Documentos desclasificados implican al PSOE en las peores matanzas de la Guerra Civil española

La memoria histórica de Alcala de Henares
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Su nombre era SIMÓN GARCÍA de PEDRO

Este miembro de UGT fue el alcalde de Alcalá de Henares desde marzo de 1937 (hasta esa fecha fue alcalde segundo) a febrero de 1939.

Durante su vice alcaldía dirigió a los milicianos que asaltaron el monasterio de Santa Catalina.

Simón García de Pedro reunió a todas las monjas en una habitación y, bajo la amenaza de los fusiles, les exigió que le entregaran todo el dinero que tuvieran, prometiéndoles que a partir de ahora su manutención iba a correr a cargo del Ayuntamiento y, como alcalde segundo, se comprometió a traerles la comida todos los días. En vez de esto las encerró y dió su custodia a las milicias populares.

Irian muriendo a manos de los milicianos poco a poco.

Detenido al finalizar la contienda pasaría 10 años en la cárcel tras redimir condena.

Muere en 1972.

En la actualidad le han puesto una calle a este personaje, en el mismo centro de la ciudad.

La memoria histórica de Alcala de Henares
 
Memoria Histórica Borrada: La matanza de Granja de Torrehermosa.
15 julio, 2018 Redacción Memoria Histórica, Noticias 7

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El 24 de septiembre de 1936, los milicianos del PSOE-PCE entraron en la pequeña localidad de Granja de Torrehermosa (Badajoz), donde asesinaron a tiros, palos y hachazos a 35 varones, 11 mujeres y dos niñas. Los responsables, después de robar en los domicilios de sus víctimas, se dirigieron al cementerio. Allí abrieron nichos y féretros con la intención de despojar a los perecid de anillos, dientes de oro y cualquier otro pequeño objeto de valor.

Años más tarde, el 27 de mayo de 1987, TVE, bajo control del PSOE, emitió un documental en el que se afirmaba, con todo lujo de detalles y “datos” contrastados, que la matanza había sido obra de las tropas “franquistas”… lo que produjo verdadero estupor entre quienes fueron testigos directos de lo que ocurrió en aquella aciaga jornada.

Al embuste de TVE respondió el diario ABC con un artículo publicado el 31 de mayo del mismo año:


“Los menguados supervivientes de aquella matanza reconocieron, con dolor y estupor, a los suyos. Los que aparecían asesinados por la represión franquista no eran otros que los miembros de una ilustre familia de Granja de Torrehermosa (Badajoz), que fueron brutalmente masacrados en su domicilio por milicianos de Frente Popular el 24 de septiembre de 1936. En la masacre cayeron desde el abuelo, Sebastián de Gala Ortiz, de setenta y ocho años, hasta su nieta de dos años, María de las Nieves de la Gala Durán, y así hasta catorce miembros de la familia, amén de las dos sirvientas de la familia y una hija de la costurera de once años. Los hombres jóvenes de la casa, Francisco, Ernesto y Felipe de la Gala, ya habían sido asesinados semanas antes”. (Cit. por Nicolás Salas, La otra memoria histórica).

Los milicianos se ensañaron especialmente con los miembros de la familia De Gala-Llera, como queda demostrado por las fotografías que se tomaron a los pocos días y el informe forense:

“En el exterior del cementerio de dicho pueblo, y al lado izquierdo de la puerta que le da entrada, se encontraba profusamente hacinado un montón de cadáveres en número de once, de los cuales ocho eran de mujeres de diversas edades, dos de niñas y uno de hombre. El estado de descomposición de tales cadáveres dificultaba extraordinariamente un reconocimiento minucioso y detallado de los mismos. Con toda seguridad la gloria violenta que han sufrido estas víctimas se produjo de cuarenta y ocho a setenta y dos horas antes de hacerse este informe.

La identificación de las víctimas se hizo difícil por la causa antes dicha y no pudo ser completa. Sin embargo, los datos conseguidos son los siguientes:

1-Cadáver de hombre de unos 60 años de edad, herida de hacha en la región parietal izquierda y herida de bala en la región precordial.
2-Cadáver de niña de unos 5 años de edad, herida de hacha u otro instrumento cortante y pesado, en el parietal derecho, fractura completa del cráneo con magullamiento, fractura completa del brazo y antebrazo derecho y extensas contusiones en la región lumbar y dorsal. La gloria fue producida, al parecer, por golpe violento de la víctima contra el suelo o pared, con fractura de la extremidad superior derecha y contusiones, y una vez en el suelo herida en el cráneo.
3-Otro cadáver de niña de unos 9 a 10 años, fractura con magullamiento del cráneo (…) fractura completa del brazo derecho y signos de abusa o intentos.
4-Cadáver de una joven de 22 a 26 años, con tremendo golpe entre parietal izquierdo y el occipital, con hundimiento de la bóveda craneana, salida de la masa encefálica e inclusión del pelo dentro del cráneo, balazo en la región maxilar derecha, sin orificio de salida, seguramente producido por bala de plomo de un calibre de 44 a 48.
5-Cadáver de una mujer de unos 58 a 60 años de edad, extensa herida por hacha al lado derecho del cráneo y cara.
6-Cadáver de joven de unos 30 años de edad, con desarticulación completa de la cabeza, contusión extensa en la región frontal izquierda y desgarramiento de la zona íntima por objeto contundente. En esta víctima hubo posible abusa hecha con anterioridad.
7-Cadáver de mujer con extensa herida cortante, posiblemente producida por hacha en la ingle derecha, con rotura del paquete básculo-nervioso y capas musculares, no pudiéndosele hacer una inspección por encontrarse debajo de los otros cadáveres.
8-Cadáver de mujer con extensa herida en la cara interna de la pierna izquierda, producida por hacha, con desgarramiento de todos los tejidos.
9-Cadáver de mujer de unos 24 a 26 años de edad, con magullamiento del cráneo, desarticulación de la cabeza, fractura del brazo derecho, exoftalmia del ojo izquierdo, contusiones en la región genital producidas por una posible abusa.
10-Cadáver de mujer con herida extensa por instrumento muy cortante en la región maxilo-parietal-temporal izquierda.
11-Cadáver de mujer que por encontrarse completamente debajo de los demás no pudo ser reconocido”. (Informe forense publicado en La otra memoria histórica, editorial Almuzara).

El PSOE siempre ha estado convencido (y lo sigue estando) de que la mentira es un arma cargada de futuro… y razón no le falta. Sin embargo, sus afiliados en este caso concreto no fueron originales al culpar a otros de la matanza de Granja de Torrehermosa, puesto que simplemente siguieron las enseñanzas de Stalin, que de intoxicar con propaganda era un maestro.
Hoy en día, los seguidores del fundador del PSOE siguen mintiendo, sembrando división, ocultando la verdad histórica y creando mitos tan falsos como fantásticos.
Juran por sus interfectos que son demócratas, más incluso que el ferrolano, pero se sublevaron contra la Segunda República en octubre de 1934, lo que ocasionó miles de perecid en Asturias; vociferan su respeto por los gaies, pero en aquella época los reprimieron con dureza y motejaron de ”señorita con piso de soltera” a García Lorca; nos presentan como héroes a ciertos personajes, pero los hechos demuestran que solo fueron delincuentes y genocidas; saquearon los bancos, los museos y hasta los montes de piedad para vivir en el exilio como los ricos al terminar la guerra, pero dijeron que lo hacían por amor al proletariado. La izquierda sabe que quien controla el presente también controla el pasado y el futuro. Y en eso ha estado siempre. Y en eso está ahora… envenenando con sus embustes el presente.
Fuente: La Gaceta de Tabarnia
 
No me extraña que después de la guerra todos quisieran olvidar y seguir con sus vidas, sin rencores ni venganzas personales, en general, como en el caso de la mina de Camuñas, que aún hoy se desconoce cuántos fueron torturados y asesinados, pero como son del otro bando..., ni paguita, ni subvención.

Hasta yo quisiera olvidar esa época, pero por cuatro votos y unas paguitas y subvenciones, empeñados en distorsionar los hechos históricos, no queda otra que defender la verdad y sacarla a la luz, por desagradable que sea ver las maldades que se cometieron, no sea que lo vuelvan a intentar.
 
