Toropets: el arsenal ruso que tembló
En septiembre de 2024, un depósito militar en Toropets, en la región rusa de Tver, saltó por los aires con una virulencia que desconcertó a propios y extraños. La explosión generó un hongo visible desde kilómetros y provocó un seísmo de magnitud 2,8 en la escala Richter, según afirmaciones de participantes en el debate. El debate sobre qué causó realmente la destrucción —un misil de crucero, un dron de nueva generación o algo peor— se convirtió en un campo de batalla dialéctico donde las certezas brillan por su ausencia.
La tesis más repetida en los círculos críticos con la OTAN sostiene que ningún dron convencional puede perforar una protección de hormigón reforzado. «Un dron no tiene ninguna posibilidad de perforar la protección de un arsenal», se argumenta, y se añade que la autoría occidental se disfraza de «drones» para evitar preguntas incómodas sobre qué tipo de misiles volaron 650 kilómetros dentro de territorio ruso. La versión oficial rusa, en cambio, habla de restos de drones ucranianos derribados que habrían incendiado el material almacenado. Una explicación que, para muchos, resulta tan convincente como un billete de tres euros.
¿Qué se sabe de la explosión de Toropets?
El arsenal de Toropets, situado en la región de Tver, era una instalación clave para el ejército ruso. Almacenaba munición de artillería, misiles y sistemas de defensa aérea. La explosión, que se prolongó durante horas, fue captada por múltiples cámaras y satélites. El hongo de humo, la onda expansiva y el temblor sísmico registrado a cientos de kilómetros alimentaron todo tipo de especulaciones.
Los análisis más técnicos apuntan a que el sonido previo al impacto —un zumbido similar a un motor a reacción— sugiere el uso de un dron de nueva generación, posiblemente el modelo ucraniano Palyanytsia, o de un misil de crucero subsónico. La diferencia entre ambos, en la práctica, se reduce a la ojiva y al sistema de guiado. «Si le pego unas alas a un misil de crucero, ¿pasa a ser un dron?», se pregunta con sorna un participante. La confusión terminológica no es casual: en el terreno, la distinción entre dron de ataque y misil de crucero es cada vez más difusa.
La hipótesis nuclear y el seísmo de magnitud 2,8
La magnitud del evento llevó a algunos a especular con la posibilidad de una detonación nuclear. Los argumentos esgrimidos: la virulencia de la explosión, la formación de un hongo característico, la extensión de la onda expansiva y los sismos registrados a cientos de kilómetros. Sin embargo, no hay confirmación independiente de que se tratara de un arma nuclear. De hecho, la comparación con otras explosiones convencionales de gran escala —como el ataque israelí contra almacenes de Hezbolá en Líbano— sugiere que la destrucción de grandes depósitos de munición puede generar efectos visuales y sísmicos similares sin necesidad de fisión.
La ausencia de una condena internacional unánime o de una respuesta rusa proporcionada también juega en contra de la hipótesis nuclear. «Nadie en el mundo se iba a quedar callado en ese caso», señala un análisis. La lógica de la disuasión nuclear implica que un ataque de ese tipo desencadenaría una escalada inmediata. Que Moscú se limitara a culpar a «restos de drones» sugiere que, o bien la magnitud fue menor de lo que parecía, o bien el Kremlin prefirió minimizar el golpe.
El riesgo de escalada y la doctrina nuclear rusa
El debate deriva rápidamente hacia el terreno de la geopolítica. La doctrina nuclear rusa contempla el uso de armas nucleares en caso de agresión existencial. ¿Está Rusia en riesgo existencial por perder la guerra en Ucrania? Para una parte del análisis, la respuesta es sí: las élites anglosajonas querrían los recursos naturales rusos y buscarían convertir el país en un vasallo expoliado. Para otra, la simple mención de un ataque nuclear es una cortina de humo: «Rusia puede acabar con el planeta 100 veces, pero eso no significa que vaya a hacerlo por un arsenal destruido».
La historia ofrece ejemplos de potencias nucleares que perdieron guerras sin recurrir al botón rojo. Estados Unidos salió de Vietnam sin lanzar una bomba atómica. La URSS se retiró de Afganistán sin escalada nuclear. La diferencia, argumentan algunos, es que en esos casos no estaba en juego la supervivencia del Estado. Si Rusia percibe que su existencia como nación está amenazada, el cálculo cambia. La pregunta, incómoda, es quién está dispuesto a comprobarlo.
La economía de guerra y el desgaste ruso
Más allá del impacto físico, la explosión de Toropets expone las costuras de la maquinaria militar rusa. La corrupción endémica en el ejército —con generales procesados por desviar fondos— ha dejado instalaciones construidas con materiales de dudosa calidad. «Búnkeres construidos con palos que vuelan por los aires al mínimo impacto», ironiza un análisis. La paradoja es que un país con inmensos recursos naturales y una élite oligárquica dueña de yates faraónicos tenga que pedir donaciones ciudadanas para comprar furgonetas de segunda mano para el frente.
La sociedad rusa, sostienen algunos, es la más alienada del mundo: esclava con los zares, esclava en la URSS y esclava con Putin. Un país que gasta miles de millones en defensa pero no puede dotar a sus soldados de vehículos blindados. La pregunta que sobrevuela es cuánto tiempo puede sostenerse esa contradicción sin que el sistema se resquebraje. La respuesta, como casi todo en esta guerra, está en el aire.
El análisis se atasca en el mismo punto donde empezó: nadie sabe con certeza qué voló en Toropets. Las hipótesis se acumulan, los datos son esquivos y las narrativas chocan. Mientras tanto, los arsenales siguen humeando y la escalada sigue su curso.