Draghi pide 800.000 millones para relanzar la industria europea
Europa no se arregla con más dinero. Y, aun así, el plan que Mario Draghi ha presentado en Bruselas para sacarla del estancamiento estructural pasa por movilizar
800.000 millones de euros: un nuevo plan Marshall con rebajas de impuestos para competir con China y Estados Unidos. El titular se compra solo. El
cómo se paga, no.
Qué propone el informe Draghi y por qué se compara con un plan Marshall
El expresidente del Banco Central Europeo ha entregado 400 páginas con recomendaciones para superar el estancamiento estructural de la economía europea. En el paquete hay inversión pública, rebajas fiscales y una advertencia incómoda: la transición climática puede afectar a la capacidad competitiva de la UE y al crecimiento si los países no logran coordinar sus políticas. Dicho de otro modo, la misma maquinaria llamada a modernizar la
industria puede ahogarla si cada capital legisla por su cuenta.
El enfoque recuerda al plan que reconstruyó Europa tras la guerra, solo que ahora no hay ruinas físicas: hay un tejido productivo que se apaga despacio. A la propuesta se le reprocha su propia existencia. Hay quien sostiene que el problema no admite matices —eliminar impuestos, regulaciones y subvenciones— y que para eso no hacen falta 400 páginas. Recetas simples, dicen, para un continente que lleva años complicándose la vida a sí mismo.
¿De dónde sale el dinero: impresora, deuda o ajuste?
Aquí empieza la pelea. Una corriente del análisis sostiene que la receta equivale a monetización con otro nombre: política monetaria inflacionista, política fiscal igual de suelta y un tamaño del Estado que no se toca. El veredicto más repetido es contundente:
un plan con fisuras.
Hay una paradoja que se señala con retintín. Bajar impuestos en plena inflación mientras se mantiene una política monetaria restrictiva es una combinación que no cuadra. Circula incluso una pregunta con mala idea pero buen tino: si el plan son 800.000 millones, ¿qué porcentaje se queda por el camino en comisiones de quienes lo aprueban? Nadie da por bueno ese cálculo, y precisamente por eso retrata la desconfianza.
Lo que sí se repite es el cansancio. La sensación de que la respuesta a cualquier problema europeo lleva quince años siendo la misma: imprimir y endeudarse. Un plan sin fisuras, ironizan, si el objetivo fuera empobrecer a quien ahorra.
El informe aterriza al hilo de los primeros cierres de fábricas de Volkswagen
El calendario no ayuda. El documento llega a la vez que, según se señala al hilo,
Volkswagen anuncia por primera vez cierres de fábricas y con la apuesta acelerada por el coche eléctrico cada vez más cuestionada, hasta el punto de dar la razón a quienes avisaron de que iba demasiado rápido. Competir con China y Estados Unidos mientras se impone ser la región menos contaminante del mundo es un ejercicio de equilibrio que no sale.
La crítica más ácida apunta a otra parte: al listado de logros tangibles, donde algunos solo encuentran tapones de botella que no se desprenden y pajitas de cartón que nadie quiere usar, todo ello mientras se desvían miles de millones. Es exagerado y es injusto. También es la frase que mejor explica por qué el relato oficial de la transición no aterriza en la calle.
Salvar empresas con dinero público: el punto que cambia las reglas
La lectura más lúcida que deja el asunto no va de cuánto se gasta, sino de en qué. Hay quien interpreta el informe como el paraguas legal para rescatar con dinero público a compañías en apuros —Volkswagen, Opel, Airbus, Thyssen— cuando hoy esa operación es, según esa misma lectura, ilegal. El plan no crea dinero nuevo por decreto: reescribe lo que se puede hacer con el que ya existe.
Ese es el choque real. Por un lado, un mundo empresarial que se hunde y pide aire. Por otro, el dogma de la contención del gasto que durante una década ha tapado todos los agujeros. Con esas dos fuerzas en la mesa, la pregunta no es si habrá rescates, sino cómo se llamarán para no parecerlo. Otra línea de análisis reduce el destino del dinero a un solo sector, la industria militar, y la conclusión no cambia: más inflación.
Del patrón oro al refugio: la huida del dinero que se imprime
Cuando el dinero pierde valor, la conversación se muda al oro. En el análisis más pesimista, la única salvación es individual: aprender a protegerse antes de que la mayoría entienda qué es el dinero fiduciario. Se discute si el metal, una vivienda o una cesta de activos sirven de refugio cuando el Estado puede impedir la compraventa. La conclusión más repetida: sin posibilidad de convertirlo en efectivo, ningún refugio vale nada.
Y aparece una referencia con once años de antigüedad que no ha envejecido: el artículo de 2013 sobre el discurso del exsecretario del Tesoro estadounidense Larry Summers, que ya entonces se preguntaba si la economía occidental solo sabe crecer creando burbujas. El mecanismo descrito —déficit comercial de EEUU en torno al 10% del PIB, financiado con capital extranjero tras las crisis de los emergentes de finales de los noventa— suena familiar. Demasiado.
Queda un escenario que nadie se atreve a cerrar. Si el plan sale adelante, la discusión no será cuánto se invierte, sino quién firma la factura y en qué moneda se cobra. Con estos mimbres, la conversación europea sobre competitividad tiene todas las papeletas de acabar, otra vez, en una discusión sobre inflación. Aunque nadie pueda asegurar todavía en qué casilla cae el coste.