Abascal, en TVE: «Al PSOE le dan el 50% del tiempo y a VOX, el 1%»
Santiago Abascal llevó a la televisión pública un cálculo incómodo. Según sostuvo en antena,
al PSOE se le dedica el 50% del tiempo, al PP el 30% y a VOX apenas el 1%. Lo dijo a la cara de la presentadora, y el momento —señalado por los partidarios del vídeo a partir del minuto 13— ha partido a la audiencia entre quienes lo leen como una enmienda a la línea editorial de RTVE y quienes lo ven como un teatrillo más del líder de VOX. La conversación sigue levantando ampollas.
¿Por qué VOX acusa a TVE de manipular contra el partido?
El argumento es simple. La radiotelevisión pública, sostiene su líder, reparte el tiempo de modo que el PSOE acapara el 50%, el PP se queda con el 30% y su formación con el 1%, lo que en la práctica dejaría a la tercera fuerza parlamentaria como convidado de piedra. La conclusión que extrae Abascal es que la cadena no informa: hace campaña. Hay quien añade que las entrevistas llegan con las preguntas preparadas y que el entrevistado recibe las cuestiones por pinganillo con tal retardo que responde a destiempo y parece interrumpir cuando en realidad solo sigue el guion.
Frente a esa lectura, otra parte sostiene que el problema no es la línea editorial sino el orador. Que mansea en tablas, que no desarrolla los temas con la contundencia del mitin y que se le nota más cómodo en la queja que en la propuesta. El reproche se repite: se le prepara el terreno y no lo aprovecha.
El caso de la presidenta madrileña circula como precedente. Durante años, se argumenta, los grandes medios intentaron desgastarla sin mover un solo voto. Si eso vale para un dirigente del PP, razonan, debería valer también para el líder de VOX.
El Convenio de Estambul y el pulso por la violencia de género
En el intercambio, Abascal rechazó de plano que se vincule a su partido con la violencia contra las mujeres. No va a permitir que se diga tal cosa, vino a responder cuando la presentadora puso el asunto sobre la mesa. El eje de la discusión fue el
Convenio de Estambul, el tratado internacional sobre violencia de género mencionado en el debate.
Los críticos con el resultado son duros. Sostienen que se quedó en la superficie, que se limitó a repetir que su partido también protege a las mujeres y que no desmontó lo que ellos llaman el feminismo institucional. La respuesta, dicen, fue
blanda y pepera: más de dirigente que busca hacerse perdonar que de quien aspira a ganar la batalla cultural.
Quienes lo defienden lo ven al revés. Subrayan que la presentadora no le dejó encadenar dos frases seguidas, que le interrumpió sistemáticamente y que resultaba materialmente imposible desplegar un discurso largo. La comparación es inevitable: otros líderes políticos comparecen en platós privados donde el presentador asiente y el invitado suelta su mitin sin que nadie le tosa.
Las subvenciones: el dato que incomoda a todos
En mitad del rifirrafe salió un tema que suele quedarse fuera de cámara: la financiación de los partidos. Abascal reconoció que su formación recibe subvenciones, como todas. Y ahí se abre una grieta incómoda, porque el reproche de doble moral funciona en las dos direcciones: si todos dependen del dinero público, ¿qué autoridad tiene nadie para dar lecciones?
La defensa del sistema es conocida. Ningún partido funciona sin ese dinero, se argumenta; el reparto va por votos, diputados y senadores, con un
umbral del 3% para entrar en el reparto, según un participante en el hilo. La financiación exclusivamente privada apenas tiene partidarios en la práctica. Pero el mismo argumento se vuelve contra la clase política: el dinero institucional, y sobre todo la publicidad de las administraciones, también alimenta a los medios que después reparten el tiempo en pantalla.
¿Es VOX oposición real o disidencia controlada?
Aquí el asunto se parte en dos. Una corriente sostiene que VOX arrastra los mismos vicios que el resto: un casting de profesionales de la política que ocupa el espacio del descontento, cobra su sueldo, necesita las subvenciones y las horas de televisión, y nunca se enfrenta de verdad al sistema. Grita lo justo para seguir en el cartel.
La otra corriente responde con otro razonamiento. Da igual si el partido es o no oposición útil: lo relevante es que sus ideas son demonizadas por el mismo sistema que encumbró a otras formaciones, y esa demonización es la prueba de que algo molesta. En esta lectura, la crítica de los medios no debilita al partido: lo legitima.
Ese es el punto exacto donde el análisis se atasca. Con el 50, el 30 y el 1 sobre la mesa, la pregunta de fondo no es cuánto tiempo concede la televisión pública a cada sigla, sino si ese reparto mueve un solo voto. Los defensores del partido dan por hecho el efecto boomerang de la censura; los críticos, el desgaste de la sobreexposición. Nadie tiene la cifra que zanje la discusión.