El 83% de jóvenes menores de 34 confiesa ansiedad al conducir
Aparcar en cuesta angustia al 52,8% de los conductores menores de 25 años. Incorporarse a una vía rápida, al 44,4% de los que aún no han cumplido los 24. Y el dato que resume el fenómeno:
el 83% de los jóvenes menores de 34 años reconoce sentir ansiedad al volante. No es una encuesta de opinión: es el retrato de una generación que ha convertido el carnet en un trámite y la conducción en una prueba de resistencia emocional.
El caso de Paula Martínez lo ilustra mejor que cualquier estadística. Aprobó el examen con 19 años, empezó a moverse en su coche y, a medida que sumaba kilómetros, crecía el miedo a
perder el control. Un freno de mano mal quitado, un pitido sin origen claro y el bloqueo. Dejó de conducir. Diez años después, con sesiones de psicología especializada, ha vuelto a coger el volante, aunque todavía no se atreve a hacerlo sola.
Qué es la amaxofobia y por qué se dispara entre los jóvenes
La fobia a conducir tiene nombre clínico desde hace décadas: amaxofobia. Lo nuevo es su extensión. Los datos que maneja el sector apuntan a que
las dificultades para aparcar y las incorporaciones son los dos detonantes principales, por delante de la velocidad o la densidad del tráfico.
Aparcar en cuesta estresa al 30,3% de los conductores de entre 25 y 35 años. Entre los menores de 25, el porcentaje sube al 52,8%. En las incorporaciones, el 44,4% de los menores de 24 las vive con inquietud, y un 24,4% de los que tienen menos de 34 comparte esa sensación. Son maniobras cotidianas, no situaciones extremas.
Hay quien sostiene que el problema no es la conducción en sí, sino la
falta de práctica real durante el aprendizaje. La observación más repetida: muchos jóvenes se sacan el carnet sin haber mirado nunca la carretera desde el asiento del copiloto, entretenidos con el teléfono mientras sus padres conducían. Al llegar la primera situación imprevista, no hay reflejos ni criterio.
El relato del miedo: de la anécdota al patrón
El testimonio de Paula describe un mecanismo reconocible.
«Iba detrás de un autobús y lo quería adelantar, pero de pronto venía un coche y, entonces, en vez de frenar, que es lo lógico, aceleré». No pasó nada, pero le temblaba todo el cuerpo. La respuesta fisiológica —presión en el pecho, sensación de ansiedad— es la que convierte un susto puntual en evitación permanente.
La evitación tiene consecuencias medibles. Quien no conduce depende de otros para desplazarse, pierde autonomía y refuerza el miedo cada día que pasa sin exponerse. Paula lo verbaliza sin rodeos: no quería ser
un lastre, quería aportar coche en los viajes y dejar de ser la que siempre recibe el favor.
El último escalón es conducir sola. Ni siquiera haber superado el miedo con acompañante garantiza el salto.
La presencia de un referente —el padre, en su caso— funciona como muleta emocional: si algo pasa, él lo controla. Sin esa figura, la autoexigencia se multiplica.
La patologización de la vida cotidiana: ¿ansiedad o nervios?
Una parte del análisis sostiene que el problema no es la conducción, sino el uso del lenguaje. Lo que antes se llamaba
ponerse nervioso ahora se etiqueta como ansiedad, y esa etiqueta tiene consecuencias: convierte una dificultad transitoria en una condición que requiere tratamiento.
La discusión de fondo es seria.
Existe ansiedad clínica, incapacitante, que impide respirar con normalidad. Y existe el nerviosismo lógico de quien hace algo por primera vez. Mezclar ambos fenómenos infla las cifras y, de paso, banaliza a quien realmente sufre un trastorno.
Otra corriente apunta a un cambio estructural: la conducción se ha vuelto menos atractiva. Más radares, más tráfico, más restricciones, aparcamiento imposible en las ciudades y una oferta de ocio que no exige salir de casa. El coche ya no es el símbolo de libertad que fue para generaciones anteriores.
El contexto que agrava el miedo: tráfico, móviles y bicicletas
La percepción de peligro no es infundada.
La carretera concentra hoy más distracciones que nunca: conductores mirando el móvil, ciclistas y patinetes compartiendo calzada, camiones en vías que no están diseñadas para ese volumen. El respeto al volante, argumentan algunos, se ha diluido.
La propia DGT aparece en la conversación como factor de estrés añadido. Los radares y la presión sancionadora generan una tensión que no tiene que ver con la seguridad vial, sino con el bolsillo. Conducir con miedo a la multa no mejora la pericia.
El resultado es una paradoja:
los jóvenes conducen menos, se sienten menos capaces y evitan más situaciones. Menos exposición significa menos experiencia. Menos experiencia significa más miedo. El círculo se cierra solo.
¿Se puede revertir? La psicología especializada funciona —Paula es la prueba—, pero exige tiempo, dinero y reconocer que el problema existe. Mientras tanto, la pregunta sigue sin respuesta: ¿estamos ante una generación más frágil o ante un entorno que ha vuelto la conducción objetivamente más hostil?