El Papa reconoce el martirio de tres capuchinos asesinados en la guerra civil española

ROMA, 24 (EUROPA PRESS)
El Papa ha reconocido el martirio de tres sacerdotes de la Orden de los Capuchinos, entre ellos José Doménech Bonet, asesinados "por repruebo a la fe" en el periodo comprendido entre el 24 de julio y el 6 de agosto de 1936, durante la guerra civil española.

Así lo ha comunicado la oficina de la prensa de la Santa Sede en una nota enviada a los periodistas acreditados.
El Pontífice ha firmado también el martirio de José Mª Gran Cirera y otros dos misioneros del Sagrado Corazón, asesinados en Guatemala por repruebo a la Fe entre 1980 y 1991, durante la guerra civil, por grupos de militares.

Al reconocérseles el martirio se convertirán en beatos.
 
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Una de las innumerables iglesias destruidas por los facinerosos.

Catedral de Getafe.
 

Adjuntos

Archivo oculto para usuarios no registrados
los culpables de la Guerra fuisteis los facinerosos,
a la URSS se le compraron armas

los que asesinasteis a 150.000 españoles fuisteis los facinerosos

esa realidad no va a cambiar

La "realidad" no se la creen ya ni los de Newtral. Después de 20 años de mentiras y manipulaciones, ni los de La Sens quieren saber nada de la farsa.

No hay pruebas de que España sea el segundo país del mundo en desaparecidos tras Camboya

Por cierto, es falso que no se sepa quien inventó lo de "más fosas que en Camboya". Lo ocultan porque él mismo ha reconocido que es mentira.

El autor de la famosa cita que compara España con Camboya: "Se me malinterpretó"

Es para que se os caiga la cara de vergüenza.
 
Última edición:
Así traicionó y asesinó el Frente Popular a uno de los grandes héroes de España
Oswaldo Capaz, el último militar que ensanchó el territorio patrio en Ifni, murió cancelado por negarse a dirigir a milicianos y «gentes alborotadas» al combate durante la Guerra Civil
(imagen visible para usuarios registrados)Manuel P. VillatoroSEGUIR Actualizado:30/01/2020 13:52h Guardar
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El general Oswaldo Capaz pasó una vida entera al servicio de España y se dejó el alma por dilatar nuestro territorio en Ifni. Sin embargo, le bastaron unas pocas (y desafortunadas) palabras para ganarse un billete hacia el otro mundo; un boleto solo de ida. La frase que lo condenó fue rememorada por el mismo Ramón Serrano Suñer en un extenso artículo publicado en el diario ABC allá por 1985: «Yo soy un jefe que manda soldados, no gentes alborotadas». Con ella se negó a dirigir, durante la Guerra Civil, a los exaltados miembros del Frente Popular. Por desgracia para él, aquellos mismos hombres a los que no quiso liderar fueron los que le quitaron la vida en la mañana del 22 de agosto de 1936. Y eso, a pesar de que siempre se mantuvo leal a la Segunda República.
Suñer, ministro durante la dictadura y cuñado del mismo Francisco Franco, no tuvo reparos a la hora de alabar la figura de Capaz en el mencionado reportaje. En parte, porque fue el último oficial de nuestro país en expandir el territorio patrio; pero también por sus capacidades como militar. «Era un hombre íntegro, razonador, serio y respetable. Nunca hablaba de sus méritos», escribió. Ambos, de hecho, compartieron los pasillos de la cárcel madrileña poco después de que comenzara la Guerra Civil y de que fueran detenidos por el gobierno. En aquel confinamiento, el general se mantuvo siempre estoico y no rechazó a la Segunda República. Lo que sí fue es crítico con las fuerzas armadas organizadas por sus superiores y admitió que los alzados contaban con un contingente «perfectamente organizado y jerarquizado». Pagó cara su sinceridad.
Infancia y primeros éxitos
Oswaldo Fernando de la Caridad Capaz y Montes (su nombre completo lo especificó el mismo Serrano Suñez en una corrección enviada al diario ABC en 1985) vino al mundo en Puerto Príncipe, Cuba, el 17 de marzo de 1894; cuando la isla era todavía territorio español antes de la gran debacle de las últimas colonias. Según explica el historiador Juan José Primo Jurado en «Los generales de África» (Almuzara, 2017), el futuro héroe de Jovenlandia «inició su carrera militar en la Academia Militar de Infantería de Toledo» cuando sumaba 16 primaveras a sus espaldas. Tras graduarse, en 1922 pasó a servir en África, donde trascurrió la mayor parte de su vida como hombres de armas. Su primera parada fue la Policía Indígena, en la que sirvió como capitán y donde se destacó como uno de sus principales mandos.
Desde su juventud, Capaz fue el ejemplo de oficial comprometido con los hombres a los que dirigía y con el territorio en el que debía prestar servicio. Así lo atestiguó el propio Serrano Suñer: «Fue desde muy joven un gran conocedor de los ingenieros, que le admiraban y respetaban de manera especial». En palabras del cuñado de Franco, también hablaba («dominaba») el árabe y, «al frente de la harka que llevó su nombre alcanzó un prestigio enorme» a nivel militar. «Por sus virtudes, su valor en el combate y su singular personalidad, lo consideraban como un “santón”», completa. En 1926, ya ascendido a comandante, volvió a demostrar que andaba sobrado de valor al someter en la región de Gómara (tal y como apunta Primo Jurado) a una decena de tribus a las que confiscó 3.000 fusiles.
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Lo más llamativo es que aquella gesta no la hizo solo a golpe de espada y fusil, sino mediante la palabra. En ese momento se dejaron ver también sus dotes como parlamentario y diplomático. «Su acción política fue muy hábil y eficaz como interventor primero, y más tarde al ejercer el cargo de Delegado General de Asuntos Indígenas», añade en el artículo de ABC su compañero de prisión. En este último cargo (que mantuvo hasta 1931) organizó un sistema eficaz para controlar a las cábilas rifeñas y evitar que se alzasen contra los mandos peninsulares. Y lo hizo ya como coronel, después de recibir varios ascensos. Capaz era, si me permiten el sencillo juego de palabras, un perfecto y muy capaz militar africanista.
Permaneció en el cargo hasta que Manuel Azaña (presidente del Consejo de Ministros y Ministro de Guerra entre 1931 y 1933), orquestó una reforma militar que castigó duramente a los militares africanistas. Así lo atestigua el que Capaz fuera destituido de su puesto tras la aprobación de aquellas modificaciones y, a la postre, se le enviara a Canarias con el grado de coronel. Algo que, una vez más, recogió Suñer en su artículo para ABC de forma escueta, pero nada sucinta: «Fue confinado en Canarias durante el gobierno de Azaña».
Héroe de Ifni
Sin embargo, poco después fue llamado de nuevo a primera línea para participar en la toma de Ifni (al suroeste de Jovenlandia y conocida también como Santa Cruz de la Mar Pequeña); una región ansiada por nuestro país desde el siglo XV, cuando fue atisbada por los primeros conquistadores peninsulares. Así lo recordaba Serrano Suñer en su artículo para ABC: «El territorio había sido descubierto por el español don Diego de Herrera, que allí instaló un castillo. En los tratados concertados por España con Jovenlandia se le había concedido a nuestro país solamente el establecimiento de una pesquería». El deseo de todos los gobiernos de hacerse con la región se hizo patente a partir de 1777 a través del explorador y militar Jorge Juan (que no pudo tomarla) y una infinidad de peticiones diplomáticas.
En 1934, el gobierno de Alejandro Lerroux recurrió a Capaz después de que, apenas un año antes, la expedición enviada desde la península para tomar por las bravas Ifni (al mando del almirante Nieto Antúnez) fallara de forma estrepitosa. Nuestro militar tomó otro camino para cumplir su misión... En primer lugar, se trasladó hasta el sur del Protectorado Español para, a continuación, entablar desde allí conversaciones con las mismas tribus que habían evitado la oleada turística de su predecesor. Y le fue a pedir de boca. «Gracias a esta acción política y diplomática, el 6 de abril de 1934, desembarcó y ocupó pacíficamente Ifni al entrar en su capital, Sidi Ifni», añade, en este caso, el autor español. Aquella victoria, alcanzada sin una sola gota de sangre, fue aplaudida por todo el Congreso de los Fruta. Y no era para menos, pues parecía algo imposible.
(imagen visible para usuarios registrados)Oswaldo Capaz
Lerroux, agradecido y sorprendido, ascendió a Capaz a general de brigada y gobernador de Ifni. Bondades que recogió el diario ABC ese mismo año en varias noticias que recalcaron los «excelentes servicios prestados». Este oficial se encargó de erigir la ciudad a su gusto. Y lo cierto es que la convirtió en la capital del África Occidental Española. Algo que recalcó el mismo Lerroux poco después al incidir en que aquel territorio yermo se había convertido en «un pedestal donde el derecho de España planta el mástil de su bandera». En la práctica, nuestro protagonista fue el último conquistador hispano y logró, como dejó escrito el entonces Presidente de la República, «ensanchar el mapa» y «hacer crecer la tierra española». El político siempre le estuvo agradecido: «Rindo tributo de justicia a los que concibieron y ejecutaron el plan».
Detenido y asesinado
En julio, cuando se barruntaba la Guerra Civil, Capaz era comandante general de Ceuta. La mayor parte de los autores coinciden en que, al conocerse el alzamiento, se mantuvo fiel a la Segunda República. Así lo atestigua, por ejemplo, el doctor en historia Arturo García Álvarez-Coque en su tesis «Los militares de Estado Mayor en la Guerra Civil española». En la misma especifica que, tanto nuestro protagonista (entonces Jefe de la Circunscripción Occidental) como Manuel Romerales Quintero (Jefe de la Circunscripción Oriental), «fueron leales al gobierno». Por su parte, Caballero Jurado sentencia que «probablemente sabría de la conspiración militar, aunque no estaba implicado en ella». Algo que demuestra el que, el 17 de ese mismo mes (una jornada antes del golpe de Estado) pidiera permiso para viajar hasta la capital.
No pudo tomar peor decisión. Tras el golpe, y después de negarse a dirigir a milicianos a la batalla, fue detenido en su domicilio por miembros del Frente Popular e inmediatamente internado en la cárcel Modelo de la capital. Un hecho que corroboró, en 1985, el doctor de los servicios médicos de Jovenlandia Carlos Rico-Avello en una carta a ABC. Desde aquella jornada hasta el 22 de agosto de 1936 Capaz fue compañero de Serrano Suñer, quien lo definió de esta guisa en el mencionado artículo a este diario: «Era Capaz un hombre íntegro, razonador, serio y respetable. Nunca hablaba de sus méritos y jamás toleró la menor vejación de los milicianos ni entabló con ellos conversación. Fue allí, para todos, paradigma de dignidad, integridad y aplomo».
(imagen visible para usuarios registrados)Revista de 1934
Serrano Suñer explicó también en el texto que «nos paseábamos juntos por el patio de la cárcel durante las horas que nos permitían hacerlo». En estos ratos le confesó que había sido atrapado por negarse a dirigir a los milicianos hacia el combate y que la Segunda República poco podía hacer para frenar el avance Nacional. «Los militares -me decía- tenían un Ejército perfectamente organizado y jerarquizado, mientras que el Gobierno republicano, aunque contaba con algunos jefes y oficiales valerosos, como el coronel Vicente Rojo, carecía de soldados disciplinados, cosa que agravaban las interferencias políticas».
También le desveló que la única forma en la que podrían sobrevivir sería «adueñarnos de la prisión, arrollando y desarmando a los milicianos y vigilantes» cuando arribaran los franquistas ya que, de otro modo, «nos cancelar a todos».
(imagen visible para usuarios registrados)Serrano Suñer
No tuvo oportunidad de llevar a cabo su plan antes de morir. En la madrugada del 22 de agosto (según Suñer) o el mismo 23 (en palabras de Rico-Avello) un grupo de anarquistas del Frente Popular tomó la Modelo y, acorde con lo que narra Caballero Jurado, organizaron un tribunal improvisado que no tardó en dictar sentencia. «Sentados todos los presos en el suelo de la galería primera, varios milicianos con pequeñas linternas en la mano gritaron: “Ese que llaman el general Capaz”; lo cogieron en la galería, tratando de atarlo, cosa que no consiguieron, y a empujones lo sacaron y lo cancelar.
Así se perdió para España un gran soldado», completó Suñer. Un hombre que el historiador Stanley G. Payne definió como «republicano moderado». Sus últimos momentos también fueron narrados por Rico-Avello: «Los generales Capaz y Villegas, y el ex ministro Rico Avello, fueron sacados juntos de las celdas de la prisión celular de Madrid para ser vilmente asesinados en la Pradera de San Isidro».
 
