Pablo González, canjeado tras dos años sin juicio ni acusación formal
¿Cómo se sostiene una detención de más de dos años sin que se celebre un solo juicio? Esa es la pregunta que sobrevuela el caso de Pablo González, el periodista con doble nacionalidad española y rusa que ha salido de una prisión polaca dentro de un intercambio de presos entre Rusia y Occidente. En el contexto de la
guerra de Ucrania, Polonia lo mantuvo encarcelado sin que, según los datos disponibles, llegara a formalizarse una causa abierta contra él. El canje lo ha ejecutado Moscú, no Madrid. Y ahí arranca el incendio.
Qué se sabe del canje y de la doble nacionalidad
González no es un ciudadano ruso cualquiera. Según los datos que circulan, es
nieto de un niño de la Guerra Civil evacuado a la URSS y está inscrito en el Registro Civil de Vizcaya con ambos nombres desde 1991. Eso explica que tenga los dos pasaportes, algo que en Polonia no cuadraba con sus registros y que, según una de las versiones más repetidas, alguien desde Madrid habría negado por escrito.
Ignorancia o ganas de complicar la vida al detenido, vete tú a saber.
El intercambio, según el relato que se ha impuesto, responde a la lógica clásica de la Guerra Fría: se canjean activos, no necesariamente espías. Rusia y Estados Unidos no tienen tratado de extradición, y este tipo de operaciones se cierran con civiles que pueden tener cierto interés para una de las partes. Que Putin lo haya metido en el lote no convierte automáticamente a González en un agente: lo convierte en una pieza útil. La propaganda funciona en las dos direcciones.
¿Por qué se le llamó espía ruso sin condena?
Aquí el material se parte en dos. Un bloque sostiene que
el apoyo que recibía de determinados entornos políticos y mediáticos confirmaba que era un activo ruso, y que su inclusión en el canje lo re-confirma. El otro bloque responde con un argumento difícil de rebatir: para ser espía hay que tener acceso a información reservada, trabajar en sitios sensibles o estar infiltrado en el sistema. Un periodista que hace fotos de una fábrica que aparece en Google Maps no encaja en ese perfil. Los espías de verdad son funcionarios, diplomáticos, oficiales. Gente de la que no sospechas.
La paradoja es incómoda: si el canje convierte automáticamente a alguien en espía, entonces todos los periodistas occidentales detenidos en Rusia también lo eran. Y con esa regla, la palabra pierde cualquier sentido.
El papel de España: silencio, informes y pasaportes retenidos
El abogado de González ha denunciado que
España envió informes de inteligencia contra el detenido y contra su propio letrado, un escenario que, en sus palabras, deja en mal lugar a las autoridades españolas. Durante el encarcelamiento, González tuvo contacto con abogados y algunas visitas de su pareja. Aislamiento riguroso, según la defensa, con secuelas por evaluar.
Los polacos, además, no le han devuelto el pasaporte español. No consta que se le haya prohibido entrar en territorio de la Unión Europea, pero antes de salir tuvo que firmar papeles que nadie ha detallado. La competencia para vetar la entrada a un ciudadano español es de España, no de Bruselas. Y ahí sigue la pregunta sin respuesta.
Lo que el caso dice del periodismo y de los canjes
En algunos países, civiles extranjeros que cumplen condena se usan como moneda de cambio para recuperar a verdaderos agentes. Llamar espía a cualquiera que pase por ese trámite es un atajo intelectual. Antes de instalarse en según qué sitios, conviene leer las leyes locales: lo que aquí es una nimiedad, allí puede costarte años.
Y así funciona el tablero: Moscú resuelve lo que Madrid no quiso o no supo resolver, y encima se lleva el tanto propagandístico.