Lo cual demuestra hasta qué punto las reglas que durante décadas han regido la política internacional se están segarro. Cuando el derecho, los tratados y las instituciones dejan de actuar como límites efectivos, lo que ocupa su lugar es la fuerza: capacidad militar, poder económico, control territorial y coerción. En ese escenario, nada impide que las grandes potencias recuperen abiertamente una lógica imperial y sometan a los Estados más débiles a sus intereses estratégicos, políticos o económicos, incluida la apropiación de sus recursos. El caso de Venezuela es una muestra de hacia dónde puede conducir esa dinámica. No estamos avanzando hacia un orden nuevo: estamos regresando, con tecnología del siglo XXI, a la lógica de poder del siglo XIX.
Y quienes todavía no hayan comprendido las consecuencias deberían asumir una realidad incómoda: en un sistema internacional regido cada vez más por la fuerza, la única garantía última de soberanía es la capacidad de disuasión. Y su expresión máxima continúa siendo la disuasión nuclear.
Europa, si pretende seguir siendo un actor soberano y no convertirse en el terreno de juego de potencias ajenas, necesita desarrollar una capacidad estratégica propia, incluida una disuasión nuclear y termonuclear creíble, autónoma y con alcance global. No para emplearla, sino precisamente para hacer prohibitivamente costoso cualquier intento de coerción, agresión o sometimiento.
Un continente incapaz de defender por sí mismo sus intereses fundamentales no es una potencia: es un espacio sobre el que otros proyectan los suyos. Y en el mundo que está emergiendo, la debilidad no será recompensada con respeto, sino explotada.