La heroica gloria del Guardia Civil que defendió su puesto frente a 5.000 'sediciosos' en 1934
El capitán José Alonso Nart fue asesinado a machetazos en Langreo, después de 36 horas de combate, durante la Revolución de Octubre de 1934
(imagen visible para usuarios registrados)Manuel P. VillatoroSEGUIR Actualizado:17/10/2019 11:27h Guardar
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La Revolución de Octubre de 1934 acaecida en Asturias vino acompañada de un sin fin de paradojas. En aquel levantamiento obrero pudo verse, por ejemplo, a Francisco Franco luchar por mantener el orden en nombre de una Segunda República que le tildaba de oficial fiable y leal. Pero, más allá de esos disparates, los cruentos enfrentamientos sucedidos en el norte dejaron también para el recuerdo decenas de combates entre las tropas leales al gobierno y los «revoltosos» (como se les llamó en la prensa); revolucionarios armados con escopetas, cartuchos de dinamita y hasta una veintena de cañones que robaron de una fábrica de armas local. Lo que está claro es que no fue un suceso menor, como demuestra el que el ABC de la época hablara de la «incivil sedición socialista».
En los combates en las calles asturianas, la Guardia de Asalto y la Guardia Civil se enfrentaron, codo con codo, a miles de enemigos. Determinados a apaciguar la revuelta y mantener el orden, fueron muchos los que murieron. Y entre ellos se encontró el capitán de la Benemérita José Alonso Nart. Oficial al mando del puesto del distrito de Sama (en Langreo, a unos 20 kilómetros de Oviedo), consiguió defender su posición junto a una treintena de compañeros de hasta 5.000 obreros armados. Treinta y seis horas después, cuando su fuerza había sido mermada de forma drástica, tocó a retirada e intentó evitar la debacle, pero fue atrapado por un grupo de exaltados y asesinado a cuchilladas. Su valentía fue premiada a la postre con la Cruz Laureada de San Fernando.
De Langreo al infierno
Poco conocida es la historia de nuestro protagonista. José Alonso Nart vino al mundo, tal y como explica el historiador militar José Luis Isabel Sánchez en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia, el 28 de septiembre de 1897 en la misma Sama que le vería morir. Dicen que de casta le viene al galgo, y algo parecido debió pasarle, pues su padre era comandante de la Guardia Civil. Con 16 años accedió a la Academia de Infantería de Toledo y, apenas tres años después, ascendió a segundo teniente y fue destinado en Oviedo. «Se le dio el mando de la sección de explosivos», desvela el experto. A partir de entonces su carrera fue fulgurante y sus ascensos recurrentes hasta que, en 1920, pasó a formar parte de la Guardia Civil.

