En 2011 sobraban 3,5 millones de pisos; en 2026 falta vivienda
En 2011, según coinciden varios participantes, había millones de viviendas vacías que nadie quería comprar y en barrios de Valencia un
alquiler se cerraba por unos 350 euros. En 2026 no hay
stock, apenas se levanta obra nueva y el propietario que saca un piso lo manda a temporada o a turista. La indignación se parece mucho. El mercado es el contrario. Quien compró barato en pleno crash sospecha que la
locura colectiva actual es otra ventana de oportunidad: cuando todos venden, alguien compra.
Qué diferencia hay entre la crisis de 2011 y la de 2026
Entonces el diagnóstico era de sobreoferta:
millones de pisos vacíos —3,5 millones según la cifra que se maneja en el hilo—, bancos hasta las cejas de
ladrillo embargado y promociones paradas. Con ese stock, alquilar en barrios como Benicalap o Camins (Valencia) costaba
350 euros, y en Torrent, Paterna o Xirivella, según el relato de un forero, se vendían pisos procedentes de Bankia y SAREB por 42.000 euros. La obra nueva de la periferia, sin compradores, se quedaba en 90.000-120.000 euros.
Hoy el signo es el inverso. No hay vivienda libre, no se construye barato y el que tiene un piso prefiere el alquiler corto. El resultado, sostienen, es que
un sueldo de 1.300 euros no cubre un alquiler de 1.100 en Madrid o Barcelona. La protesta de Sol de este año tiene, según se comenta en el hilo, menos músculo que el 15M y hay una razón material que se apunta: en 2011 el país estaba parado, sin empleo; ahora quien acampa tiene trabajo y aun así no puede pagarse un techo.
¿Por qué los grandes tenedores están vendiendo sus pisos?
Se apunta a una mezcla de hiperregulación del alquiler, inseguridad ante impagos y expectativa de giro político. En ese marco, un participante describe operaciones de grandes carteras
por debajo del precio de mercado en el área metropolitana de Barcelona. La hipótesis que se maneja es que se fuerza al pequeño propietario —el que tiene uno o dos pisos— a soltar lastre para que el precio baje y, después, entren los que tienen caja y aguantan un litigio.
Quien lo cuenta añade que la obra nueva que se abre en las ciudades habla otro idioma: promociones de más de 50 viviendas, todas para alquiler, con garaje, piscina y gimnasio, ninguna a la venta. Es el mismo producto, pero en manos de quien puede esperar dos años.
El norte se está convirtiendo en el nuevo Mediterráneo
El calor creciente del Mediterráneo, con sequías e incendios que encarecen los seguros, desplaza la demanda hacia la cornisa cantábrica, según se plantea en el debate. En Cantabria solo se construye ya en zonas turísticas de costa, señalan, como Suances o Comillas, y en la cornisa se añade Llanes. El guion se repite, dicen: primero veraneantes con dinero, luego inversores extranjeros, después precios de ciudad internacional y vecinos trabajando de camareros. Nadie levanta el bloque de 60.000 euros que se hacía en el extrarradio de Torrelavega en los noventa.
A eso se suma un dato que descoloca y que circula sin fuente en el debate:
el 70% de los pisos en alquiler pertenecería a propietarios mayores de 65 años. Hay quien añade, sin cifras que lo respalden, que una proporción parecida de lo que se vende lo compran también mayores de 65. El comprador corriente queda fuera de los dos mercados a la vez.
Qué peso tiene la presión demográfica en el precio del alquiler
Una parte del debate atribuye el tirón de la demanda a la llegada de población migrante,
cifrada por un participante en cinco millones de personas en cuatro años y sin datos que lo respalden, que necesita techo como cualquier residente. Otras lecturas ponen el foco en un segmento distinto: la segunda residencia y la vivienda de lujo para compradores extranjeros, que no compiten por la vivienda de alquiler corriente. Los dos factores empujan el precio hacia arriba. Ninguno explica por sí solo por qué hay ciudades donde el alquiler se ha comido el salario.
También aparece una apuesta regulatoria: quien espera un giro de políticas mira a las
fincas rústicas como el próximo terreno barato. Es una intuición, no un cálculo.
Si la jugada consiste en que los propietarios suelten lastre y el precio caiga, la pregunta sigue abierta: cuando eso pase, ¿comprará el que hoy no puede pagar un alquiler o el fondo que lleva dos años esperando con la caja llena?