Corea del Sur se apaga: 68 nietos y 8 bisnietos por cada 200 adultos
El colapso demográfico ha dejado de ser una hipótesis para convertirse en una cuenta que se puede hacer con una calculadora de móvil. Según un cálculo que circula en un debate de foro, con una tasa de fertilidad total de 0,68 —la más baja del mundo—, cada 200 adultos en edad fértil en Corea del Sur darían vida a 68 niños, esos 68 producirían 23 nietos y los 23 se quedarían en ocho bisnietos. Un desplome del 96% de la población en tres generaciones, y eso en el escenario benévolo en el que la fertilidad deje de caer y se estabilice.
La cifra coreana sirve de espejo para el resto. Aplicando el mismo ejercicio a España, con una tasa de 1,19, los 200 adultos fértiles se convierten en 119 hijos, luego en 70,8 nietos y finalmente en 42,1 bisnietos. Traducido: una pérdida del 78,94% de la población en tres generaciones, o lo que es lo mismo, entre 75 y 90 años si se acepta que cada generación equivale a 25 o 30 años.
El cálculo no es una predicción, es una inercia. Nadie está diciendo que España vaya a quedarse con diez millones de habitantes en 2100 por arte de magia, sino que la estructura de edades ya está montada para que eso ocurra si nada lo remedia. Y lo que puede remediarlo —la inmigración— tiene fecha de caducidad: los países emisores siguen el mismo camino. Nigeria y pocos más mantienen el ritmo. El resto, incluida España, converge hacia el mismo agujero.
Qué dicen los datos sobre España en 2075
Las proyecciones que manejan los medios apuntan a que España ganará seis millones de habitantes en los próximos 50 años. La letra pequeña es la que importa: se sumarán 17 millones de residentes de origen extranjero y se perderán 11 millones de nacidos en España por envejecimiento y caída de la natalidad. El saldo neto es positivo, sí, pero la composición cambia por completo: la población nacida en España pasará del 82% al 61% y uno de cada tres habitantes superará los 65 años.
Hay quien lee esa fotografía y concluye que el país se vacía por dentro aunque las cifras totales aguanten. La discusión no es tanto cuántos somos como quiénes somos y quién paga las pensiones de los que quedan.
El reemplazo demográfico deja de ser un eslogan y se convierte en una hoja de cálculo.
¿Es realmente una catástrofe que baje la población?
No necesariamente, y aquí el consenso se rompe. Una parte del análisis sostiene que el pánico demográfico es un artefacto ideológico: Corea del Sur tiene la misma población que España en una quinta parte del territorio, y Japón tiene menos superficie y el doble de habitantes. Aunque su población se redujera a la mitad, seguirían siendo países más densamente poblados que España. La obsesión por crecer sin fin no tiene base económica ni ecológica.
El argumento contrario no es que sobren o falten personas, sino la velocidad del cambio. Una pirámide que se invierte en 70 años desmonta el sistema de pensiones, la sanidad y el mercado laboral antes de que dé tiempo a adaptar nada.
El problema no es el tamaño, es la pendiente.El ajuste que nadie quiere discutir
Si la población cae, la teoría dice que las viviendas deberían abaratarse, los salarios de los empleos poco cualificados subir y la presión sobre los servicios públicos bajar. Es el mecanismo clásico de la oferta y la demanda. En la práctica, el ajuste no llega por esa vía: llega por la vía del empobrecimiento, la precariedad y la competencia por unos recursos que no se reparten, se concentran.
La alternativa que algunos ponen sobre la mesa es la automatización. Robots que cubran los puestos que nadie quiere cubrir, IA que sostenga la productividad de una población menguante. La tecnología ya demuestra que puede generalizar tareas fuera de su entrenamiento. Lo que no está claro es si llegará a tiempo ni quién pagará la transición.
La predicción más honesta es también la más incómoda: si la fertilidad española no repunta y la inmigración se agota en dos o tres décadas, el país que conocemos tendrá otra cara a finales de siglo. Nadie sabe si esa cara será mejor o peor. Solo que será distinta, y que la decisión de mirar hacia otro lado ya la hemos tomado.