Ebro Foods, el refugio antiinflación que no arranca
Ebro Foods se ha convertido en el laboratorio donde se prueba si el consumo defensivo sirve de algo cuando los precios se desbocan. La tesis es sencilla: líder mundial en arroz y segundo en pasta, demanda inelástica, España apenas un 8% de su mercado y capacidad de trasladar la subida de costes al consumidor final. Sobre el papel, un blindaje. En la práctica, la acción lleva años atrapada en un canal lateral que desespera a propios y extraños.
La compañía cerró 2021 con un beneficio neto de
238,6 millones de euros, un 24% más que el ejercicio anterior, impulsado en parte por plusvalías de ventas de activos por valor de 60,7 millones. La cifra de negocio se quedó en 2.877,4 millones, un 0,7% menos. El primer trimestre de 2022, en cambio, mostró una caída del 21,4% en el beneficio, hasta 41,5 millones, por la desaparición de los extraordinarios de la venta de Panzani y Catelli. La foto cambia según dónde se ponga el foco.
¿Por qué se considera a Ebro Foods un valor defensivo?
El argumento se apoya en la naturaleza del producto. El arroz es difícilmente sustituible y, en una recesión, el consumidor recorta antes en carne roja que en hidratos básicos. La empresa no es propietaria de tierras, salvo alguna cosa en India, lo que se interpreta como una ventaja: puede elegir la materia prima donde mejor cosecha haya cada año. La internacionalización juega a favor, con Estados Unidos y Reino Unido como mercados clave.
El problema aparece cuando se mira la estructura de costes. La subida de fertilizantes, energía y logística golpea a todos los operadores del sector, y la competencia asiática no siempre acompaña en las subidas de precio. La sequía en el Guadalquivir y la reducción de la cosecha norteamericana añaden presión sobre los futuros rendimientos. Repercutir la
inflación al cliente final no es automático cuando enfrente hay rivales que aguantan el tipo sin mover tarifa.
El dividendo de 0,57 euros y la trampa de los extraordinarios
Aquí está el punto que más discusiones genera. El dividendo ordinario lleva años congelado en
0,57 euros por acción, una rentabilidad en torno al 4% con la acción cerca de los 17 euros. En 2020 y 2021 hubo extraordinarios generosos, pero eso distorsiona el análisis: quien valora la política de retribución por el ordinario ve una cifra que no se mueve mientras la inflación se come el poder de compra. La dirección ha trasladado que este año no habrá subida, con la vista puesta en 2023.
Hay quien lee esos extraordinarios como una señal de liquidación más que de fortaleza. La venta de Panzani dejó dinero en caja y la pregunta sigue abierta: reducción de deuda, compra del 49% restante de Pastas Garofalo o alguna adquisición distinta. Los propietarios han movido ficha. Tras el reparto de diciembre, las compras de directivos e insiders sumaron unos
600.000 euros, un gesto que se interpreta como confianza en el corto plazo. La empresa también pagó a parte de su plantilla en acciones, detalle que algunos leen como señal de que nadie espera una OPA inminente.
La estructura de capital que nadie discute
Los accionistas mayoritarios, entre ellos la familia March, controlan alrededor del
75% del capital, según se afirma en el hilo. El free float es reducido, lo que da estabilidad al valor pero también explica la falta de chispa. La SEPI mantiene presencia como accionista institucional. Con semejante concentración, la acción se mueve poco y los movimientos bruscos de volumen llaman la atención: cualquier venta fuerte se nota de inmediato en el precio.
La comparación con alternativas es inevitable. Frente a Ebro, hay quien coloca a Faes, Enagás o Redeia como generadores de rentas con dividendos superiores. El cálculo rápido: con los mismos 17 euros que cuesta una acción de Ebro se compran cinco de Faes y se embolsa cerca de un euro anual en dividendos. La crítica de fondo es que Ebro liquida activos y no reinvierte, lo que limita las perspectivas de revalorización.
El canal lateral que desespera a los accionistas
La acción lleva desde 2021 moviéndose en un rango estrecho, con tendencia bajista y dividendos anuales en torno al 4%. La metáfora que mejor lo describe: un diésel de los noventa. Te lleva a todos lados, no gasta demasiado, pero cuando le pisas tarda en reaccionar y cuando reacciona ya tienes que frenar. Para carteras que buscan estabilidad y rentas puntuales, cumple. Para quien espera revalorización, es un pozo.
El consenso de precios de entrada se mueve entre los
14 y los 15 euros como zona de compra, con los 17 como techo del rango. Quien compró hace años y ha ido cobrando dividendos está en positivo. Quien entró en máximos, no. La comparación con el S&P 500 o con valores como Berkshire, JPMorgan o Apple aparece recurrentemente: el refugio real contra la inflación, sostienen algunos, está en la bolsa americana, no en el consumo defensivo español.
¿Merece la pena un ETF de consumo básico en lugar de Ebro Foods?
La duda es razonable. Un ETF de consumer staples ofrece diversificación sectorial con comisiones y sin control sobre las empresas que lo componen. La acción individual permite elegir el momento y cobrar dividendos directamente, pero concentra el riesgo. En un entorno de inflación alta, la rentabilidad por dividendo del 4% se queda corta frente a un IPC de dos dígitos, y encima hay que pagar impuestos por los rendimientos del capital mobiliario.
El escenario que dibujan los más escépticos apunta a un descrecimiento sostenido en Europa, con Ebro como valor razonable pero sin capacidad de dar el pelotazo. Los más optimistas ven la acción en 17 o 18 euros para 2024, apoyados en la exposición a mercados anglosajones y en la naturaleza defensiva del negocio. Entre ambas posiciones, la acción sigue donde estaba: atrapada en su rango, pagando su dividendo congelado y esperando que alguien decida qué hacer con el dinero de Panzani.
Este artículo no constituye recomendación de inversión. Cualquier decisión debe tomarse con asesoramiento profesional y datos actualizados.