Vividor Alicantino
Madmaxista
- Desde
- 24 Ene 2024
- Mensajes
- 20.576
- Fruta
- 55.776
https://www.elmundo.es/cronica/2026/10/03/6abff6b3fdddffa9228b4572.html Diego Rubio, el "monje"…
Follow along with the video below to see how to install our site as a web app on your home screen.
Nota: This feature may not be available in some browsers.

Diego Rubio Fernández, jefe de gabinete de Pedro Sánchez desde septiembre de 2024, es señalado como el responsable de la estrategia que desvió la atención de la crisis migratoria de Ceuta hacia el caso de Maricarmen y la vivienda. Su control de la agenda presidencial le convierte en una de las figuras más influyentes y menos conocidas del Ejecutivo español.
Diego Rubio Fernández tiene 40 años, nació en Cáceres y desde septiembre de 2024 ocupa la jefatura de gabinete de Pedro Sánchez. Su nombre apenas aparece en los titulares, pero su influencia es difícil de exagerar: decide qué asuntos llegan al presidente y en qué orden, marca el relato del Gobierno y, según quienes han trabajado a su lado, es una de las últimas voces que escucha Sánchez cuando tiene que decidir algo complicado. A veces, la última. No le gusta que le llamen político. Prefiere "servidor público", "académico de paso" o "hombre de ideas". Cuando alguien le recuerda que su cargo es, probablemente, el más político de todo el Gobierno, responde con una mezcla de ironía y autoparodia: "Soy un híbrido extraño, vale. Y algo amorfo". En privado, cuando insisten, se exaspera: "Es que yo no soy uno de ellos".
Esa distancia con el oficio, y con el partido, le ha valido más enemigos que amigos. En 2024, cuando sustituyó a Óscar López al frente de la jefatura de gabinete, en el PSOE se levantaron cejas. "No tiene carné", decían. "Desprecia al partido". "Es un arrogante". "Carece de ideología". "Sólo tiene 38 años". "Se cree el más listo". "No ha ido a un mítin en su vida". "Mírale, con zapatillas y sin corbata". Rubio tampoco se esforzó en caer bien: apartó a quienes no veía a la altura del puesto, fichó a perfiles provenientes de Podemos, Ciudadanos y hasta del PP, y proclamó su desdén por los políticos de carrera. Abogó por cargarse las juventudes de los partidos. "Tiene una alta estima de sí mismo y eso le genera defectos como la soberbia intelectual", admite un amigo íntimo. "Pero eso también le crea cierta protección: le da igual lo que opine un diputado, sea del PP o del PSOE, que no se ha leído un libro en su vida. Suele usar un dicho: 'El águila no caza mosca'".
Su control sobre la maquinaria del Gobierno es difícil de encajar en los manuales. Suyo es el control de la agenda presidencial: qué asuntos y en qué orden reciben la atención del jefe. Suya es la autoría del relato del Gobierno: qué temas se impulsan y cuáles conviene aplacar. Suya es, también, la máxima influencia en la toma de decisiones: es una de las últimas voces, en ocasiones sólo dos, que escucha el presidente cuando se topa con un dilema enrevesado. Y, como admiten sus propios colegas, rara vez se encuentra en el bando perdedor. Habla con "el jefe" diez veces al día. Otras treinta con ministros. Ni lleva la cuenta del resto. Se levanta a las 7.00, está en Moncloa a las 8.00 y rara vez se acuesta antes de la 1.00. El móvil, claro, sigue lleno de mensajes.
La biografía de Rubio no es la de un heredero. Creció en una familia trabajadora: su padre es fisioterapeuta y su madre, ama de casa. Estudió toda su vida gracias a becas. Se graduó en Historia por la Autónoma de Barcelona, con un Erasmus en la Sorbona de París, y sus notas le valieron el Premio Nacional de Excelencia Académica. De ahí saltó, también becado, a la Universidad de Oxford, donde completó un doctorado en Letras Hispánicas. En 2017 aterrizó en la IE University de Madrid, donde fundó la Escuela de Política, Economía y Asuntos Globales.
Su tesis doctoral tiene un título que, visto desde el presente, admite lecturas incómodas: "La ética del engaño: secreto, transparencia y mentira en los orígenes del pensamiento político moderno". Son 304 páginas en las que Rubio analiza cómo numerosos autores, principalmente españoles de los siglos XIII al XVII, quitaron a la mentira el tufo moralista heredado de San Agustín y animaron a gobernantes y asesores a ser más laxos con los hechos. "Yo proclamo que el engaño jugó un papel importante en la formación de la Modernidad", escribió. Lo que hoy llamaríamos relato, posverdad o, directamente, bulos.
La relación con Sánchez arranca el 7 de mayo de 2018. Rubio organizaba el ciclo Madariaga, una serie de conferencias en el Magdalen College de Oxford. Sánchez, entonces jefe de la oposición, acudió como invitado. Faltaban tres semanas para la moción de censura que le llevaría a La Moncloa. Rubio le impresionó: un treintañero políglota que le paseaba por despachos de politólogos y economistas de una de las mejores universidades del mundo. Intercambiaron teléfonos. Dicen los amigos de Rubio que simplemente trató a su invitado con la misma cortesía que al resto. Otros compañeros de universidad adivinan motivaciones más retorcidas: "Diego usaba el halo Oxford en aquella época para seducir a gente importante y ganarse un puesto en España".
