El espía y las ardillas (Gabriel Albiac en El Debate)

El espía y las ardillas (Gabriel Albiac en El Debate)
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

Si los documentos del CNI son reales, el Gobierno español ha mentido sobre el conocimiento previo de la "marcha ceutí" y la implicación de Marruecos, lo que podría equivaler a alta traición. Hace tiempo, las novelas de espías nos presentaban un mundo de intrigas complejas, de mensajes cifrados y dobles juegos.

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Si los documentos del CNI son reales, el Gobierno español ha mentido sobre el conocimiento previo de la "marcha ceutí" y la implicación de Marruecos, lo que podría equivaler a alta traición.

El secreto del Estado, ¿un sobre lacrado o una confesión pública?

Hace tiempo, las novelas de espías nos presentaban un mundo de intrigas complejas, de mensajes cifrados y dobles juegos. Se creía que la verdad se escondía en las sutilezas, en las capas de engaño que solo un agente experimentado podía desentrañar. Pero parece que la realidad, o al menos la versión que nos llega desde ciertas esferas del poder, es mucho más directa. Se nos dice que cuando el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) tiene una alerta importante, la información no se pierde en laberintos de códigos. Se entrega en un sobre lacrado, sellado, directamente a las autoridades. Una imagen que, para muchos, suena casi a mito, a una simplificación de lo que uno esperaría de los servicios secretos. Si esto es así, las ficciones de John le Carré se quedan cortas.

La "marcha ceutí" y la guerra de versiones

El caso de la llamada "marcha ceutí" ha puesto de manifiesto una brecha preocupante entre lo que el Gobierno español ha comunicado públicamente y lo que, supuestamente, reflejan los informes internos del CNI. La cuestión central es si el Ejecutivo conocía de antemano la operación orquestada desde Marruecos y si tomó medidas para evitarla. Si los documentos del CNI son auténticos, la versión oficial se desmorona. Se sugiere que el Gobierno español no solo estaba al tanto de lo que estaba por suceder en Ceuta, sino que habría eludido activamente cualquier acción para impedirlo. Esto plantea una acusación gravísima: que la administración actual habría actuado bajo las directrices del monarca marroquí, Mohamed VI.

El Estado, una máquina de poder en pugna

Entender la naturaleza del Estado es fundamental para comprender estas tensiones. No es una simple organización benéfica. Es, en esencia, una máquina de poder, constantemente enfrascada en una lucha con otras estructuras de poder, tanto internas como externas. En esta arena de intereses nacionales, la supervivencia de un Estado depende de contar con un ejército y, crucialmente, con unos servicios de información que sean tan eficaces como discretos. El secreto es la savia de estos servicios; sin él, su propia existencia se vería comprometida. La revelación de información clasificada, como la que se ha insinuado con los informes del CNI, solo suele ocurrir en momentos de crisis extrema, como la caída de un régimen. La publicación de archivos secretos de la Stasi tras la caída del muro de Berlín es un ejemplo claro de cómo la transparencia forzada puede tener consecuencias imprevisibles y dolorosas.

El tablero de Moncloa: ¿ratas o espías?

La situación actual, con un choque tan evidente entre el poder ejecutivo y sus servicios de inteligencia, apunta a una profunda inestabilidad en el corazón del Gobierno. Las expresiones de tensión que se han observado en las últimas comparecencias parlamentarias del presidente Sánchez empiezan a tener una explicación. El verdadero epicentro de este conflicto no parece estar en la frontera con Marruecos, sino en el propio palacio de la Moncloa, en el consejo de ministros. En momentos así, se dice, todos aquellos que puedan, intentarán salvarse. Es la hora de las "ratas", de quienes buscan su propio beneficio en medio del caos, y de los espías que operan con sus sobres lacrados. Un espectáculo que, para algunos, podría resultar hasta fascinante.

Datos clave
  • *11/09/2026**
  • *Gabriel Albiac**
  • *CNI**
  • *Marruecos**
  • *Ceuta**
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

Eric Finch

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El espía y las ardilla​

11/09/2026

Gabriel Albiac-El Debate
  • Si los documentos del CNI son auténticos, el gobierno ha mentido: en el papel protagonista de Jovenlandia como autor de la oleada turística, en el conocimiento del gobierno español de lo que estaba a punto de suceder en Ceuta, en la elusión de cualquier medida para impedirlo…
Alos que, hace más de medio siglo, fuimos tragados por los geométricos laberintos de Smiley, nos sacó anteayer de nuestro sueño dogmático el ingenioso delegado del gobierno en Ceuta, un tal Pérez Triano. John le Carré nos engañaba. Las infinitas sutilezas de muñeca rusa, cuyas trampas que ocultan trampas acaban por ser al fin las únicas verdades, no son más que barroquismos literarios: pura leyenda. El «espía que surgió del frío» no transmitía misteriosos mensajes cifrados en las cifras de otras cifras. Hacía llegar pulcros sobres sellados. Y en ellos desentrañaba la unívoca verdad del mundo. «Cuando el CNI tiene una alerta, lo entrega en un sobre lacrado y lo da a las autoridades».