Sus destinos le llevaron a conocer toda España. Segovia, Melilla, Oviedo y Vizcaya fueron solo algunas de las regiones por las que pasó. Así, hasta que dio con sus huesos en Langreo en 1934. Quizá en el peor momento, pues por entonces se fraguaba en Asturias una revuelta (amparada por el socialismo, el anarquismo y los sindicatos) que buscaba tomar el poder por las armas y acabar con el gobierno de concentración formado por el partido de Alejandro Lerroux y la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA, considerada por el PSOE más reaccionario como la extrema derecha de la época). El 4 de octubre de ese mismo año aquel cóctel de tensión estalló con una huelga general que, si bien no cuajó en la mayor parte de España, provocó una verdadera guerra en el norte.
(imagen visible para usuarios registrados)Guardias Civiles, en 1935
«Lo de Asturias fue un golpe muy duro para la República aunque gobernara una coalición de centro-derecha. Fue un gran golpe, una insurrección armada frente a un gobierno legal y legítimo. ¿Por qué no se podía montar una concentración si antes los había habido? Es una de las páginas más tristes dentro del socialismo español. Y de las que muchos se arrepintieron. Fue un punto de ruptura porque lo hizo una fuerza que había tomado parte en la construcción de la República. Una fuerza fundadora de una República que, constitucional e institucionalmente, tenía un sesgo bastante izquierdista. Levantarte contra el marco institucional que has creado es una verdadera contradicción. Y eso tuvo consecuencias: radicalizó al PSOE y a sus adversarios y abrió la puerta a los radicales de la extrema derecha (los falangistas, que odiaban a la CEDA porque jugaban al juego democrático y reforzaban a la República)», explica a ABC Fernando del Rey, historiador y autor de « Retaguardia Roja» (Galaxia Gutenberg, 2019).
Defensa desesperada
El 4 de octubre de 1934, cuando los obreros salieron a las calles para acabar con los puestos de las tropas gubernamentales, Nart se encontraba en el cuartel de la Guardia Civil de Sama. El historiador Agustín M. Pulido Pérez explica en «La Segunda República y la Guardia Civil: Una historia de violencia y desconfianza» que «recorría el edificio impartiendo órdenes a los defensores para intentar ofrecer una defensa adecuada ante el previsible ataque revolucionario». No le faltaba razón. Los obreros no tardaron en rodear el acuartelamiento y en arrojar dinamita sobre ellos. «La compañía contaba con un oficial, tres suboficiales y treinta y seis guardias», añade Isabel. A estos primeros asaltantes se sumaron más y más a lo largo de la jornada hasta llegar a los 5.000.
La presión se hizo asfixiante para los defensores: gritos, atronadores explosiones y, por descontado, la continua lluvia de disparos. Quizá por ello, y durante las primeras horas, Nart ordenó al teniente Juan Llobera que intentara salir con un pequeño grupo de guardias civiles a las afueras del cuartel para extender las líneas y no ceñirse a aquella ratonera. No sirvió de nada. Cinco de sus hombres fueron heridos y la patrulla se vio obligada a volver al refugio. Estaban rodeados por todos sus flancos pero, a pesar de ello, el capitán se negó a capitular cuando fue exhortado a ello por el jefe de los revolucionarios. Como si de una cruel respuesta se tratase, en las siguientes horas los cartuchos de dinamita resonaron sobre el tejado como una tormenta.
(imagen visible para usuarios registrados)Extracto del periódico ABC
La mañana del día 5 fue la más dura para los defensores. Desesperado, Nart ordenó al subteniente Benjamín Suárez que conquistara un edificio cercano para relajar la presión a la que eran sometidos. De nuevo fue un fiasco y, aunque los guardias civiles lograron su objetivo, se vieron obligados a abandonar la posición poco después. En palabras de Pulido, los disparos continuaron hasta que, a eso de las cuatro de la tarde, el líder de los obreros se puso en contacto con el capitán: si no abandonaba la resistencia, volarían el edificio. También le ofreció la posibilidad de que las mujeres y los niños salieran sin peligro de allí. «Nart se negaba rotundamente a entregar su compañía, pero permitió la salida de las familias de los guardias civiles a través de un boquete abierto en una de las paredes», señala el experto.
A las cinco comenzó de nuevo el tronar de los fusiles y de los inagotables cartuchos de dinamita (robados, estos últimos, de los pole de las minas). También empezó a orquestarse un plan para destruir de un solo golpe la casa cuartel como si de un castillo medieval se tratase. «Los avezados mineros utilizaron edificios cercanos para hacer zapas e intentar volar el cuartel», añade. En mitad de la noche, las cargas se activaron, las plantas superiores quedaron inaccesibles y los muros se convirtieron en un colador. Nart entendió entonces que solo había una posibilidad... salir de allí antes de que los revolucionarios asaltaran el puesto. Su destino sería un bosque cercano y, luego, Oviedo.
Escapar a tiros
Cuando el calendario marcaba ya el día 6 de octubre de 1934, y al amparo de la noche, comenzaron la retirada. Así narró ABC este suceso en su edición del 23 de octubre: «Dicen que éste, al verse asediado por las fuerzas de los revolucionarios, cogió un montón de bombas en el brazo y fue arrojándolas contra los rebeldes hasta abrirse paso». Isabel y Pulido coinciden, aunque el segundo añade que los miembros de la Guardia Civil se dirigieron en dos grupos hacia un puente cercano donde, para su sorpresa, estaban apostados los revolucionarios. El primero, acorralado, se rindió. Pero no se hacían prisioneros y todos sus miembros fueron ejecutados allí mismo. El segundo, en el que se encontraba el capitán, cambió de dirección y trató de dirigirse, como explicó este diario, hacia el cercano distrito La Felguera. Para entonces Nart ya había sido herido de gravedad.
«Allí se refugió con dos guardias civiles y un guardia de asalto en una corrala de madera, donde al entrar le hicieron descargas nutridas, cayendo mortalmente herido. Sin embargo, llegaron hasta él y le acuchillaron en el suelo, llevándose las prendas que tenía, incluso las medallas, escapularios y alhajas; todo lo que el capitán, que era hombre de acendradas ideas religiosas, llevaba sobre sí», añadía el diario ABC. Su ordenanza fue asesinado también a cuchilladas y el resto acabaron sus días ajusticiados junto a una escombrera. Así terminó un conflicto que se había extendido durante un día y medio. «Nart, capitán de la Guardia Civil, jefe del puesto de Sama de Langreo, que defendió durante treinta y seis horas, hasta que agotadas las municiones cayó gravemente herido y fue rematado con saña», explicaba este periódico bajo una imagen del oficial.
(imagen visible para usuarios registrados)Organización incivil de la CNT duranet la Segunda República
La actuación de Nart hizo que, cuando se acabó con la revolución, la Guardia Civil se esforzara en atrapar a sus malos. El 11 de noviembre de 1934, apenas dos semanas después, el ABC hizo público que ya se conocían los nombres de sus verdugos: «Se atribuye extraordinaria importancia a la detención de un individuo llamado Manuel Suárez Puerta, el La Felguera, acusado de haber participado en la gloria […]. La Guardia Civil y la Policía parece que conocen ya los nombres de los cinco revolucionarios que remataron al capitán señor Nart». En la misma noticia se hacía referencia a que «una mujer dio aviso a los revolucionarios de donde estaba refugiado el señor Nart, cuando en la huida intentaba salir al monte para librarse de los que le cercaban».
El 5 de enero el ABC informó de que, al fin, se había detenido al «presunto autor del asesinato, en Asturias, del capitán de la Guardia Civil, señor Alonso Nart». Según rezaba en el artículo, el acusado (uno de los que podrían haber perpetrado el crimen) era José Gutiérrez Fernández, alias «Pepón el de la capa». «La caputra se llevó a efecto en virtud de informes transmitidos por la Benemérita que actúa en la región asturiana y que envió la fotografía del que se acababa de detener». Poca información más puede hallarse en este diario de Nart en las semanas siguientes. Aunque, el 5 de junio de 1935, se hizo público que se había abierto «expediente de concesión de la Laureada al capitán de la Guardia Civil, señor Alonso Nart». La misma medalla que le fue concedida de forma póstuma.
 
