Eric Finch
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Si los documentos del CNI son reales, el Gobierno español ha mentido sobre el conocimiento previo de la "marcha ceutí" y la implicación de Marruecos, lo que podría equivaler a alta traición.
Hace tiempo, las novelas de espías nos presentaban un mundo de intrigas complejas, de mensajes cifrados y dobles juegos. Se creía que la verdad se escondía en las sutilezas, en las capas de engaño que solo un agente experimentado podía desentrañar. Pero parece que la realidad, o al menos la versión que nos llega desde ciertas esferas del poder, es mucho más directa. Se nos dice que cuando el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) tiene una alerta importante, la información no se pierde en laberintos de códigos. Se entrega en un sobre lacrado, sellado, directamente a las autoridades. Una imagen que, para muchos, suena casi a mito, a una simplificación de lo que uno esperaría de los servicios secretos. Si esto es así, las ficciones de John le Carré se quedan cortas.
El caso de la llamada "marcha ceutí" ha puesto de manifiesto una brecha preocupante entre lo que el Gobierno español ha comunicado públicamente y lo que, supuestamente, reflejan los informes internos del CNI. La cuestión central es si el Ejecutivo conocía de antemano la operación orquestada desde Marruecos y si tomó medidas para evitarla. Si los documentos del CNI son auténticos, la versión oficial se desmorona. Se sugiere que el Gobierno español no solo estaba al tanto de lo que estaba por suceder en Ceuta, sino que habría eludido activamente cualquier acción para impedirlo. Esto plantea una acusación gravísima: que la administración actual habría actuado bajo las directrices del monarca marroquí, Mohamed VI.
Entender la naturaleza del Estado es fundamental para comprender estas tensiones. No es una simple organización benéfica. Es, en esencia, una máquina de poder, constantemente enfrascada en una lucha con otras estructuras de poder, tanto internas como externas. En esta arena de intereses nacionales, la supervivencia de un Estado depende de contar con un ejército y, crucialmente, con unos servicios de información que sean tan eficaces como discretos. El secreto es la savia de estos servicios; sin él, su propia existencia se vería comprometida. La revelación de información clasificada, como la que se ha insinuado con los informes del CNI, solo suele ocurrir en momentos de crisis extrema, como la caída de un régimen. La publicación de archivos secretos de la Stasi tras la caída del muro de Berlín es un ejemplo claro de cómo la transparencia forzada puede tener consecuencias imprevisibles y dolorosas.
La situación actual, con un choque tan evidente entre el poder ejecutivo y sus servicios de inteligencia, apunta a una profunda inestabilidad en el corazón del Gobierno. Las expresiones de tensión que se han observado en las últimas comparecencias parlamentarias del presidente Sánchez empiezan a tener una explicación. El verdadero epicentro de este conflicto no parece estar en la frontera con Marruecos, sino en el propio palacio de la Moncloa, en el consejo de ministros. En momentos así, se dice, todos aquellos que puedan, intentarán salvarse. Es la hora de las "ratas", de quienes buscan su propio beneficio en medio del caos, y de los espías que operan con sus sobres lacrados. Un espectáculo que, para algunos, podría resultar hasta fascinante.
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