"No le vi nunca como un votante socialista", cuenta un amigo de aquellos años. "Era moderado y regeneracionista. Me recordaba a gente como Toni Roldán. Yo me lo imaginaba encantado en un gobierno de Albert Rivera". También Rubio se llevó una buena impresión de Sánchez, aunque nada cercano al flechazo. "Los políticos le parecían lo peor", añade otro amigo de sus años universitarios.
A finales de 2018, ya en el Gobierno, Sánchez le propuso incorporarse al staff de Moncloa. Rubio compaginó durante un año su trabajo en la IE con un puesto de vocal-asesor. No se veía a tiempo completo en política. Tras la reelección en las elecciones de 2019, llegó la segunda llamada: el presidente quería promocionarle y le preguntó qué puesto le interesaba. Rubio propuso algo que no existía: una Oficina Nacional de Prospectiva, al estilo de las que ya tenían grandes naciones del mundo para adelantarse a los retos del futuro. Sánchez aceptó. Rubio se puso al frente de un equipo de ocho jóvenes académicos.
Eran los raros de Moncloa. Los que preferían devorar papers a optimizar escaños. "Una vez simulamos unas elecciones en el equipo", recuerda uno de ellos. "Ganó Ciudadanos y luego Podemos. El PSOE sólo rascó un voto". Rubio nunca encajó del todo ahí: era demasiado político entre tanto nerd. "Le ponía más colar una frase en un discurso de Sánchez que idear una política innovadora sobre el mercado de la vivienda", dice otro compañero. "Ya entonces tenía un rollo parecido al Conde Duque de Olivares. Algunos le llamábamos Rasputín".
En La Moncloa, el complejo se dividió durante años en dos familias: los Begoños, afines al reformista Rubio, y los Morancos, más cercanos a Paco Salazar, un socialista de cepa que acabaría purgado por acoso sexual. Todavía perdura un apodo para burlarse de los tecnócratas que tanto atraen a Rubio: los Temporeros. "Trabajan mucho, pero están de paso".
El ascenso fue meteórico. Fue sherpa, el asesor que prepara las grandes cumbres del presidente, colaboró en la presidencia española del Consejo de la UE en 2023 y en septiembre de 2024 se quedó con la jefatura del gabinete presidencial. Vive en el barrio de Arganzuela, no tiene hijos ni convive con su pareja, una mujer japonesa por la que está aprendiendo el idioma. "Soy un monje, no tengo tiempo libre", suele decir a sus amigos. "No paro de tragar mierda. Moncloa sólo gestiona marrones. Si en este puesto piensas que eliges entre lo bueno y lo malo, es que no te enteras. Aquí se elige entre lo malo y lo peor".
También avisó a Sánchez de que lo suyo era temporal. Su compromiso, ha repetido "millones de veces" al líder socialista, sólo llega hasta las generales. Ni un día más. No se ve en la "cárcel con jardines" de Moncloa más tiempo, ni le atraen otros cargos que le han ido sugiriendo. Como buen temporero, dice que está de paso. O al menos afirma estarlo.
Dice su equipo que Sánchez aprecia especialmente su capacidad para hablar claro. Rubio no le considera su amigo ni le llama por su nombre: desde que llegó a Moncloa es "el presidente". Esa distancia le permite hablar con profesionalidad, pero también con firmeza. Más de un ministro le ruega que transmita a Sánchez los asuntos más complicados. Suele poner pegas, pero acaba accediendo.
El 27 de julio, a las 08.39, un número desconocido apareció en la pantalla del móvil de Rubio. Estaba en Japón, recién aterrizado para tres semanas de vacaciones. Al otro lado, la voz alarmada de Pablo García, su homólogo en el gobierno de Ceuta. Durante seis minutos, García le transmitió la inquietud del presidente ceutí: los cruces a nado desde Marruecos se disparaban y temía que un aluvión saturara las instalaciones de la ciudad. Rubio prometió hablar con los ministerios implicados y quedaron en seguir en contacto.
Aquella llamada fue el primer aleteo de un efecto mariposa que, dos meses después, revolucionó la política nacional. El día de esa primera llamada, quien estaba nominalmente al mando de Moncloa era Ángel Alonso, número dos de Rubio, que también estaba de vacaciones y no regresó hasta mediados de agosto. "Pero lo cierto es que no paró de trabajar en ningún momento", cuenta su entorno. "Atendió 50 llamadas al día, se conectó a todas las videoconferencias. Decir que se estaba tocando los huevos es populismo. ¿Estuvo en Japón? Sí, pero estas crisis, nos guste o no, se gestionan con el móvil".