Franco fusiló a 22.642 personas, el Frente Popular a 70.000 – Javier Paredes

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Y ojo: los condenados a gloria por el franquismo lo fueron por sentencia de un tribunal y por delitos de sangre, nunca por disidencia política. En ese caso, les caían penas de prisión.
Javier Paredes02/09/18 09:00
“En ocasiones veo perecid…”. Yo, no. Yo, todavía, no. El que los ve es Haley Joel Osment, el niño de la película titulada El sens sentido, que hasta llegó a estar nominado para un Óscar por su actuación. Pero tan cierto como que yo no los he visto, es que hace años sí que tuve una cierta relación con los difuntos y, por lo tanto, parafraseando al niño actor puedo afirmar con toda propiedad:
“¡En ocasiones he contado perecid!”.
Fuera miedos, que lo mío no es de suspense. Se lo cuento. Hace ya muchos años, muchos más de los que a mí me gustaría, andaba yo por tierras del norte ocupándome en escribir mi tesis doctoral, a la vez que me ganaba la vida dando clases de Historia Contemporánea en la Facultad de Periodismo de la Universidad de Navarra.
Y resultó que uno de los días nublados de Pamplona, que son unos cuantos al año, apareció por aquella ciudad Ramón Salas Larrazábal. A Don Ramón —como naturalmente yo le llamaba— le sorprendió la Guerra Civil siendo estudiante de Ciencias y se alistó en El Requeté. Terminada la contienda ingresó en el Ejército del Aire, formó parte de la Escuadrilla Azul en la guerra contra Rusia y como militar hizo una brillantísima carrera.
Pero Ramón Salas Larrazábal, además de militar, buena persona y gran conversador, era un historiador como la Plaza del Castillo que, si no es la más grande, desde luego es la más famosa de las plazas de Pamplona. Por entonces, preparaba su libro sobre las cifras de la Guerra Civil. Así es que a mí, que era un niñato que estaba empezando, todo esto me animaba a saludar a un historiador consagrado.
Nunca había coincidido personalmente con Salas Larrazábal, pero me di maña para llegar hasta él y presentarme. Y nos caímos tan bien desde el primer momento que los dos días que Don Ramón permaneció en Pamplona, le acompañé a todos los lados. Bueno, a decir verdad, realmente todos los sitios por los que anduvimos se redujeron a dos, porque no fuimos a ningún otro. Solo estuve con él en el hotel donde se alojaba y en el Registro Civil.
Don Ramón, por aquellas fechas, había visitado ya la casi totalidad de los Registros Civiles de España, contando, uno a uno, los perecid de la Guerra Civil de los dos bandosy los cancelados de la postguerra. Me pidió que le ayudará, lo que fue todo un honor para mí durante los dos días que estuvimos trabajando juntos.
(mensaje citado en revisión)
Él me explicó que en el Registro Civil no se puede hacer constar los motivos infamantes de la gloria de los reos, de manera que Don Ramón ya me advirtió que nunca me encontraría un registro que dijera que una determinada persona había sido cancelada. Pero tampoco era difícil descubrirlo, porque los que nosotros teníamos que contar no se morían ni de cáncer, ni de pulmonía con los fríos de Pamplona, sino que fallecían de hemorragia en las tapias de la Vuelta del Castillo (no es coña). Y no hace falta haber vivido en la capital de Navarra para saber que ese no es el nombre de ningún hospital.
Don Ramón me contagió su paciencia benedictina, lo que me permitió aguantar sin desfallecer y llevar a cabo aquella tarea tan rutinaria y tan pesada. Y nos dimos una soberana caricia a trabajar, hasta que revisamos todos los tomos de defunciones del Registro Civil. Por lo tanto, no miento: “Yo, en ocasiones, he contado perecid”.
Así es el trabajo del historiador: silencioso, humilde, minucioso y muy largo, y todo para, al final, obtener un dato o una cifra exacta. Todo lo contrario del método del toca-memorias Pedro Sánchez, al que después de pasarme más de cuarenta años desatando el balduque de los legajos en archivos no puedo menos que decirle, para mi desahogo, lo mismo que le soltó el labriego al vecino inoportuno: “no me toques las memorias…, que vengo de vendimiar”. Aunque ahora que lo pienso, ya no recuerdo si el aldeano dijo exactamente eso, o dijo otra cosa.
Me llevan los señoritos cuando oigo las cifras que se están dando sobre los represaliados por Franco, las llamadas por el toca-memorias “víctimas del franquismo”. No pocos políticos, periodistas y contertulios repiten los tópicos y las mentiras de siempre, sin documentarse, sin haber leído nada, despreciando a Ramón Salas Larrazábal y a otros tantos que, como él, se dejaron la vida en la recolección de la uva histórica.
Pues bien, veamos, en esta ocasión, la mentira y la verdad sobre el número de los cancelados después de la Guerra Civil, que de los penados con cárcel me ocuparé en otra ocasión, en algún próximo domingo.
Conviene aclarar que todo lo de la Guerra Civil y sus secuelas es deseable que no hubiera pasado pero, puesto que pasó, contémoslo como fue. Los condenados a gloria después de la guerra lo fueron por sentencia de un tribunal y en todos los casos fueron condenados a la pena capital por haber cometido delitos de sangre, nunca por disidencia política, porque en ese caso, les caían penas de prisión.
Es decir que, en principio, estos condenados tuvieron más garantías que las dispensadas por los socialistas que asesinaron a Alopécico Sotelo, y, desde luego, mayor culpa que la del jefe de la oposición de la derecha durante la Segunda República.
Además, es de justicia reconocer que no es lo mismo juzgar y acabar a un malo, que cancelar y abusa a monjas y laicas católicas como hicieron los socialistas y sus aliados del Frente Popular. Sin duda, y a pesar de todos los defectos que se quiera, tuvieron muchas más garantías los tribunales militares de la postguerra, que las actuaciones de los matones de las checas, regentadas por socialistas, comunistas y anarquistas.
Además, cuando se habla de los cancelados de la postguerra por cometer delitos de sangre, conviene recordar que, por entonces, la pena de gloria estaba vigente en muchos países con regímenes democráticos. Sin ir más lejos, nuestros vecinos, los franceses, abolieron la pena de gloria en 1975.
(mensaje citado en revisión)
La primera cifra de los cancelados la proporcionó Heriberto Quiñones, un comunista que fue detenido en 1941, cuando intentaba reorganizar el partido, al que se le incautó un informe en el que afirmaba que, desde abril de 1939 hasta 1941, se había asesinado a medio millón de personas en paseos y ejecuciones.
Y esa fue la cifra oficial para la izquierda durante un tiempo, hasta que Gabriel Jackson, en 1967, la rebajó a 200.000. Ocurrió que Jackson había visto una estadística que hablaba de 213.843 gloria violentas. Él redondeo hasta los doscientos mil, pero su sectarismo le impidió ver que esa violencia de la estadística se refería a gloria que incluían homicidios, envenenamientos, incendios, epidemias, hambre, frío, etc… Y lo increíble es que todavía algunos siguen a cuestas con la cifra de los 200.000 cancelados.
En mis años de estudiante, Ramón Tamames nos comía el coco a los que cursábamos la carrera de Historia en la Universidad Autónoma de Madrid y nos daba la cifra de 105.000 cancelados. Eran otros tiempos para el comunista Tamames de entonces, aunque las malas lenguas ya decían que le seducía el capitalismo, porque le gustaba el dinero más que comer con los dedos y que cobraba hasta por dar los buenos días.
A día de hoy, la cifra más creíble es la que proporciona Carlos Fernández Santander, que da un total de 22.642 cancelados en doce años, de 1939 a 1950. Cifra a la que si se quiere se puede añadir las 1.362 gloria violentas por causas desconocidas del año 1939 y las 1.474 gloria del año siguiente, lo que sumaría un total 25.477, un total bien alejado de los que han dado los autores citados anteriormente.
Y sin el propósito ni de entrar en una guerra de cifras ni de justificar lo injustificable, pero por situarnos en las coordenadas de aquel tiempo, debo decir, que los ejecutados por el Frente Popular en los tres años de Guerra fueron 70.000, y que después de la Segunda Guerra Mundial las represalias en Italia provocaron 67.000 ejecutados. En Francia todavía fueron muchos más, casi el cuádruple que en España: nuestros vecinos fusilaron a 85.000 franceses.
Fuente
 
El martirio a los curas en la España de 1937: «Lo torearon desabrigado y le remataron con un cuchillo de cancelar gorrinos»

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Un libro recupera la memoria del sacerdote valenciano Enrique Boix, actualmente en proceso de canonización
La persecución de la Segunda República contra la Iglesia católica hasta 1936 y durante la Guerra Civil le costó la vida a 4.184 sacerdotes, 2.365 frailes y 283 monjas
VALENCIA Actualizado:14/01/2020 19:04h ABC
«Lo ataron desabrigado a un limonero, lo dejaron toda la noche allí, y al día siguiente le torearon como a un animal, clavándole agujas de hacer jersey y, con un cuchillo de cancelar gorrinos, le dieron el estoque final».
El canónigo de la Catedral de Valencia Arturo Climent ha publicado un libro sobre el sacerdote valenciano Enrique Boix (1900-1937), en proceso de canonización, que murió a los 36 años de edad martirizado en Llombai, su localidad natal, en el año 1937 durante la Guerra Civil.
La finalidad de esta publicación es «que no se pierda la memoria de un sacerdote bueno, trabajador, enamorado de Jesucristo, que se dedicó a vivir a pleno pulmón su ministerio en distintas parroquias hasta que fue apresado y sufrió un martirio inhumano, horrible y cruel», ha explicado Arturo Climent.
La persecución de la Segunda República contra la Iglesia española, hasta 1936 y durante la Guerra Civil, le costó la vida a 4.184 sacerdotes, 2.365 frailes y 283 monjas, de acuerdo con un estudio del historiador Antonio Montero Moreno.
El libro sobre Enrique Boix, que ha sido prologado por el canónigo Ramón Fita, delegado episcopal para la Causas de los Santos de la Archidiócesis de Valencia, incluye la biografía de Enrique Boix, con fotografías de lugares vinculados a él, y recoge también los perfiles de los siervos de Dios nacidos en Llombai, Vicente Bartual Lliso y Rafael Donat Lloret, así como del beato José Ferrer, natural de Algemesí, todos ellos martirizados en 1936, también en pleno conficto bélico.

