Staycation: el arte de no irse de vacaciones y llamarlo estilo de vida
¿Te quedas en casa este agosto porque no tienes dónde ir o porque no te apetece ir a ningún sitio? La respuesta, en realidad, marca la diferencia entre una moda y un síntoma. El staycation, ese término que importamos del inglés para no decir «no tengo dinero para vacaciones», está en boca de todos. Y en el bolsillo de pocos.
¿Necesidad o elección?
Hay quien sostiene que el 90% de los que se quedan en casa lo hacen porque no pueden pagarse un viaje. La versión más benévola habla de una decisión consciente: evitar las hordas de turistas, los precios de temporada alta y las colas eternas. Pero como en la fábula de la zorra y las uvas, algunos prefieren llamar «elección» a lo que en realidad es un apretón de cuentas. «La pobreza será cool», sentenciaba una lectura sociológica de la tendencia.
El precio de quedarse en casa
La paradoja es que quedarse también cuesta. Hay que pagar la hipoteca, llenar el depósito si toca salir a la compra, y soportar la ciudad vacía con la misma factura de siempre. Confesarlo es raro: «Me quedo para pagar la hipoteca y no gastar gasolina», admitía un afectado. Al menos, el staycation tiene una ventaja: no hay que facturar la vergüenza.
Lo que la moda no cuenta
Detrás de las fotos de toalla en el balcón se esconde algo más prosaico. La democratización del turismo con las aerolíneas low cost y Airbnb ha convertido los destinos clásicos en un infierno de gente. Así que quedarse en casa puede ser, por una vez, una decisión racional. O un buen pretexto. Que cada cual elija su excusa.