El cubito de caldo que parió una fortuna en plena guerra civil
Corría 1937 en Barcelona. La ciudad resistía como podía a la guerra, y en los estantes de las tiendas escaseaba casi todo: carne, carbón, grasas. Un joven licenciado en Derecho que preparaba oposiciones a notario detectó un hueco. No iba a ganar la guerra, pero sí a ganarse la vida. Lluís Carulla empezó a fabricar un concentrado de caldo que imitaba al suizo Maggi, pero adaptado a los ingredientes disponibles en una economía de autarquía. Nacía Gallina Blanca.
La receta del éxito en tiempos de miseria
El cubito de Carulla no era un invento revolucionario -el Maggi llevaba décadas en Europa-, pero sí una adaptación inteligente a las condiciones españolas. Mientras en Gran Bretaña los sucedáneos eran concentrados de hongos como la Marmite, en España el glutamato y la grasa animal permitían dar sabor a un puchero casi vacío. La autarquía, lejos de frenar a Carulla, le ofreció un mercado cautivo: el suyo era uno de los pocos productos que daban algo de sabor a la dieta de posguerra.
De la tienda al imperio
Lo que empezó como una producción casera en una Barcelona sitiada creció hasta convertir a la familia Carulla en uno de los apellidos de la burguesía catalana. La empresa no solo sobrevivió al franquismo, sino que supo moverse en él: patrocinó premios literarios en catalán -el Sant Jordi, desde 1947- sin que el régimen lo prohibiera, y supo estar en el lado correcto de cada transición política. Una lección de capitalismo de la vieja escuela: más que innovar, se trató de leer el momento y adaptarse.
Hoy, Gallina Blanca sigue en los fogones de media España, y su historia es una metáfora de cómo el capitalismo español se construyó con ingredientes de oportunidad, pragmatismo e influencia. El cubito de caldo sigue ahí, dos centímetros de poder.