Una pila de 1950 que aún da 1,5V y una España que ya no fabrica tornillos
Una pila fabricada en España en los años cincuenta sigue dando voltaje. Un multímetro digital lee cerca de 1,5 voltios y el interior, al abrirlo, aparece sin corrosión apreciable. El objeto circula como emblema de una época en la que el país producía bienes duraderos y, de paso, como acusación contra el presente: hoy, sostiene una parte del análisis, no se fabrica ni un tornillo.
La pieza no es un hallazgo arqueológico. Es una
Cegasa, una empresa vasca que, según se recuerda en la discusión, sigue existiendo y fabricando en Vitoria. Ese detalle desactiva el titular más grueso —que España no fabrica nada— y obliga a afinar el diagnóstico: lo que se ha perdido no es toda la industria, sino su peso, su volumen y su capacidad de arrastrar empleo. La anécdota de la pila sirve para medir una decadencia, no para certificar una defunción.
Qué pasó con la industria española tras 1975
El hilo arranca con la pila y deriva rápido hacia la reconversión industrial. Hay quien sitúa el primer golpe en la construcción naval y en
Astilleros Españoles, ya con Adolfo Suárez en el Gobierno, antes de que la crisis del petróleo terminara de reordenar el tablero. Otros cargan la responsabilidad sobre los gobiernos socialistas y sobre la entrada en la entonces Comunidad Económica Europea, presentada como una operación en la que España aportó mano de obra barata y sol, y recibió a cambio fondos y turismo.
La tesis más repetida es la del intercambio desigual: Alemania se quedó con la industria y España con las playas, los bares y los jubilados del norte de Europa. El relato tiene su escena fundacional en los abrazos entre Helmut Kohl y Felipe González, leídos como el cierre de un pacto que convertía al país en economía de servicios. No es una interpretación marginal: vertebra buena parte de la conversación y explica por qué el turismo, que sostiene el PIB, aparece a la vez como salvación y como condena.
El turismo sostiene España, pero no la industrializa
Aquí el consenso se rompe. Un bloque defiende que sin turismo España sería Argentina, y recuerda que Benidorm, Marbella o Santander no los levantó la democracia: el turismo de masas ya estaba antes de 1978. Otro bloque responde que un país que vive del visitante de fin de semana acepta salarios bajos, ciudades convertidas en parques temáticos y una dependencia exterior que no se negocia en Bruselas, se sufre.
El dato que ordena el desacuerdo no es el peso del turismo, sino el de la industria. Frente a la idea de que el país no produce nada, se recuerda que el sector industrial ronda el 20% del PIB, muy por encima del 7% que aporta la hostelería. La diferencia, se argumenta, es de productividad y de empleo: la fábrica paga más y sostiene más puestos por euro producido. La consecuencia es un mercado laboral con paro estructural y salarios que no despegan.
La desindustrialización no fue solo española
Uno de los argumentos más sólidos del hilo apunta a que España no inventó la desindustrialización: ocurrió en toda Europa y en Norteamérica, con traslado masivo de producción a Asia. La diferencia es que otros países conservaron el diseño y el valor añadido. Suiza, sin ir más lejos, tiene hoy más peso industrial en su PIB que España. Reino Unido diseña las Raspberry; Italia, los Arduino. España, en cambio, ni fabrica ni diseña en la misma proporción que en 1980.
Ese es el punto incómodo. No se trata de añorar la fábrica de tornillos, sino de constatar que el país perdió las dos capas: la producción y la ingeniería. Hay excepciones que el propio material enumera —cargadores de coche eléctrico, contadores inteligentes, telecomunicaciones privadas, máquinas de vending, cerraduras electrónicas—, empresas con diseño propio y fabricación en España. Son la prueba de que el tejido existe, y también de que es demasiado pequeño para compensar lo perdido.
El coste laboral de la reconversión
La conversación deriva hacia el bolsillo. Se compara el peso del alquiler sobre el salario mínimo: si en 1975 representaba en torno al 18%, hoy se sitúa cerca del 70%. La cifra se lanza como acusación contra el relato de los derechos conquistados. En paralelo, se recuerda que la jubilación exigía menos años cotizados y pagaba un porcentaje mayor del salario, y que la economía sumergida compensaba parte de la precariedad con sobres en metálico.
No todo es nostalgia. Hay quien responde que aquel bienestar se sostenía sobre un país más pobre, con menos mujeres en el mercado laboral y sin la presión demográfica actual. El intercambio —más libertad formal, menos capacidad industrial— es el corazón del desacuerdo. Y hay una cifra que descoloca a todos: el porcentaje de PIB industrial que tenía Venezuela, muy superior al español, demuestra que fabricar mucho no garantiza nada si el resto de la economía no acompaña.
La pila como termómetro de una economía
Volvamos al objeto. Una pila de hace siete décadas que conserva su voltaje dice menos sobre la calidad de entonces que sobre la economía circular del presente. La obsolescencia programada, señalan algunos, hace innecesario fabricar duradero: se vende lo vistoso y se cambia cada año. Contra eso, la pila de 1950 funciona como un reproche material, casi físico. No hay discurso que la desmienta.
La discusión no cierra el caso. Nadie sabe si España recuperará peso industrial, si el turismo aguantará la presión de precios y malestar social, o si la próxima generación aprenderá a soldar antes que a servir cañas. La pila sigue dando 1,5 voltios. El país, mientras tanto, sigue discutiendo si aquello fue progreso o simple mudanza.