado. Se entra pensando en la tranquilidad y se acaba en un puesto con escasos estímulos, donde la motivación se marchita.
El coste del refugio: 2012 y el ojo del BCE
Toda esta corriente migratoria hacia lo público tiene factura. Se recuerda que el antecedente de cuasiquiebra del Estado se resolvió con una
rebaja del 10% en el sueldo de los funcionarios, mientras muchos trabajadores privados veían desaparecer el suyo por completo. Es el precedente que planea sobre cada nueva convocatoria masiva.
Y hay quien mira al Banco Central Europeo, con el déficit español en su punto de mira, como el recordatorio de que la plaza tampoco es inmune a un ajuste. Nadie sabe si esa presión llegará a traducirse en recortes efectivos, pero la memoria de 2012 sigue muy viva en quien ya vivió una.
Si la tendencia se mantiene, la próxima década tendrá más opositores y menos candidatos para las plazas que nadie quiere. La probabilidad de que esa tensión se resuelva sola es baja; la de que alguien aborde por fin el modelo productivo que lleva décadas sin reformarse, todavía más.