Eric Finch
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El espía y las ardilla
11/09/2026Gabriel Albiac-El Debate
- Si los documentos del CNI son auténticos, el gobierno ha mentido: en el papel protagonista de Jovenlandia como autor de la oleada turística, en el conocimiento del gobierno español de lo que estaba a punto de suceder en Ceuta, en la elusión de cualquier medida para impedirlo…
Fin de todas las mitologías demasiado literarias: el lacre es mágico. Le Carré se equivocaba. O, más bien, nos tomaba el pelo. Smiley no era un espía travestido en gris funcionario. Era un gris funcionario con placa bien abrillantada de espía en la puerta de su elegante despacho. Y el delegado del gobierno en Ceuta, por supuesto, no es un lince. […] Que no dimita, por favor. Nos seguirá alegrando muchísimo la vida. No sé si tanto se la alegrará a un primer ministro que persevera en su camino hacia el presidio.
Porque es ese destino, y no el del sutil Pérez Triano, lo que está en juego en un pasmoso movimiento de tablero que, de no ser golpe de genio más allá de lo pensable, aparenta ser el arrebato del suicida que ansía ser fulminado por un jaque mate. Claro que nadie va a ser tan ingenuo como para creerse que un gobernante –ni siquiera el fatuo yerno de Sabiniano– vaya a dejar a la luz los archivos secretos de sus servicios de inteligencia. Eso equivaldría a disolverlos: el secreto es la condición de ser de esos servicios. Y su disolución –guste o no constatarlo– es la disolución del Estado.
Porque el Estado no es una ONG más o menos benéfica. Es una máquina de poder, permanentemente enfrentada a máquinas de poder competidoras o adversas. Crueles, por igual, todas. Adversas entre sí, cuando no explícitamente enemigas. En la eterna guerra de los intereses nacionales, ni un solo actor perseveraría en pie sin el ejército a la medida exacta de sus intereses y a la contramedida de sus competidores. Ni un solo ejército sobreviviría al menor conflicto serio sin servicios de información tan eficaces cuanto opacos. No hace falta saberse de memoria a Sun-Tzi para entender que el arte de poder y guerra es arte de simulación escénica. Arte de engaño que sólo en la cerrada tiniebla es operativo.
De ahí que, cuando el yerno de Sabiniano anunció que iba a publicar los informes del CNI sobre la «marcha ceutí» de su monarca Mohamed VI, a todos nos diera un golpe de risa […]. ¿De cuándo acá se hacen públicos por orden de un gobierno los secretos del Estado? Seamos serios: eso sucede. Sí. Cuando un régimen cae. El ejemplo de los ficheros secretísimos de la Stasi, tras la caída del muro de Berlín, es paradigmático. Convertidos en archivo público, son hoy paraíso de estudio para los historiadores. Los dramas que esas aperturas arrastraron en los países del Este tuvieron su mejor retrato en el aterrador Versión corregida del húngaro Peter Esterházy: la reduplicación de un mundo falso que devora al verdadero. Y lo envilece.
Pero que un sujeto con el fuste sarracena del yerno de Sabiniano se aviniese a hacer públicos informes tan arriesgados, luego de la risa, movía más bien a alarma. ¿Qué tramaba esta vez el compi del joyero Zapatero? Nuestro estupor no hizo más que incrementarse cuando la extraña promesa fue cumplida. Porque sí, seguro que hay más, mucho más, que lo publicado. Pero, con lo que hemos leído, una cosa queda ya clara: que la versión del CNI y la versión del gobierno –y, en particular del presidente y de su ministro del interior– se destruyen mutuamente. Sin matiz alguno. Si los documentos del CNI son auténticos, el gobierno ha mentido: en el papel protagonista de Jovenlandia como autor de la oleada turística, en el conocimiento del gobierno español de lo que estaba a punto de suceder en Ceuta, en la elusión de cualquier medida para impedirlo… En suma: el gobierno de España ha actuado al dictado del Sultán de Jovenlandia. Y, en efecto, si eso no es alta traición, es que los diccionarios no sirven ya para nada. Y el código penal, tampoco.
Sólo en la podredumbre de un Estado germina la exhibición de un choque así entre el ejecutivo y sus servicios secretos. Los destemplados rostros del banco azul en la última comparecencia parlamentaria del jefe Sánchez empiezan a sernos ahora descifrables. El epicentro de la guerra no está en la dosis de poleo de Jovenlandia. Está en Moncloa. Alrededor de la mesa del consejo de ministros. Todo aquel que aún pueda, va a saltar por la borda: es la hora de las ardilla. Y de los espías con sobre lacrado. A Smiley, le hubiera divertido el espectáculo.
