La cena ya no se cocina en casa: se pide a domicilio
Un miércoles cualquiera. Ni víspera de festivo ni puente. Y sin embargo, el reparto de comida a domicilio en moto se ha convertido, según la queja de un participante en un foro, en el paisaje sonoro del mediodía y de la noche en cualquier barrio español. La escena la describe ese forero desde su balcón: un goteo constante de repartidores con mochila térmica, ruido de motores y bolsas de comida que llegan a portales donde nadie ha encendido un fuego. La pregunta que lanza —¿es que las mujeres ya no hacen la cena?— es la punta de un iceberg mucho más grande:
qué se come, quién lo cocina y cuánto cuesta que ya no se cocine.
Lo primero que conviene desmontar es la premisa. La cena casera no ha desaparecido por culpa de un género: según varios mensajes del hilo, ha desaparecido por una combinación de jornadas laborales que se estiran hasta las 21:00, pisos compartidos donde la cocina es territorio hostil y una oferta de reparto que ha convertido el acto de comer en un clic.
El reparto no compite con la cocina de la abuela: compite con el sofá.¿Quién cocina hoy en España?
La respuesta corta: cada vez menos gente, y no por falta de ganas. En el intercambio de mensajes aparecen dos perfiles claros. Por un lado, quien cocina a diario y lo cuenta como una rareza: un participante relata que sorprende a su pareja preparando
cenas variadas en quince minutos, y lo describe casi como un acto de magia. Por otro, quien directamente ha delegado: hay quien afirma que la gente no hace de cenar desde hace más de cuarenta años, salvo que se considere cena un sándwich o una pizza congelada.
Entre esos dos extremos, un dato que rompe el relato de la dejadez generacional: varios mensajes señalan que el problema no es que las mujeres no cocinen, sino que
nadie cocina. Quien vive solo o comparte piso tiene exactamente las mismas manos y la misma nevera. Y sin embargo, el gasto en reparto sigue subiendo. La conclusión que se repite es incómoda: cocinar en casa sale más barato y mejor, pero exige algo que escasea más que el dinero, que es tiempo y ganas al final del día.
El coste real de no encender el fuego
Aquí es donde el asunto deja de ser una discusión de costumbres y se convierte en economía doméstica. Un participante lanza una cifra que resume el problema: hay quien se gasta
300 euros al mes en pedir comida a domicilio y luego se queja de que no le llega para el alquiler. El cálculo completo, desglosado partida a partida entre lo que cuesta un menú de reparto y lo que cuesta el mismo plato hecho en casa, da una diferencia que sorprende incluso a quien ya lo sospechaba.
No es solo el precio. Varios mensajes apuntan a la calidad: la mayoría de los productos del reparto son congelados recalentados, y el pollo o el cerdo fresco aguantan perfectamente varios días en la nevera si se cocinan de antemano. La pasta y el arroz, bien conservados en frío, duran una semana sin problemas. Es decir, la barrera no es técnica. Es de organización.
El reparto como síntoma, no como causa
La evolución del intercambio es reveladora. Lo que empieza como una queja sobre las motos y la comida basura deriva rápidamente hacia un asunto más incómodo: la reorganización del trabajo doméstico. Hay quien sostiene que el modelo clásico —él trabaja fuera, ella cocina— se sostenía sobre un salario único que ya no existe. Con dos sueldos necesarios para pagar la hipoteca,
ninguno de los dos llega a la cocina con energía.
La contraposición es directa. Frente a quienes ven en el reparto una rendición, otros responden con la evidencia de que las mujeres llegan a casa reventadas, algunas a las 21:00, y que culparlas de no cocinar es confundir el síntoma con la enfermedad. La discusión se cierra, en la mayoría de los mensajes, con una constatación poco épica: quien tiene pareja y se organiza, cocina; quien vive solo y no se organiza, pide. El género explica menos que la logística.
¿Por qué ha crecido tanto el reparto de comida a domicilio?
Porque ha resuelto un problema que antes no existía como tal: la cena de última hora en una casa donde nadie ha tenido tiempo de comprar. El reparto no ha creado la pereza; ha monetizado la falta de tiempo. Y lo ha hecho con una infraestructura —motos, mochilas térmicas, plataformas— que se ha vuelto tan visible que ya forma parte del paisaje urbano.
Lo que queda por ver es la factura sanitaria. Varios mensajes advierten de que
estas alimentaciones de mierda traerán consecuencias en unos años en forma de enfermedades. Es una predicción, no un dato, pero apunta a un coste que no aparece en la cuenta mensual y que probablemente sea el más caro de todos.
¿Y si el problema no fuera quién cocina, sino que hemos organizado la vida de forma que cocinar sea casi imposible?