El gasoducto que Biden juró cerrar amaneció roto en el Báltico
¿Fue Estados Unidos? El 7 de febrero, Joe Biden prometió que si Rusia invadía Ucrania «ya no habrá Nord Stream 2, le pondremos fin». El periodista insistió: ¿cómo, si el proyecto está bajo control alemán? «Le prometo que podremos hacerlo», zanjó. Meses después, el centro sísmico sueco registró potentes explosiones submarinas en la zona de las fugas de gas. Ese mismo día se inauguraba el Baltic Pipe, que llevará
10.000 millones de metros cúbicos de gas noruego a Polonia cada año. La coincidencia es de las que no se olvidan. Demostrar el sabotaje es otra cosa.
Qué dicen las instituciones y qué no dicen del origen de las fugas
La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, describió los escapes como
«acciones deliberadas» y descartó el accidente. Es lo más cerca que se ha llegado de una atribución oficial. Ninguna cancillería ha señalado a un Estado concreto; desde Bruselas se anunció una investigación y se guardó silencio sobre el rastro. Ese vacío institucional hace más trabajo que cualquier informe: hay quien lo lee al revés y sostiene que, si las pruebas apuntaran a Moscú, el señalamiento habría sido inmediato y a toda página.
En el mismo tramo de días, Rusia cerraba la anexión de una parte del territorio ucraniano y varios países votaban en foros internacionales. El contexto no ayuda a la serenidad del análisis, y conviene recordarlo antes de dar por hecho cualquier autoría.
Qué hace falta para romper un tubo de 220 bares
Los números del Nord Stream son de ingeniería pesada. Dos ramales paralelos de
1.224 kilómetros cada uno, 1.220 milímetros de diámetro, 220 bares de presión y capacidad para 27.500 millones de metros cúbicos anuales. La pared es acero de 4,1 centímetros, revestida con otros 6 a 11 centímetros de hormigón armado con acero. Cada sección pesa 11 toneladas; con el hormigón aplicado,
24 o 25. No es un juguete para un aficionado con escafandra.
A partir de ahí arranca una discusión técnica que ha ocupado buena parte del intercambio: si un gasoducto que no transporta gas sigue necesitando presión interna. La respuesta que se maneja es que sí, que mantiene una carga de gas de mantenimiento para no ceder ante la presión exterior y para no dañar juntas y soldaduras. Con ese dato sobre la mesa, un cálculo que circula por el intercambio resulta desconcertante: a 100 metros de profundidad la presión del agua ronda los 10 bares, casi lo que aguanta la rueda de una bicicleta. Algo más que agua hizo el resto.
BALTOPS 22, drones submarinos y la isla de Bornholm
El dato que más peso tiene en la sospecha no es una declaración, es un ejercicio. En junio, la OTAN celebró su maniobra anual BALTOPS en el mar Báltico, centrada de forma significativa en el uso de
vehículos submarinos no tripulados de la Armada estadounidense para limpieza de minas. Se desarrolló junto a la isla danesa de Bornholm, la misma zona donde aparecieron las fugas. La proximidad geográfica entre un entrenamiento con drones submarinos y una rotura en el fondo marino es, como mínimo, un dato que pediría explicación.
Alrededor de ese eje circulan las hipótesis que se han ido sumando: submarinos no tripulados, helicópteros de guerra antisubmarina, buzos, y hasta una aeronave con 50 kilos de explosivo repartidos en cuatro cargas. Todo eso son conjeturas sin prueba publicada, y así conviene tratarlas.
Quién gana con el gasoducto roto
El argumento de fondo es el viejo qui prodest. Quien apunta a Washington subraya tres cosas: que fue el único que anunció el final del proyecto antes de que ocurriera, que la alternativa noruega entró en servicio el mismo día, y que sin los tubos rusos
desaparece cualquier tentación europea de hacer las paces y volver al gas barato. Europa queda atada al proveedor que le venda el reemplazo.
Los contraargumentos no son flojos. Estados Unidos tiene bases en Alemania y comparte alianza con los países afectados: un sabotaje de esa escala, si se destapa, le costaría caro. Rusia apenas tenía ya nada que perder en el mercado europeo y llevaba meses recortando entregas por su cuenta; para cortar el grifo le bastaba con cerrar la válvula. Y hay un detalle contractual que descoloca: Berlín está obligada a seguir pagando a Moscú hasta 2030 aunque no llegue ni un metro cúbico. Es una razón rara para volar el propio activo.
A eso se añade el mapa. El Báltico es la zona más vigilada del planeta por la OTAN, mientras que la base principal de submarinos rusa está en el Ártico, en el mar de Barents. Destruir la propia baza negociadora en aguas ajenas y saturadas de sensores no parece el movimiento de quien quiere conservar esa baza.
Polonia estrena gas noruego mientras Alemania se queda sin el ruso
El Baltic Pipe, inaugurado por el presidente polaco y los primeros ministros de Polonia y Dinamarca, moverá 10.000 millones de metros cúbicos anuales. Es una cifra respetable y a la vez
menos de la mitad de lo que movían los dos ramales del Nord Stream. El encaje de esas dos capacidades en la misma semana y en el mismo mar es lo que ha convertido una avería en un asunto geopolítico.
Sobre las consecuencias hay división. Una parte del análisis sostiene que los daños se concentran en tramos concretos y que la reparación es viable; otra asegura que el Nord Stream 1 puede quedar inutilizado para siempre. Lo que nadie discute es el calendario: en pleno invierno no habrá tiempo material para reabrir nada, y Alemania afrontará la estación con el gas que le venda otro.
El tubo llevaba gas de mantenimiento, la presión se fue en horas y las explicaciones siguen sin llegar. Alguien sabrá este invierno, al mirar la factura, si el sabotaje le salió a cuenta.