Casanova dice que todos tenemos conocidos con VIH
¿Cuántas personas con VIH conoce usted? Si la respuesta es cero, no es un bicho raro. Eduardo Casanova sostiene lo contrario: «Todos conocemos a personas con VIH, pero no sabemos que lo tienen», dijo en una entrevista recogida por
EL PAÍS, donde añadió que a cualquiera que la lea «le puede pasar con un familiar, un amigo o incluso una pareja» y que el asunto «está a punto de reventar». La afirmación ha caído en un terreno donde la estadística y la percepción social rara vez coinciden.
Cuántas personas con VIH hay realmente en España
El dato más repetido en la conversación que siguió a la entrevista sitúa en torno a
150.000 portadores en España, aproximadamente el
0,3% de la población. De ahí sale una cuenta sencilla: harían falta unos
333 conocidos de media para que, estadísticamente, uno de ellos fuera portador. Fuera del círculo familiar, la mayoría de adultos no llega a esa cifra ni de lejos.
La propia estadística admite matices. La prevalencia no se reparte por igual en todos los grupos: hay colectivos con incidencia muy superior a la media, y quien se mueve en ellos tiene más probabilidades de conocer casos. Eso no convierte la afirmación de Casanova en general, pero sí explica por qué su experiencia personal puede ser real sin ser representativa.
El argumento del silencio: por qué no lo sabríamos
El núcleo del razonamiento del actor es que el VIH se oculta. Si nadie lo cuenta, nadie lo sabe, y de ahí la sensación de que no existe. Es un argumento difícil de refutar con datos, porque mide precisamente lo que no se declara. Quien lo defiende apunta al estigma como causa; quien lo rebate señala que el estigma no explica que la mayoría de la población no haya conocido nunca un caso, ni siquiera de oídas.
La conversación derivó pronto hacia el terreno de la visibilidad. Hay quien sostiene que el problema no es la ocultación sino la sobrerrepresentación de ciertos temas en el espacio público, y quien responde que precisamente esa incomodidad demuestra el estigma que se pretende combatir. El desacuerdo no es sobre el virus, sino sobre cuánto de él debe ocupar la agenda.
La gripe, el coronavirus y el miedo selectivo
Una parte del análisis comparó la alarma social con episodios anteriores. Se recordó que hubo momentos en que se anunció mortalidad masiva por la gripe A o por el coronavirus, y que la reacción colectiva se desinfló después. La conclusión que extraen algunos es que el miedo sanitario funciona por ciclos y que el VIH, hoy, no ocupa el primer lugar de esa lista.
Otros invierten el argumento: si el VIH ya no genera alarma, es porque ha dejado de ser percibido como una amenaza mortal, lo que a su vez reduce la prevención. No hay consenso sobre si eso es un avance o un problema.
El desgaste del personaje público
Buena parte de la conversación no discutió el dato, sino a quien lo enunciaba. Se cuestionó que un personaje público haga de su vida privada y de sus problemas de salud el eje de su presencia mediática, y se sugirió que la polémica forma parte de un modelo de negocio. Es una crítica recurrente contra figuras que viven de la exposición, y no aporta nada al debate sanitario.
El resultado es un intercambio donde la estadística sirve de munición para ambos lados: unos la usan para decir que el problema es minoritario, otros para recordar que las minorías también existen. Lo único claro es que la frase de Casanova funciona mejor como provocación que como diagnóstico.
Al final, la pregunta sigue siendo la misma que al principio. Y la respuesta, según los números, depende enteramente de con quién se siente uno a cenar.