La cuenta de Substack atribuida a Hersh nació una hora antes del artículo
Una cuenta de Substack abierta con el nombre de un premio Pulitzer apareció en la red una hora antes de publicar la acusación más grave lanzada contra Washington en lo que va de guerra. El texto, firmado por Seymour Hersh y titulado «How America Took Out The Nord Stream Pipeline», sostiene que buzos de la Armada estadounidense colocaron explosivos en los gasoductos Nord Stream con apoyo de especialistas noruegos. La autoría de esa cuenta no está verificada. Y ahí empieza todo.
Qué sostiene el reportaje y con qué lo respalda
El relato describe una operación con grupos, personas y fechas: un equipo de buzos de élite, un emisor sonoro y una baliza para borrar el rastro, y un avión noruego que suelta el iniciador al mar. El procedimiento de detonación —mediante una señal acústica, no con un temporizador convencional— es el pasaje que más circula entre quienes defienden la veracidad del texto, porque no es de dominio público. Hersh confirmó a Sputnik el contenido de la información que se le atribuye.
Lo que no hay es documentación. La fuente que habría filtrado la operación no se identifica en ningún momento y ninguna institución ha certificado los detalles. Quienes sostienen que el texto está fabricado se agarran precisamente a eso: un relato minucioso sin un solo papel.
La cuenta que apareció una hora antes
El detalle que alimenta la sospecha es logístico. La cuenta de Substack se creó
una hora antes de que viera la luz el artículo, no hay verificación de que pertenezca al periodista y los primeros en difundirlo fueron terceros. Minutos después de la publicación, Matt Taibbi lo compartió en Twitter y a partir de ahí el texto se volvió viral.
Taibbi —que empezó su carrera como periodista en la Unión Soviética en los años 90 y que ha sido señalado por amplificar desinformación de origen ruso— arrastra un patrón de titulares sospechosamente familiar: «How America Got It So Wrong» (noviembre de 2016) y «How America Made Trump Unstoppable» (marzo de 2016). El de Nord Stream sigue la misma fórmula. Para una parte del análisis eso no es casualidad: es
la firma de un estilo, no la de un Pulitzer.
¿A quién beneficiaba la voladura? El argumento que no cierra
La pregunta del beneficiario se ha convertido en el campo de batalla. Si Rusia perdió con el sabotaje su principal herramienta de presión sobre Alemania —el gas—, el ataque no le convenía. Ese razonamiento, repetido hasta el cansancio, tiene su réplica: en el hilo se sostiene que Moscú llevaba meses jugando con la espita y amenazando con cortar el suministro para condicionar la política europea.
La cronología aporta munición a los dos lados. El 22 de febrero de 2022, Dmitri Medvédev celebraba con retintín la paralización de la certificación del Nord Stream 2 y auguraba a los europeos un gas a
2.000 euros por 1.000 metros cúbicos. Un año después, sus predicciones para 2023 —petróleo a 150 dólares, gas a 5.000, regreso del Reino Unido a la UE, colapso europeo y un supuesto Cuarto Reich— envejecieron regular.
El Pulitzer contra la ausencia de pruebas
Aquí se rompe el consenso. Un premio Pulitzer no es cualquier cosa, y el currículum de Hersh incluye la denuncia de las torturas a prisioneros iraquíes durante la invasión de Irak, unas acusaciones que en su día se atacaron y que después se confirmaron. Quienes defienden el texto recuerdan que entonces también lo atacaron y que el tiempo le dio la razón. Añaden que autopublicarse es una forma de esquivar vetos editoriales,
no una señal de fraude.
Enfrente, el argumento es más prosaico: una historia extraordinaria exige pruebas extraordinarias, y aquí no hay ni un documento, ni una fuente identificable, ni una confirmación independiente. Solo un relato bien construido y una cuenta recién creada.
El altavoz televisivo y la sospecha de manual
El reportaje ha llegado a programas de divulgación y a espacios de noche, donde se ha presentado como la prueba definitiva de la autoría estadounidense. Que un texto sin verificar circule con ese marchamo incomoda incluso a quien no comulga con la versión oficial. Porque el problema no es dudar de Washington —para eso sobran motivos—, sino sustituir una duda legítima por una certeza prestada, barnizada además de
disidencia valiente.
El eco exterior y la afasia que no fue tal
El portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Wang Wenbin, denunció que los medios occidentales habían caído en una «afasia colectiva» tras la difusión del reportaje. La tesis no se sostiene: el texto ha tenido difusión en cadenas estadounidenses, en programas de televisión españoles y en medios de primera línea. Que un gobierno use un reportaje sin verificar como arma diplomática dice bastante de la pieza, pero nada de su veracidad.
Con estos mimbres, el asunto sigue donde empezó: una acusación grave, un autor con credenciales serias y un rastro documental inexistente. ¿Alguien espera que la próxima filtración llegue con acta notarial?