Dos mil euros, cero experiencia y la duda de dónde ponerlos
Con 2.000
euros en el bolsillo, la primera respuesta que recibe quien pregunta dónde invertir es incómoda: varios foreros avisan de que con esa cantidad ningún asesor serio va a mirarle a la cara. Ese portazo, que en principio suena a desprecio, es la mejor noticia del asunto. La consulta de partida es concreta: un ahorrador sin experiencia, con un objetivo a medio plazo —
dar la entrada de un piso— y dos certezas. Quiere ir sobre seguro. Y las criptomonedas no le interesan lo más mínimo, aunque alguien se las recomiende igualmente.
¿Cuánto capital hace falta para que un asesor financiero te atienda?
Bastante más de 2.000 euros. Según uno de los cálculos que se lanzan en el hilo, una parte notable del capital se queda por el camino: la cifra que se baraja es de
500 euros, un 25% del total, antes de haber comprado un solo producto. La alternativa, según ese mismo diagnóstico, es que al cliente novel le coloquen un producto mediocre que genere comisiones al intermediario. Con ese panorama, la recomendación que gana peso es la más incómoda: no ir a contar a nadie cuánto dinero se tiene. Ni a un asesor ni a un conocido. Formarse, leer y sacar conclusiones propias, porque
el dinero de uno no lo gestiona mejor nadie que uno mismo.
El fondo indexado al MSCI World, el consejo que más se repite
Si hay una propuesta que aparece una y otra vez es la del fondo indexado al MSCI World con comisiones bajas. La mecánica importa al que llega nuevo: en un fondo no se compran acciones enteras, sino participaciones. Un ejemplo concreto que se maneja es el del
Amundi Index MSCI World, contratable a través de una entidad como Renta 4 con aportaciones periódicas de 150 euros al mes. Con una participación a 236,14 euros, los 2.000 euros se convierten en 8,43 participaciones. Hay quien prefiere ETF de Vanguard (VT, VUG), quien se inclina por un fondo como Baelo Patrimonio y quien lo simplifica comprando títulos de Berkshire Hathaway directamente.
El matiz no es financiero, es psicológico. La renta variable exige aguantar caídas sin vender, y una cartera de ese tamaño puede moverse 10 o 15 euros en una sola sesión. Por eso se sugiere entrar por tramos: empezar con 500 euros y subir la apuesta cuando el estómago lo permita. También se avisa de los plazos: una participación no está disponible en 48 horas como una acción. Y hay una cifra que se lanza para los que se refugian en lo conservador: un plan de pensiones de renta fija puede perder un 20% en diez años.
Otra referencia que se cita para templar ánimos: el
S&P 500 tardó cinco años en recuperarse tras el desplome de 2008. Indexarse no es un atajo, es una forma de no tener que elegir ganador.
¿Oro y plata o renta variable?
La preferencia inicial por los metales preciosos tiene defensores. El planteamiento más concreto pasa por comprar una
onza de oro en moneda y dedicar el resto a plata amonedada, con el argumento de que los metales llevan 5.000 años guardando valor y la vista puesta en un horizonte de diez. Añaden una partida que no suele aparecer en las carteras: gastar una porción en buenos libros de cultura financiera, es decir, en uno mismo.
El problema de la vía metálica es el volumen. Hay quien sostiene que esa cantidad es escasa tanto para fondos como para bolsa; el tamaño de la posición es el obstáculo, no el activo elegido. Y el asunto se desliza por momentos hacia el preparacionismo, con generadores y munición de por medio, una tangente que poco tiene que ver con rentabilizar un ahorro.
¿Qué hacer con 2.000 euros si no se quiere arriesgar?
Existe una hoja de ruta que se repite con pocas variaciones. Primero, leer: desde
El hombre más rico de Babilonia hasta los libros breves sobre estrategias de inversión, pasando por todo lo que haya firmado Peter Lynch. Segundo, meter el dinero en un
depósito a un año y aceptar lo que den. Tercero, abrir una cuenta demo y operar doce meses sin dinero real, entendiendo por qué se gana y por qué se pierde. Solo después toca decidir entre invertir y hacer trading. El resumen del aprendizaje cabe en una línea: las prisas no son buenas consejeras.
Queda una pregunta sin responder: cuándo se pasa del simulador al mercado real. Hay quien exige hipoteca pagada y un colchón de entre 5.000 y 10.000 euros antes de dar el salto. Otros recomiendan empezar ya con aportaciones pequeñas, aunque solo sea para coger el hábito.
La discusión paralela: ¿ahorrar o gastarlo ahora?
La conversación deriva hacia un terreno que no estaba en el guion: para qué ahorrar. Un relato personal lo ilustra con crudeza. Un familiar fallecido sin hijos acumuló planes de inversión toda la vida, compró acciones cuando empezaron a bajar, perdió los ahorros con las preferentes y murió sin gastar. La conclusión que extrae el forero que lo cuenta es dura: quien muere dejando herencia calculó mal sus recursos y su esperanza de vida. La referencia culta que se invoca es Séneca y su tratado sobre la brevedad de la vida.
La réplica llega con el argumento de la seguridad. Hay quien no necesita consumir para sentirse bien, y quien sostiene que más vale que sobre que no que falte. El dinero no gastado también es una inversión: en tranquilidad, en descendencia, en no depender de nadie. En medio del rifirrafe se cuela un matiz técnico que sí importa al que empieza: distinguir la cantidad que uno está dispuesto a invertir del patrimonio total. Según uno de los participantes, es un
sesgo cognitivo, no una discusión semántica, y explica por qué tanta gente calcula mal cuánto puede permitirse perder.
La aritmética favorece al indexado; la biografía, al que primero se forma. Si este ahorrador acabará con participaciones de un fondo global, con una onza de oro o con el dinero quieto en un depósito, nadie puede decirlo. Lo que se puede anticipar con bastante seguridad es que el primer año invertirá más tiempo en leer que dinero en comprar.