El glande humano y la tesis del desplazamiento de semen
Ningún primate tiene un pene como el nuestro. El glande, esa corona que separa el cuerpo del prepucio, es una rareza anatómica que los chimpancés no comparten. De ahí a sostener que su función es extraer el semen de un rival anterior hay un trecho: exactamente el que separa una hipótesis discutida de una certeza de sobremesa. La tesis circula desde hace años y vuelve cada cierto tiempo con la misma mezcla de datos reales, analogías de fontanería y conclusiones que la evidencia no sostiene.
Qué sostiene la tesis del desplazamiento de semen
El planteamiento es sencillo de enunciar. Según esta corriente, el coito humano haría vacío en el útero para arrastrar el semen depositado por un macho previo, y el pene funcionaría como una bomba de succión y una manguera a la vez. La primera eyaculación saldría disparada para llegar lo más lejos posible; el resto serviría para atascar y dificultar la extracción al siguiente competidor. En esa lectura, el orgasmo femenino convulsionaría el útero y dilataría la abertura en una unión instintiva con el glande.
La formulación es sugerente y tiene algo de mecánica doméstica —quien la defiende asegura haberla deducido mientras desatascaba un fregadero—, pero se apoya en una inferencia: si el glande es exclusivo de nuestra especie, debe de servir para algo que solo nuestra especie necesita. La competencia espermática entre machos es un fenómeno documentado en biología; convertirla en la explicación única del coito humano ya es otra cosa.
El glande y la comparación de tamaños entre primates
Los números que acompañan al argumento mezclan magnitudes reales y lecturas forzadas.
El pene humano ronda los 18 centímetros y el del gorila los tres, y los testículos de un varón de 70 kilos pesan unos
50 gramos cada uno, frente a los 30 gramos del gorila espalda plateada de 180 kilos. De ahí se deduce, en la versión que circula, que unas especies compiten luchando y otras dentro del cuerpo de la hembra. La correlación entre tamaño testicular y frecuencia de cópula tiene cierto recorrido en primatología. La conclusión de que el glande es una herramienta de extracción, no.
Hay incluso una teoría alternativa que se lanza en el mismo paquete: que las distintas especies de humanos se extinguieron
porque los machos se mataron entre sí por las hembras, mientras los grandes simios sobrevivieron por no saber fabricar armas. Es una hipótesis sin verificación posible —las causas de una extinción son siempre múltiples— pero funciona bien como cierre de conversación.
Cuándo la anatomía deriva en determinismo biológico
Aquí es donde el asunto se tuerce. La conversación salta del prepucio a afirmaciones sobre el papel de la mujer, el instinto maternal o la orientación sexual que no cuentan con ningún respaldo y que fueron contestadas dentro del propio intercambio. Se sostiene que la lactancia actúa como anticonceptivo natural, que el ciclo reproductivo dura unos tres años o que el embarazo debería prolongarse
18 meses para que la cría caminara a los pocos días de nacer. Son hipótesis que se lanzan como hechos y que la evidencia disponible no acompaña.
Conviene separar el grano de la paja. Que la biología condiciona el comportamiento es una obviedad que nadie discute. Que de ahí se deduzca un destino fijo para cada sexo es un salto que la propia discusión se encarga de desmontar. La parte más agresiva de esos razonamientos, dirigida contra colectivos concretos, se quedó sin respuesta técnica y con réplica inmediata por parte de otros intervinientes.
Las preguntas incómodas llegaron desde dentro
No hizo falta salir de la conversación para encontrar los puntos flacos. Varios intervinientes preguntaron lo evidente: si la hembra cambia de vínculo cada ciclo reproductivo, dónde queda la paz que la tesis atribuye a la promiscuidad; o por qué el tamaño del pene debería explicarlo todo si las disputas por pareja nunca desaparecieron. Otros recordaron que el embarazo durante la lactancia es infrecuente, pero no imposible, lo que rompe la supuesta función anticonceptiva perfecta.
La respuesta habitual fue replegarse en el argumento de autoridad:
la ciencia occidental está deformada por prejuicios. Es un comodín que sirve para todo y que no se puede rebatir, porque cualquier contraejemplo se convierte en prueba de la conspiración.
Qué queda de todo esto
Un puñado de datos ciertos sobre anatomía comparada, un puñado de analogías mecánicas y una conclusión que nadie ha medido. La tesis es atractiva porque ordena el desorden con una sola pieza: el glande como herramienta. La biología real rara vez concede explicaciones únicas, y menos sobre un comportamiento que mezcla fisiología, cultura y azar en proporciones que aún no sabemos pesar.
Si bastara con mirar un fregadero atascado, la etología humana llevaría décadas resuelta. Sigue sin estarlo.