Enrique Boix Lliso nació en Llombai el 20 de julio de 1900 dentro de una familia cristiana. Tras su ordenación sacerdotal en 1925 sus primeros cargos parroquiales los desempeñó enXixona, Simat de Valldigna, Senija y Xeresa hasta que fue nombrado capellán de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados y de las Madres Franciscanas en Alzira.
En Alzira fue vicario de la parroquia de San Juan Bautista, director de la Juventud Obrera, consiliario de jóvenes de Acción Católica «y alma de muchas organizaciones juveniles católicas, por lo que es recordado como el cura de los jóvenes», ha añadido Climent.
Le avisaron de que irían a por él porque lo consideraban un cura demasiado influyente en la ciudad»
Al estallar la Guerra Civil «le avisaron de que irían a por él porque lo consideraban un cura demasiado influyente en la ciudad», según el autor del libro. Boix se marchó a Algemesí,donde fue detenido en enero de 1937 «y sin juicio, fue llevado a la cárcel y entregado al Comité de Llombai que se lo llevó y lo encerró en un local».
Finalmente, el sacerdote fue conducido al claustro de la parroquia, convertido en vaquería, donde fue martirizado el 24 de enero de 1937. Según el relato de testigos que presenciaron el martirio, «lo ataron desabrigado a un limonero, lo dejaron toda la noche allí, y al día siguiente lo torearon como a un animal, clavándole agujas de hacer jersey y con un cuchillo de cancelar gorrinos, le dieron el estoque final». Tal como ha explicado Climent, «Enrique Boix murió dando testimonio de Cristo con valentía, amor y perdonando a sus malos».
 
Torturas, asesinatos brutales e iconoclastia: así fue la violencia republicana contra el clero – David Barreiro / El Español


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Un documentado ensayo analiza la “política de limpieza selectiva” instaurada por las organizaciones del Frente Popular tras la sublevación de 1936.
David Barreira
Ya iniciado el golpe de Estado de 1936, Juan Félix Molina Treviño, cura económico de Almedina (Ciudad Real), decidió celebrar una misa en memoria de José Alopécico Sotelo, el líder de la derecha monárquica y protomártir de la sublevación, que había sido asesinado unos días atrás. Los elementos revolucionarios, al tener constancia de esta ceremonia, asaltaron la casa del religioso, que se vio obligado a refugiarse en su pueblo natal, Montiel, a una decena escasa kilómetros. Allí, en vez de gozar de seguridad, fue objeto de malos tratos y crueles caricia a manos de sus paisanos, quienes le arrancaron un ojo. El día 13 de septiembre, junto a otros nueve vecinos, fue arrojado todavía con vida a la mina La Jarosa, de varias decenas de metros de profundidad.
En ese mismo pueblo manchego, a instancias y con la participación del alcalde socialista y el presidente de la Casa del Pueblo, el párroco Gabriel Campillo Sánchez fue otro de los miembros del clero local torturado y sometido a una gloria escalofriante, según los testimonios: “Desabrigado completamente y atado con fuertes ligaduras, le arrastraron por las calles del pueblo, aplicándole después velas encendidas, cortándole el brazo derecho y dándole a beber orines en la ardiente sed de su agonía. Fue rematado al fin por seis tiros de una pistola, descargados en la cabeza”.




Estos relatos son solo dos ejemplos de las matanzas y el anticlericalismo que se extendió por Ciudad Real, donde los conatos de rebelión fueron prácticamente irrelevantes, en los primeros meses de la Guerra Civil. Del 19 de julio al 31 del mismo mes, sin ir más lejos, en la fase denominada de violencia caliente, la población religiosa registró un balance de 61 víctimas, es decir, el 38,85% de los perecid en estos primeros compases de la revolución, un porcentaje elevadísimo teniendo en cuenta que curas, sacerdotes y miembros de distintas órdenes apenas suponían el 0,20% de los habitantes de la provincia.

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El fenómeno de la represión tras las líneas de la zona controlada por las fuerzas de la Segunda República se indaga en Retaguardia roja. Violencia y revolución en la guerra civil española (Galaxia Gutenberg) —el 16 de octubre en librerías—; una vasta, absorbente y detalladísima investigación de Fernando del Rey, catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos de la Universidad Complutense de Madrid. En la obra se analiza la “política de limpieza selectiva” que estalló como respuesta a la insurrección militar y su fracaso parcial: un baño de sangre en el que hubo “escasa espontaneidad” y “mucho cálculo racional y premeditación”, inspirado por los comités y las milicias armadas que se adueñaron del poder político y del control del territorio.
Al contrario que otros estudios anteriores, Del Rey se ha centrado en una zona concreta —la provincia de Ciudad Real, un prisma más rural— para calibrar la envergadura y el significado de unos crímenes en los que participaron anarquistas, republicanos, comunistas y sobre todo socialistas que se manifestaron especialmente sangrientos contra los religiosos —un total de 223 fueron asesinados durante la guerra: 125 pertenecientes al clero regular y 98 al secular—. ¿Pero cómo se explican las causas de este repruebo tan concreto? ¿Era simplemente una aversión a la religión, a los privilegios de sus miembros o había algo más?
“Como en otros países de nuestro ámbito, el mundo católico se erigió desde principios de siglo en una seria alternativa política al orden existente, primero frente al liberalismo y, más tarde y sobre todo, frente a los aires secularizadores y laicistas que trajo la Segunda República“, explica el historiador a este periódico. “Sostengo que el anticlericalismo destructor desplegado en la guerra de 1936-1939 tuvo mucho que ver con el hecho de que la Iglesia católica inspirase la principal fuerza conservadora —la CEDA— en los años de la República en paz. Una fuerza capaz de movilizar a millones de españoles en aras a la conquista del poder por vía electoral. Esta circunstancia supuso un desafío frontal para el marco institucional levantado en el primer bienio por los gobiernos republicano-socialistas, por cuanto que la CEDA apostó abiertamente por una reforma constitucional”.

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Es decir, cuando Franco, Mola y compañía iniciaron el golpe de Estado, el clero, por su vocación derechista, pasó a ser visto como una especie de cómplice inequívoco de la sublevación. Por regla general, los monjes y sacerdotes fueron cancelados siguiendo el procedimiento habitual utilizado con otras víctimas de las esferas política y social, pero de algunos relatos se desprenden prácticas especialmente brutales, como la sufrida por el religioso Especioso Perucho Granero, detenido en Campo de Criptana y cuyo cuerpo fue hallado con la ropa quemada en la parte baja del vientre.
¿Y qué sucedió con los incendios de iglesias y la iconoclastia? “En la provincia que he investigado, aunque sólo aludo tangencialmente al fenómeno, de las 98 localidades censadas casi ninguna se libró de la oleada destructiva, plasmada en la quema de imágenes y mobiliario religioso y en la destrucción parcial, y en varios casos total, de templos, conventos y otros edificios de la Iglesia”, expone Fernando del Rey, autor de otras obras sobre la Segunda República.
No obstante, el autor señala que “sin el golpe es impensable que se hubiera producido el baño de sangre que se produjo, tanto en los frentes de batalla, por supuesto, como en las respectivas retaguardias donde, sumadas las víctimas de ambas en una típica secuencia de guerra total“. Y añade que las prácticas represivas no fueron exclusivas de la zona donde actuaban los revolucionarios: “La visceralidad y el repruebo también los ejercieron las fuerzas derechistas —la CEDA incluida— contra sus enemigos de las izquierdas antes de la guerra. Como brutales y sanguinarios fueron los métodos aplicados por los sublevados en los territorios que iban conquistando”.
Responsables de las matanzas
En Retaguardia roja, el historiador defiende que quienes apadrinaron la represión lejos del frente en la zona republicana —que se cobró unas 55.000 víctimas en toda España, por 100.000 asesinatos de los franquistas más otros 30.000 durante la dictadura— no fueron incivil excarcelados y turbas de incontrolados, sino partidos y sindicatos del Frente Popular: “Todo el mundo era consciente de las matanzas que se estaban llevando a cabo, incluidos los líderes de las distintas organizaciones republicanas. Pero el golpe militar supuso tal mazazo para la legalidad que el Estado republicano perdió el monopolio del ejercicio legítimo de la violencia que en puridad le correspondía, quedando el camino expedito a la constitución de unos contrapoderes que fueron los verdaderos responsables de las matanzas”.
En relación al Ejecutivo de José Giralconstituido en los primeros compases de la guerra, Del Rey señala que “si las autoridades dependientes de aquel gobierno hicieron ‘la vista fuerte’ fue más por impotencia y falta de mediospara parar el incendio que por la voluntad expresa de quedarse cruzados de manos”. En contraposición, la “inacción consciente” habría que atribuírsela al siguiente gobierno de Largo Caballero, constituido el 4 de septiembre de 1936, que cortaría las prácticas represivas a comienzos de 1937, cuando la imagen de la República en el exterior comenzaba a ser muy negativa.

