Negarse a vacunar a los hijos: lo que el relato no cuenta
Rechazar todas las vacunas no es una opinión: es una decisión que se toma en nombre de un menor que no firma nada. La lógica que la sostiene es simple —si una vacuna concreta generó sospechas, ninguna merece confianza— y en ese movimiento entran en el mismo saco la polio, el tétanos y la varicela. El problema es que el saco no aguanta el peso de las fechas.
La cosa no es nueva. Hay quien presume de haber pasado sarampión, paperas y varicela sin vacunarse, y hay quien cuenta que se atravesó el pie con un clavo oxidado y no contrajo el tétanos. Testimonios. No estadísticas. Con los números delante, la conversación se muda de sitio: de la anécdota al riesgo colectivo.
El tétanos, la polio y la varicela: qué se juega quien no se vacuna
Con el tétanos el planteamiento es tajante: la infección afecta a quien no está vacunado y
uno de cada cuatro afectados muere entre dolores descritos como inhumanos. No se contagia de persona a persona, se contrae por una herida, y la vacuna del tétanos es la única barrera previa que existe.
La polio funciona de otra manera y a más largo plazo: puede afectar la espina dorsal y dejar al niño con secuelas permanentes. Quienes la pasaron en los años cincuenta describen una vida condicionada por la limitación física, el dolor crónico y la medicación diaria. Con la varicela el dramatismo baja —en niños sanos rara vez es grave—, aunque pasarla de adulto es otra película.
¿Por qué los casos de polio se desplomaron antes de prohibirse el DDT?
Porque la vacunación sistemática arrancó en España en
mayo de 1963 y los casos pasaron de cifras relevantes a casi cero en el bienio 1963-1964. Ese es el dato que se lanza contra quienes atribuyen la llamada parálisis infantil a los pesticidas con arseniato de plomo y al DDT.
La tesis tóxica tiene su recorrido: sostiene que bajo la etiqueta de poliomielitis se metieron parálisis de causas muy diversas y que la enfermedad se desplomó al retirarse los pesticidas. El desajuste de calendario es el argumento en contra:
el DDT no se restringió en España hasta 1974, once años después de la caída. La réplica es que la polio se presenta en brotes y que en Italia ya hubo periodos casi sin casos en 1925, sin vacuna alguna. A la fecha de este intercambio, nadie ha cerrado el asunto.
¿Sirven de algo las vacunas? El pulso sobre la mortalidad
Sobre la mesa hay dos lecturas del mismo siglo. Una sostiene que las vacunas son, como mucho,
la guinda del pastel, y que se ha llegado a afirmar sin matices que nunca sirvieron para nada. Otra sitúa la vacunación como el factor que convirtió enfermedades mortales en molestias pasajeras.
El choque se libra en las series de mortalidad, y ahí cada bando lee lo que quiere. Los críticos recuerdan que la mortalidad ya descendía antes de las campañas sistemáticas, empujada por la higiene, la alimentación y la llegada de sanitarios y refrigeración. Los defensores replican que la caída de la incidencia, no solo de la mortalidad, coincide con la vacunación. Nadie discute las gráficas. Se discute qué las explica.
«No son vacunas»: el rechazo antivacunas se apoya en el ARN mensajero
Aquí está la bisagra. Buena parte del argumento no niega el pasado —admite que las vacunas clásicas evitaron secuelas graves— y concentra el recelo en las nuevas. La frase que resume esa postura es que no se puede llamar vacuna a algo que pasó de estar en el laboratorio a inyectarse en humanos en dos semanas; enfrente, la respuesta remite a las fases de ensayo y a la literatura de las propias clínicas.
El matiz que importa:
tradicional y
experimental han dejado de ser categorías técnicas para convertirse en etiquetas de trinchera. Hay quien sostiene que vacunas antes clásicas se han vuelto experimentales al incorporar ARN mensajero, con lo que ya no distingue unas de otras. La consecuencia práctica es la de siempre: el niño no recibe ninguna.
La objeción de la ventana inmunitaria
El argumento menos discutido y más incómodo es el del calendario biológico. Se plantea que vacunar a un lactante es intervenir sobre un sistema inmunitario que depende de la lactancia materna para terminar de desarrollarse, un proceso que no concluye hasta
los seis años, y se añade que para entonces el menor acumula veinte dosis o más.
Enfrente está el calendario vacunal oficial: arranca con la polio en mayo del 63, suma la varicela en 2007 y se apoya en las series de cobertura y de mortalidad. La crítica de fondo no es de dosis, sino de transparencia: se pide saber marcas, efectos y tipo de vacuna —ARN, virus desactivado— y se denuncia que esa información no llega desglosada al ciudadano.
Con este nivel de desacuerdo, lo previsible es que el rechazo total siga ganando terreno entre quienes desconfían de todo lo que se aprueba por decreto. Y también que la factura la paguen los que no votan. La reserva: si aparece un brote con casos graves encadenados, ese rechazo se replegará a la casilla de
solo la covid, que es donde empezó.