Dinamarca desglosa la aportación fiscal de cada inmigrante por países
Un ingeniero indio en Copenhague deja más dinero en las arcas públicas del que consume. Una persona llegada de Somalia cuesta de media unos 28.000 coronas danesas al año. La diferencia la marcan el país de origen, el nivel educativo y la tasa de empleo, no una supuesta categoría homogénea de "inmigrante". El concepto de contribución fiscal neta ha reavivado una polémica que trasciende Dinamarca: ¿quién sostiene el estado de bienestar y quién se beneficia de él?
El saldo por nacionalidades que desmonta los tópicos
El gráfico oficial del ministerio muestra un espectro amplio. En el extremo positivo aparecen países como India, un resultado que ha sorprendido a más de uno: la explicación más repetida es que la comunidad india en Dinamarca está formada mayoritariamente por profesionales de las tecnologías de la información con salarios altos y plena integración laboral.
En el extremo negativo se sitúan países como Somalia. Los cálculos que manejan los analistas a partir de esa misma fuente apuntan a que cada residente de origen somalí genera un coste neto cercano a los 28.000 coronas anuales. Con unos 21.000 residentes, el agujero agregado ronda los 59 millones de coronas al año. Entre medias, el grueso de los países no occidentales arroja saldos negativos, mientras que los inmigrantes occidentales, en general, aportan más de lo que reciben.
27.000 millones de coronas de coste para los no occidentales
La fotografía de conjunto es contundente: los inmigrantes no occidentales y sus descendientes representan un coste neto anual de aproximadamente 27.000 millones de coronas danesas, según los datos que se han difundido en los medios. Gasto en sanidad, educación, prestaciones sociales y pensiones supera con creces los impuestos y cotizaciones que aportan.
Eso no convierte a todos los colectivos en un mismo saco. El propio gráfico del ministerio lo evidencia: el perfil del profesional cualificado indio no tiene nada que ver con el de una persona sin formación que no logra insertarse en el mercado laboral danés. Algunos analistas destacan que los inmigrantes franceses que llegan a países nórdicos suelen ser trabajadores bien posicionados, mientras que el lumpen de los arrabales parisinos no emigra por falta de idioma y formación. El factor idioma, de hecho, se cita como una barrera decisiva: el danés no es precisamente un idioma que se aprenda por ósmosis.
La inmigración como negocio de Estado y el mito de las pensiones
Más allá de los números, la cuestión de fondo es política. Hay quien sostiene que el crecimiento de la economía basado en la inmigración masiva es una apuesta deliberada del Estado y del capital para sostener el consumo, los impuestos y, a la postre, el propio sistema. Bajo esa lectura, el inmigrante no es el problema: es la pieza que permite que el engranaje siga girando. El estado de bienestar pierde intensidad, pero nadie dentro del poder quiere reconocerlo.
La ironía no falta en la discusión: durante años se ha repetido que los inmigrantes venían a pagar las pensiones. Los datos daneses invitan a preguntar, como hace más de uno, si Abdul venía a pagar las pensiones o a cobrar prestaciones. El saldo fiscal negativo de la mayoría de los colectivos no occidentales sugiere que el mito necesita, como mínimo, muchos matices.
Y en España, el espejo danés no es perfecto
El caso danés se ha convertido en referencia obligatoria para el análisis español, con las cautelas lógicas. Las cifras que se citan para España no salen del ministerio danés, pero las utilizan quienes piden revisar el modelo: los extranjeros aportan solo el 5% del IRPF pese a representar el 15% de la población, y declaran unos ingresos un 28% inferiores a los de los nacionales. Cuando se incluyen educación, sanidad y pensiones futuras, el saldo se acerca a cero o se vuelve negativo, según esos cálculos.
Ahora bien, extrapolar directamente el dato danés a España es un error metodológico de manual. La composición de la inmigración, el mercado laboral y el diseño del estado de bienestar son distintos. Lo que el ejemplo danés sí aporta es una manera de medir, país por país, quién aporta y quién consume.
El dato que descoloca llega al final: con todos los matices, la factura anual de los residentes de origen somalí en Dinamarca ronda los 59 millones de coronas. El mito del inmigrante que viene a pagar las pensiones tiene los días contados, al menos en los países que se atreven a publicar la letra pequeña.