1969: el año en que se agotó la capacidad de inventar
Hay una fecha que se repite como frontera: la primera comunicación a través de ARPANET, en 1969. A partir de ahí, una tesis que sostiene uno de los participantes en un debate de foro: la humanidad no habría vuelto a parir un invento relevante a la altura de la imprenta, la máquina de vapor o el teléfono. Todo lo posterior —móviles, pantallas táctiles, plataformas digitales— sería un derivado, una mejora incremental de algo que ya existía.
Un sucedáneo, en palabras de quien lanzó el planteamiento.
La afirmación es provocadora y, como toda provocación, tiene una parte de trampa y otra de diagnóstico. Porque el desacuerdo no está en la fecha. Está en qué demonios entendemos por
invento relevante.
De la imprenta al teléfono: la lista que termina en Internet
El arranque del planteamiento es una enumeración que cualquiera reconocería: imprenta, fotografía, cine, máquina de vapor, electricidad, microscopio, plástico, baterías, motor, rayos X, comida enlatada, ascensor, aire acondicionado, submarino, pasteurización, televisión, cohetes, satélites, radar, radio, código de barras, computadoras, ratón, teléfono e Internet. La lista se cierra en 1969 y, a partir de ahí, el vacío. Las empresas, se argumenta, vivirían de las rentas de aquel siglo y medio prodigioso. Nada propio.
Conviene detenerse en el detalle: quien defiende la tesis dice conocerla
de memoria, sin buscarla. Y ese es, precisamente, el criterio que aplica. Un invento relevante es el que transformó la vida material de la gente hasta el punto de que el mundo moderno no se explica sin él. Bajo esa vara, cualquier candidato a invento relevante posterior a 1969 sale malparado.
El ivacaftor y la fibrosis quística: la medicina como contraejemplo
Aquí llega el primer golpe serio a la tesis. Los fármacos
ivacaftor, tezacaftor y elexacaftor consiguen que una proteína defectuosa por una mutación genética recupere parte de su función. Antes de 1968 —y hace apenas una década— eso era ciencia ficción. Hay quien matiza que no curan la enfermedad y que solo compensan parte del defecto en los canales iónicos celulares, lo que convierte el moco de estos pacientes en algo menos espeso. Matiz razonable. Pero el matiz no borra el hecho: existe una patente y existe un mecanismo que hace funcionar una proteína rota.
El problema, en este punto, es de definición otra vez.
Cohetes que aterrizan solos y coches que ya no son de lujo
Otro frente. El automóvil existía antes de 1969, cierto. En 1968 era un artículo de lujo en buena parte del planeta y había más gente moviéndose a tracción animal que en vehículo privado. Lo que vino después —y esto sí transformó sociedades enteras— fue el automóvil de producción masiva, con patentes a mansalva, que convirtió a países enteros en potencias económicas. Decir que el coche es igual que en 1969 es comparar dos objetos que solo comparten el nombre.
Los cohetes van por la misma vía. Ahora vuelven a tierra y aterrizan solos. Hace medio siglo, cada lanzamiento era un proyectil que se tiraba a la basura después de arder. También se añade el terreno de la obra civil: los materiales y el aislamiento de una vivienda no tienen nada que ver con los de una casa levantada en 1962, donde el hormigón seguía soltando humedad durante tres inviernos.
¿Bastan estos casos para tumbar la tesis? Para los defensores del corte de 1969, no: son
mejoras, no inventos nuevos. Y ahí el debate se atasca, porque cada bando usa una definición distinta de la misma palabra.
1989: la caída del muro que apagó la carrera
Una de las explicaciones más repetidas no mira a la técnica, sino a la geopolítica. Todo cambiaría en 1989, con la caída del muro de Berlín. Al ganar el bloque capitalista sin rival que le disputara el pulso, desaparece la razón para correr. La carrera espacial era un subproducto de la competencia entre bloques; sin ella, la inversión se vuelve cortoplacista y exige retorno rápido. De ahí, se sostiene, la sensación de estancamiento.
El argumento tiene su lógica y su punto ciego: nunca hubo tantos científicos, tantos laboratorios y tantos centros de investigación financiados con dinero público. La paradoja es que ese despliegue enorme no se traduce en titulares comparables a los de la era anterior. Al menos, no en titulares que el ciudadano medio reconozca como propios.
La creatividad domesticada y el bienestar que adormece
Hay una corriente que culpa al entorno. La jornada regulada, la educación obligatoria y homogénea, el colchón del Estado del bienestar... todo eso tendería a que las mentes piensen por los mismos caminos. Se argumenta que no se le puede pedir a un investigador que descubra la relatividad especial cumpliendo un horario de oficina y bajo las condiciones que le marquen. La vida fácil, concluyen, destruiría la capacidad de arriesgar.
Frente a eso, otra lectura: el progreso material es un mito y el ser humano sigue siendo el mismo de las cavernas, con las mismas necesidades y los mismos defectos. Lo que llamamos avances serían fuegos artificiales. Y una tercera vía recuerda que las invenciones rara vez son hijas de un genio solitario: la rueda aplicada a una carretilla nació de haber visto antes mover pesos sobre troncos.
Sobre la salud, el matiz va en dirección contraria a la euforia tecnológica: los avances no habrían alargado la esperanza de vida, habrían reducido la
mortalidad infantil, que no es lo mismo. Y no sería mérito de la medicina, sino del agua corriente y la electricidad. Una vez superada la primera infancia, salvo guerras y epidemias, llegar a los 50 era lo habitual.
Queda la pregunta incómoda. Si de verdad nada relevante ha nacido desde 1969, ¿por qué nadie se pone de acuerdo en señalar uno solo? Y si sí ha nacido, ¿por qué la sensación colectiva es exactamente la contraria?