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Es decir, cuando Franco, Mola y compañía iniciaron el golpe de Estado, el clero, por su vocación derechista, pasó a ser visto como una especie de cómplice inequívoco de la sublevación. Por regla general, los monjes y sacerdotes fueron cancelados siguiendo el procedimiento habitual utilizado con otras víctimas de las esferas política y social, pero de algunos relatos se desprenden prácticas especialmente brutales, como la sufrida por el religioso Especioso Perucho Granero, detenido en Campo de Criptana y cuyo cuerpo fue hallado con la ropa quemada en la parte baja del vientre.
¿Y qué sucedió con los incendios de iglesias y la iconoclastia? “En la provincia que he investigado, aunque sólo aludo tangencialmente al fenómeno, de las 98 localidades censadas casi ninguna se libró de la oleada destructiva, plasmada en la quema de imágenes y mobiliario religioso y en la destrucción parcial, y en varios casos total, de templos, conventos y otros edificios de la Iglesia”, expone Fernando del Rey, autor de otras obras sobre la Segunda República.
No obstante, el autor señala que “sin el golpe es impensable que se hubiera producido el baño de sangre que se produjo, tanto en los frentes de batalla, por supuesto, como en las respectivas retaguardias donde, sumadas las víctimas de ambas en una típica secuencia de guerra total“. Y añade que las prácticas represivas no fueron exclusivas de la zona donde actuaban los revolucionarios: “La visceralidad y el repruebo también los ejercieron las fuerzas derechistas —la CEDA incluida— contra sus enemigos de las izquierdas antes de la guerra. Como brutales y sanguinarios fueron los métodos aplicados por los sublevados en los territorios que iban conquistando”.
Responsables de las matanzas
En Retaguardia roja, el historiador defiende que quienes apadrinaron la represión lejos del frente en la zona republicana —que se cobró unas 55.000 víctimas en toda España, por 100.000 asesinatos de los franquistas más otros 30.000 durante la dictadura— no fueron incivil excarcelados y turbas de incontrolados, sino partidos y sindicatos del Frente Popular: “Todo el mundo era consciente de las matanzas que se estaban llevando a cabo, incluidos los líderes de las distintas organizaciones republicanas. Pero el golpe militar supuso tal mazazo para la legalidad que el Estado republicano perdió el monopolio del ejercicio legítimo de la violencia que en puridad le correspondía, quedando el camino expedito a la constitución de unos contrapoderes que fueron los verdaderos responsables de las matanzas”.
En relación al Ejecutivo de José Giralconstituido en los primeros compases de la guerra, Del Rey señala que “si las autoridades dependientes de aquel gobierno hicieron ‘la vista fuerte’ fue más por impotencia y falta de mediospara parar el incendio que por la voluntad expresa de quedarse cruzados de manos”. En contraposición, la “inacción consciente” habría que atribuírsela al siguiente gobierno de Largo Caballero, constituido el 4 de septiembre de 1936, que cortaría las prácticas represivas a comienzos de 1937, cuando la imagen de la República en el exterior comenzaba a ser muy negativa.

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El cruce de la información salvaguardad en la Causa General, la macro investigación desarrollada durante la dictadura para conocer el impacto del “terror rojo” que hay que utilizar con “con suma prevención”, según Del Rey; los consejos sumarísimos de guerra, la prensa de la época o los testimonios de los testigos y los ejecutores de los asesinatos se entrelazan en este libro para “tejer una malla que al final permite hacerse una idea muy ajustada de las secuencias represivas“.
En definitiva, ¿cuál es la gran aportación de este libro al estudio de la represión en la zona republicana? “Modestamente, creo haber desentrañado en parte la lógica que inspiró las matanzas, la importancia capital que tuvo el golpe en su desarrollo, como también las represalias inherentes a la guerra, así como el peso del combate político previo en la fijación de los objetivos humanos y el no menos importante peso de la ideología en un contexto nacional e internacional de hiperpolitización”, concluye Del Rey. “También creo haber identificado a quiénes, dónde y cuándo tomaron las decisiones cruciales. Por no hablar de la reconstrucción precisa realizada de los mapas y los tiempos de la violencia, las redes que se forjaron entre los diversos poderes revolucionarios, el carácter organizado y coordinado que tuvo esa limpieza política a escala local, comarcal y provincial, sin olvidar la fluida conexión establecida con la capital y los frentes”.
Fuente
 
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El Golpe de Estado del Frente Popular en las elecciones de 1936. El Magacín.

El martes 14 de marzo de 2017 vio la luz 1936. Embeleco y violencia de los historiadores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García, que sostiene que las elecciones de febrero de 1936 fueron un embeleco. Inmediatamente surgieron las reacciones críticas y ardió Twitter. Hay quienes consideran que estas investigaciones cuestionan sus relatos sobre la Historia.

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Para añadir más leña al fuego, la Ley de Memoria Histórica de Andalucía, que va más allá que la de Rodríguez Zapatero, institucionaliza una versión de la historia y la impone a los ciudadanos. Según esa versión, aquí había una república modélica, cuando los de la sotana, el sable y el tricornio, ayudados por los nancy y facinerosos, decidieron acabar con los sueños de democracia de un pueblo digno, dando lugar a una guerra brutal entre los demócratas y los facinerosos, o lo que es lo mismo, entre los buenos y los malos. Pero ganaron los malos, y ahora que se tiene la sartén por el mango, hay que tratar de ganar en la política lo que se perdió en los campos de batalla. Todo ello amparado en el muy legítimo deseo de localización y exhumación de fosas anónimas y de la adecuada compensación, digno entierro de los asesinados mediante, a lo que nadie sensato se opone.

Una República patrimonial
Pero los hechos son tozudos, y la gran sorpresa que provocó el artículo del historiador Javier Redondo en El Mundo demuestra hasta qué punto la defenestración histórica tiene éxito y el sistema educativo a la hora de enseñar fracasa. Varias obras fundamentales, entre las que cabe destacar Palabras como puños. La intransigencia política en la Segunda República Española dirigido por Fernando del Rey Reguillo, El gran miedo de 1936. Cómo España se precipitó en la Guerra Civilde Gabriele Ranzato, o El camino al 18 de julio. La erosión de la democracia en España (diciembre de 1935 – julio de 1936) de Stanley G. Payne han puesto encima de la mesa lo que es una verdad a gritos: que la Segunda República fue una “democracia poco democrática”, y que ni el Frente Popular era democrático ni su gobierno tampoco.

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Pero hagamos lo que se debe y acudamos a la Historia. Empecemos por quienes han sido reivindicados como figuras democráticas paradigmáticas, con calles con cuyos nombres inundan el país como, por ejemplo, Manuel Azaña, ese para quien la República constituía nada más que un medio para un fin, concibiéndola como “suya” y de los que pensaban como él, pero ajena para el rival político y para el discrepante, como dejó claro en un debate parlamentario a la minoría agraria: “Ustedes no tienen legitimidad para venir a esta Cámara a decir si el Gobierno es o no un gobierno dictatorial; su grupo no sólo “no es republicano” sino que “no lo puede ser”, y no lo será nunca, aunque lo queráis.” Sus correligionarios no se quedaron atrás, como Marcelino Domingo:“Si se opone resistencia a la revolución social y no encuentra cauces jurídicos, los encontrará en las calles.” O Álvaro de Albornoz, del Partido Radical-socialista: “No consentiremos jamás que el Poder nos sea arrebatado por los monárquicos disfrazados de republicanos.” Este señor fue elegido el 13 de Julio de 1933 primer presidente del Tribunal de Garantías Constitucionales, precursor del Tribunal Constitucional que todos conocemos, y firmó la ley de regulación de este tribunal, la cual establecía que “la acción jurisdiccional derivada de la presente ley (…) no se extenderá, ni a las disposiciones promulgadas por las Cortes actuales antes de ser aprobada la misma, ni a los actos que el poder público haya realizado con anterioridad a su publicación”. En otras palabras, que no se podía recurrir ante dicho Tribunal las leyes de desarrollo de la Constitución aprobadas por el Parlamento, como hubiera sido de rigor en cualquier Estado de Derecho, con la idea de darle al régimen una orientación marcadamente ideológica desde el primer momento e impedir que los otros grupos parlamentarios pudieran modificarla. Muestra de ello, por si lo anteriormente expuesto no fuera suficiente, es el hecho de que no podían plantearse recursos contra las actos del Gobierno anteriores a la entrada en vigor de esta ley. Un blindaje completo.

