¿Ola de calor o calentón informativo?
¿Dónde está la ola de calor? La pregunta se repite en las conversaciones de julio. Mientras la AEMET activaba su aviso especial 23/2026 el 18 de julio, con alta probabilidad de episodio cálido desde el martes 21 al jueves 23, limitado al tercio suroriental, Guadalquivir, Ebro y zonas del nordeste, en Galicia apenas se superaban los 22 grados y en Levante el termómetro coqueteaba con los 29. La primera reacción fue de escepticismo: si la ola no cubre toda España, ¿es ola de calor? Pero al mismo tiempo, en Granada se alcanzaron 42 grados a las seis de la tarde y en Murcia llevan tres semanas seguidas sin bajar de 40. La brecha territorial alimenta el debate.
El aviso de AEMET y su cumplimiento geográfico
El aviso especial 23/2026 de AEMET, fechado el 18 de julio, preveía alta probabilidad de ola de calor a partir del 21 con duración al menos hasta el 23, y ámbito restringido: tercio suroriental, Guadalquivir, Ebro, depresiones del nordeste, valles pirenaicos e interior de Mallorca. Esto significa que no esperaba que toda España hirviera. Sin embargo, la cobertura mediática previa —calificada por algunos como «terrorismo informativo»— generó expectativas de un horno nacional. Los datos oficiales muestran que Sevilla aeropuerto tuvo máximas 1,7 grados más altas en los años 90 que en la última década, según se comparó con registros de AEMET. En Madrid, la máxima de los últimos 10 años fue 0,7 grados inferior a la de hace siete años. Esto escurre el agua a la tesis de una tendencia imparable.
Realidad en el terreno: de los 42 de Granada a los 22 de Asturias
Mientras en Granada se sumaban seis días consecutivos por encima de 40 grados, en Asturias apenas se rozaban los 22. En la provincia de Barcelona, el calor fue intenso semanas atrás, pero luego remitió. La Comunidad Valenciana registró 33 grados en Valencia y 34 en Alicante, con mínimas tropicales de 26-27 grados que impiden dormir. En Murcia, el testimonio es crudo: «Llevamos tres semanas seguidas sin bajar de 40 grados, con noches horribles y una humedad tremenda. Tengo 52 años y no recuerdo un julio así desde 2003 y 2015». En La Mancha, un termómetro particular marcaba 49 grados frente a los 44 oficiales de AEMET. La calima y el humo de los incendios —Lozoyuela y La Mierla en Guadalajara— tiñen el cielo de gris en Madrid, aunque no todo es culpa del fuego.
El escepticismo: memoria selectiva y consenso científico
Una corriente de análisis sostiene que el verano de 2026 está siendo normal para la canícula (15 julio-15 agosto). Recuerdan que el año pasado julio fue fresco, con una media de 25 grados frente a los 31 de este año, y que la percepción está condicionada por la cobertura mediática. El «consenso científico» sobre el cambio climático es cuestionado: «Se emplea el consenso como autoridad porque la realidad es demasiado compleja. Hay subvenciones gigantescas y cancelación para quien se aparta». Otros señalan que el calentamiento es innegable por el aumento de las temperaturas mínimas: en Granada, se pasó de una rareza de noches por encima de 20 grados a que sea lo habitual en solo 30 años.
Consecuencias económicas de un verano polarizado
El calor extremo tiene costes directos. El consumo eléctrico se dispara con el aire acondicionado, la productividad laboral cae —especialmente en sectores como la construcción y la agricultura— y el turismo se resiente cuando el termómetro supera los 40. Pero también hay quien se beneficia: ventas de sistemas de refrigeración, helados, y servicios de reparación de equipos. La incertidumbre sobre la duración real del episodio dificulta la planificación empresarial. Y la polarización del debate climático no ayuda: mientras unos claman por medidas urgentes, otros denuncian una cortina de humo para imponer agendas regulatorias.
Con los termómetros marcando récords en unas zonas y temperaturas tirando a suaves en otras, lo único que parece fuera de duda es que el debate sobre la ola de calor está más caliente que el propio verano. Que cada uno mire su termómetro. Y que luego saque sus conclusiones.