Fin de todas las mitologías demasiado literarias: el lacre es mágico. Le Carré se equivocaba. O, más bien, nos tomaba el pelo. Smiley no era un espía travestido en gris funcionario. Era un gris funcionario con placa bien abrillantada de espía en la puerta de su elegante despacho. Y el delegado del gobierno en Ceuta, por supuesto, no es un lince. […] Que no dimita, por favor. Nos seguirá alegrando muchísimo la vida. No sé si tanto se la alegrará a un primer ministro que persevera en su camino hacia el presidio.

Porque es ese destino, y no el del sutil Pérez Triano, lo que está en juego en un pasmoso movimiento de tablero que, de no ser golpe de genio más allá de lo pensable, aparenta ser el arrebato del suicida que ansía ser fulminado por un jaque mate. Claro que nadie va a ser tan ingenuo como para creerse que un gobernante –ni siquiera el fatuo yerno de Sabiniano– vaya a dejar a la luz los archivos secretos de sus servicios de inteligencia. Eso equivaldría a disolverlos: el secreto es la condición de ser de esos servicios. Y su disolución –guste o no constatarlo– es la disolución del Estado.

Porque el Estado no es una ONG más o menos benéfica. Es una máquina de poder, permanentemente enfrentada a máquinas de poder competidoras o adversas. Crueles, por igual, todas. Adversas entre sí, cuando no explícitamente enemigas. En la eterna guerra de los intereses nacionales, ni un solo actor perseveraría en pie sin el ejército a la medida exacta de sus intereses y a la contramedida de sus competidores. Ni un solo ejército sobreviviría al menor conflicto serio sin servicios de información tan eficaces cuanto opacos. No hace falta saberse de memoria a Sun-Tzi para entender que el arte de poder y guerra es arte de simulación escénica. Arte de engaño que sólo en la cerrada tiniebla es operativo.

De ahí que, cuando el yerno de Sabiniano anunció que iba a publicar los informes del CNI sobre la «marcha ceutí» de su monarca Mohamed VI, a todos nos diera un golpe de risa […]. ¿De cuándo acá se hacen públicos por orden de un gobierno los secretos del Estado? Seamos serios: eso sucede. Sí. Cuando un régimen cae. El ejemplo de los ficheros secretísimos de la Stasi, tras la caída del muro de Berlín, es paradigmático. Convertidos en archivo público, son hoy paraíso de estudio para los historiadores. Los dramas que esas aperturas arrastraron en los países del Este tuvieron su mejor retrato en el aterrador Versión corregida del húngaro Peter Esterházy: la reduplicación de un mundo falso que devora al verdadero. Y lo envilece.

Pero que un sujeto con el fuste sarracena del yerno de Sabiniano se aviniese a hacer públicos informes tan arriesgados, luego de la risa, movía más bien a alarma. ¿Qué tramaba esta vez el compi del joyero Zapatero? Nuestro estupor no hizo más que incrementarse cuando la extraña promesa fue cumplida. Porque sí, seguro que hay más, mucho más, que lo publicado. Pero, con lo que hemos leído, una cosa queda ya clara: que la versión del CNI y la versión del gobierno –y, en particular del presidente y de su ministro del interior– se destruyen mutuamente. Sin matiz alguno. Si los documentos del CNI son auténticos, el gobierno ha mentido: en el papel protagonista de Jovenlandia como autor de la oleada turística, en el conocimiento del gobierno español de lo que estaba a punto de suceder en Ceuta, en la elusión de cualquier medida para impedirlo… En suma: el gobierno de España ha actuado al dictado del Sultán de Jovenlandia. Y, en efecto, si eso no es alta traición, es que los diccionarios no sirven ya para nada. Y el código penal, tampoco.

Sólo en la podredumbre de un Estado germina la exhibición de un choque así entre el ejecutivo y sus servicios secretos. Los destemplados rostros del banco azul en la última comparecencia parlamentaria del jefe Sánchez empiezan a sernos ahora descifrables. El epicentro de la guerra no está en la dosis de poleo de Jovenlandia. Está en Moncloa. Alrededor de la mesa del consejo de ministros. Todo aquel que aún pueda, va a saltar por la borda: es la hora de las ardilla. Y de los espías con sobre lacrado. A Smiley, le hubiera divertido el espectáculo.
 

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