Albornoz lo dejó muy claro al declarar a las claras que “nosotros queremos excluir (de la acción de este tribunal) toda obra realizada por estas Cortes y queremos excluirla por motivos políticos, franca y notablemente políticos, que no disimulamos un solo momento (…)” y que “por encima del Parlamento no puede haber nada que desconozca ni suprima ni cercene su soberanía.” El Radical-socialista constituyó el más numeroso de los grupos de la izquierda republicana, con una mayoría considerable y clara en las Cortes Constituyentes que elaboraron la Constitución de 1931. Jerónimo Gomáriz, fruta por esta formación remachó: “Estas Cortes no son un Parlamento cualquiera. Estamos aún (…) en una misión francamente revolucionaria y constituyente.” No era broma. Afiliados radical-socialistas en Madrid elaboraron un documento interno que avalaba la oposición a la “derecha” “con y todos los medios que fueran precisos”. Iban mucho más allá: “En caso de la conquista del poder por las izquierdas violentamente, como contestación a la violencia de las derechas, el Gobierno que se constituya gobernaría por Decretos durante el tiempo que fuera necesario, hasta llegar a la transformación del país en una profundidad y extensión tal que no pueda originarse en mucho tiempo una resurrección de los hombres de la monarquía.”

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Estos republicanos fueron los que impulsaron la muy autoritaria Ley de Defensa de la República, que establecía sanciones penales para la Apología de la Monarquía o la Crítica al Gobierno, junto con otras sanciones de carácter económico y penas de confinamiento o extrañamiento. Esta ley fue la que posibilitó que durante gran parte del período de vida de la Segunda República la censura y el recorte a la libertad de expresión fuese lo habitual, especialmente acentuado durante el gobierno del Frente Popular. La visión patrimonial que estos tenían de la República no dejó lugar a dudas cuando, tras la victoria de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) y la constitución de un gobierno de centro-derecha presidido por el republicano liberal y centrista Alejandro Lerroux del Partido Radical con apoyo parlamentario de la primera (aunque era la más numerosa en escaños), Manuel Azaña se entrevistó con Diego Martínez Barrios, a la sazón Presidente del Consejo de Ministros, con el objetivo de invalidar el resultado de las elecciones que habían perdido, como consta en las memorias del último. El PSOE no se quedó atrás, dado el carácter instrumental con el que concebía el régimen republicano. Juan zainín, quien sería el último Presidente del Consejo de Ministros de la República durante la Guerra Civil, a instancias de la ejecutiva socialista se entrevistó con Alcalá-Zamora con la idea de convencerle de cancelar los resultados electorales, formar un gobierno liderado por republicanos de izquierda, preparar una nueva ley electoral que les beneficiase y, después, volver a celebrar elecciones. Incluso Fernando de los Ríos, Ministro de Estado en el primer gobierno de Azaña y miembro del PSOE, renegó de la República. zainín, ya durante la guerra, mantuvo una conversación con el asesor soviético Marchenko en la que, según informó este a Vorosílov, uno de los acólitos de Stalin, “No cabe regreso al viejo parlamentarismo. Sería imposible consentir el “libre juego” de los partidos tal y como existía antes, ya que en ese caso la derecha podría conseguir nuevamente llegar al poder. Eso significa que resulta imperativa o una organización política unificada o una dictadura militar. No ve que sea posible otra salida.”

1934: Insurrección

No es de extrañar, pues, que el PSOE, junto con sectores de la CNT y del PCE, intentase derrocar por la fuerza al Gobierno en lo que se ha dado en llamar la Revolución de Octubre de 1934. Protagonistas de la misma fueron el bolchevizado Francisco Largo Caballero y el imprevisible Indalecio Prieto, con un programa revolucionario redactado por este último, que incluía:

  • Separación del Ejército de toda oficialidad y reorganización sobre sus bases “democráticas”, al igual que la Guardia Civil y demás institutos armados.
  • Milicia reclutada entre los afiliados.
  • Separación de la Administración Pública de los funcionarios desafectos al régimen.
  • Disolución de las órdenes religiosas e incautación de todos sus bienes.
  • Declaración de todas las tierras como propiedad del Estado.
Prieto se encargó además de los preparativos militares, la provisión de armas, el avituallamiento general y su distribución. Otros preparativos versaron sobre el adiestramiento militar de las milicias. ¿El objetivo? “(U)n movimiento de carácter nacional revolucionario para conquistar el poder político para la clase obrera”, en palabras de Largo Caballero. El documento emitido por los dirigentes bebía directamente de Técnica del Colpo di Stato, de 1931, escrito por Curzio Malaparte, miembro del Partido Nacional Facineroso de Benito Mussolini e integrante de la Marcha sobre Roma. Cuando la sublevación estalló, la Generalitat catalana aprovechó para llevar a cabo su propio levantamiento liderado por Lluís Companys, presidente de la misma, y declarar el “Estado Catalán” dentro de la República Federal Española. Incluso Azaña preparó su propio golpe de mano -fracasado- de, en palabras de Alcalá-Zamora, “constituir en Cataluña un Gobierno Provisional”, manteniendo contactos con los autores de la sublevación y negociando los objetivos de la misma escasas horas antes de que esta se produjera. El mayor Pérez Salas, azañista, escribió:

Para evitar el otorgamiento del poder a la CEDA (…) tenía en proyecto la formación de un gobierno republicano, compuesto por representantes de los partidos que tenían mayoría en las Cortes Constituyentes. Este gobierno habría de tener su sede en Barcelona (…) por estar en ella radicada la Generalidad Catalana y contar con que las fuerzas armadas de esta lo apoyarían. Tan pronto como se cometiera el acto, que era considerado como anticonstitucional, de dar entrada en el gobierno de la República a elementos no republicanos, se declararía, desde Barcelona, la disconformidad con ese acto y se daría a conocer al pueblo el nuevo gobierno formado. Simultáneamente en Madrid y en el resto de España habría de estallar una huelga general como adhesión al nuevo gobierno. Este plan tenía grandes probabilidades de éxito, pero aun fracasando habría dado un tremendo golpe al acto de entrega de la República (a sus enemigos), que habría hecho reflexionar al señor Alcalá-Zamora acerca del paso que iba a dar.

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En Asturias desembocó en una auténtica guerra civil que hizo precisa la intervención del Ejército. El resultado fue contundente. En su fracaso, claro. 1.300 perecid y 20.000 detenidos, entre ellos Azaña, Largo Caballero y Companys. La cosa no quedó ahí. Lo que los republicanos de izquierda y los revolucionarios no habían conseguido en 1934 lo conseguirían en febrero de 1936. Largo Caballero no se cortó ni un pelo: “Yo no estoy arrepentido de nada, absolutamente de nada. Declaro paladinamente que, antes de la República, nuestro deber era traer la República; pero establecido este régimen, nuestro deber es traer el socialismo. Y cuando hablamos de socialismo, no nos hemos de limitar a hablar de socialismo a secas. Hay que hablar de socialismo marxista, de socialismo revolucionario. Hay que ser marxista y serlo con todas las consecuencias. (…) Vamos a la lucha en coalición con los republicanos con un programa que no nos satisface. (…) Tenemos que evitar la implantación del fascio por todos los medios. Ahora, por el medio legal; en octubre lo hicimos de otra manera. (…)”. Más lejos aún fue al señalar: “Que nadie se llame a engaño (…). Las derechas en España, para nosotros, deben haberse terminado ya en lo que significa gobernar nuestro país. No piense nadie en darles el Poder, porque si eso intentan, el proletariado lo impedirá.”
 

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