En su búsqueda de culpables, una coalición variopinta —el PP, el gobierno autónomo de Ceuta, el propio PSOE— centró sus críticas en Rubio. Cada mañana, el jefe de gabinete desayunaba con un nuevo titular que censuraba su gestión de una crisis que no dejaba de agravarse. El Gobierno de Vivas le acusó de ignorar sus advertencias y de llamarles pesados por insistir demasiado; luego admitirían que no usó esa palabra. Un periódico le dedicó una portada por pasar "todo agosto" en Japón y añadió que Sánchez le culpaba de haberle convencido de que la crisis estaba controlada.
"La crisis de Ceuta ha destapado que, pese a su formación académica y su habilidad para el relato, tiene carencias en la gestión del gabinete", dijo un alto cargo de Ferraz. "Su arrogancia intelectual le ha ido ganando muchos enemigos que ahora están ajustando cuentas". Corrieron rumores de destitución. Sánchez le ratificó, pero siempre en privado. "Diego está sufriendo", contaba un antiguo compañero de Moncloa. "Te dirá que las críticas son parte del juego, que la política es un ring de boxeo. Pero la verdad es otra: nunca había estado tan expuesto y no lo está pasando nada bien".
El miércoles de esa semana, Rubio tenía agendado un almuerzo privado con Emmanuel Macron, uno de los políticos que más admira. Antes del aperitivo ya le habían amargado el ágape: el presidente ceutí acababa de acusarle de ignorar siete de las diez llamadas de su equipo en los tres días anteriores al asalto. Rubio ordenó peinar las comunicaciones de Moncloa, recopilar pruebas y emitir un desmentido. Según los datos de Moncloa, entre el 27 y el 30 se produjeron nueve comunicaciones entre los gabinetes de Sánchez y Vivas, "todas diligentemente atendidas en el acto o minutos después". Sobre las siete llamadas, insisten en que no hay registros y que quizá no se contestaron por falta de cobertura.
Rubio asumió en privado algunos errores. Por ejemplo, ve "naïf" la insistencia en que el presidente no saliera de su refugio vacacional de La Mareta para visitar Ceuta alguna vez más. Pero la autocrítica no va más allá. "Al PP yo no le importo un carajo", ha transmitido a su equipo. "Sólo quieren usarme para cazar al presidente y convertirle en el Mazón de Ceuta. Pero ni tienen datos a los que aferrarse ni yo tenía ninguna responsabilidad ejecutiva en la crisis. La gestión correspondió primero a Interior y luego al mando único".
Siete semanas de monotema estaban destrozando su reputación. Así que Rubio decidió aplicar la receta que usa con el Gobierno en sus peores días: si un tema te está dañando, sepúltalo bajo otro que te resulte más propicio. Todas las fuentes consultadas detectan su huella en el origen de la estrategia Maricarmen. Es decir, instrumentalizar la tragedia de una anciana para desviar la conversación de Ceuta hacia otro tema, la vivienda, donde el Gobierno se sintiera más cómodo. Y Rubio, de paso, también.
La ventana de oportunidad era "muy evidente" para el equipo de Moncloa. Sólo el empuje de la movilización social facilitaría la aprobación de unos decretos de vivienda que llevaban meses paralizados por el veto de Junts. "Cualquiera que hubiera estado sentado en mi silla lo habría visto", explicó Rubio esa misma semana.
Lo que casi nadie podía prever era la cadena de hechos que desencadenaría el desahucio de Maricarmen. Una movilización brutal a favor de la anciana. Programas en prime time sobre su tragedia. Docenas de manifestaciones por el derecho a la vivienda en todo el país. Un nuevo 15-M en Sol para reclamar acciones inmediatas. Dos decretos negociados a toda prisa por la coalición de gobierno. Y el acto final: un inesperado voto en contra de Junts que colocó a Pedro Sánchez ante la disyuntiva de convocar elecciones.
El monotema ceutí con el consiguiente desgaste de Rubio siguió hasta el martes 22, víspera del desahucio de Maricarmen, cuando La Moncloa detectó el potencial del caso para cambiar el debate político. Ya habían desistido de renegociar el decreto de vivienda con Junts, cuya posición parecía inamovible. Sólo confiaban en que la movilización social forzara a los independentistas a cambiar el voto. El depósito de hartazgo social sobre la vivienda estaba lleno de combustible, se decían. Sólo necesitaban la cerilla. Hasta que llegó Maricarmen.
Rubio, especialista en pensamiento complejo, suele insistir a sus colaboradores en que no piensen en el "futuro" en singular, sino en múltiples "futuros". Un abanico de opciones a los que asignar una probabilidad. Así, la estrategia Maricarmen abría un "árbol de escenarios" que incluía, entre muchas otras opciones, la que se materializó: la movilización ciudadana, el decretazo del martes, el agónico "no" de Junts y, quién sabe, un adelanto electoral. "Todo era perfectamente previsible", insistía a un interlocutor.
Mientras tanto, Sánchez no parece dispuesto a sacrificar a su alfil. En el desayuno previo al primer Consejo de Ministros tras las vacaciones, bromeó ante el resto de ministros: "Ya te has hecho mayor, Diego".
https://www.elmundo.es/cronica/2026/10/03/6abff6b3fdddffa9228b4572.html Diego Rubio, el "monje"…