El feminismo cae diez puntos entre los jóvenes en cuatro años
La identificación de la población joven con el
feminismo se ha desplomado. En 2019, el
64% de los menores de 29 años decía sentirse muy afín al movimiento; en 2023, ese apoyo cayó al
54%, según el último informe del Injuve, organismo dependiente del Ministerio de Juventud e Infancia. La brecha se abre sobre todo entre sexos: ellas se declaran feministas en un 67,6% (eran el 80,9% en 2019) y ellos en un 40,9% (eran el 54%). El diagnóstico oficial apunta a las redes sociales, a la pandemia y a los discursos negacionistas. El diagnóstico que circula fuera de los despachos es bastante menos amable con el relato.
Qué dice el informe del Injuve sobre la brecha entre chicos y chicas
Los datos dibujan una
guerra de los sexos que ya no es metáfora. El 44% de los hombres jóvenes opina que la promoción de la igualdad ha ido demasiado lejos y los discrimina. Solo el 55,1% de los chicos apoya el derecho al aborto, frente al 71% de las chicas. Un 44,1% respalda la remuneración del trabajo doméstico (60,9% de ellas) y menos de la mitad defiende la presencia equilibrada en altos cargos, frente al 70% de las mujeres. El negacionismo de la violencia de género sube del 5,7% al 13,2% entre ellas y del 11,9% al 23,1% entre ellos, según un estudio de Fad Juventud.
La lectura institucional atribuye el desplome a la desmovilización post-pandemia, a la institucionalización del movimiento y a los discursos que han encontrado en internet un altavoz potente. El sociólogo Lionel Delgado lo resume así: las redes han explotado el sentimiento de exclusión de algunos hombres
para vender más, y los chicos han encontrado espacios de pertenencia en los lugares más turbios de internet. Añade que esta generación es también la del Covid, las fake news y el
internet de Trump, y que ciertas fuerzas ultraconservadoras han elegido el feminismo como campo de disputa.
Por qué muchos jóvenes dejan de identificarse con el feminismo
La explicación oficial no convence a buena parte de quienes han dejado de sentirse interpelados. Un joven de 22 años lo plantea sin rodeos: considera el feminismo un constructo ideológico, muy intrusivo, que no funciona y que excluye a quien no piensa de una determinada manera. Sostiene que los niños ya no se educan bajo lógicas machistas y que el machismo que queda se concentra entre los mayores. Otro, de 21 años, admite cierto machismo y ciertos prejuicios, pero cree que no es solucionable a corto plazo y que lo único que cabe es dejar pasar el tiempo. Tampoco acepta que la violencia de género se catalogue como tal y sostiene que las leyes discriminan a los hombres.
Hay una corriente de análisis que rechaza de plano la tesis de las redes. Sostiene que el feminismo no ha perdido fuelle por culpa de las plataformas ni de ninguna fuerza externa, sino por sus propias contradicciones, y que la atribución al entorno digital es una excusa cómoda. En esa línea se apunta a la asimetría penal, a los tribunales de excepción para hombres, a la falta de presunción de inocencia en determinados procedimientos y a las ayudas administrativas vetadas por razón de sexo. El cálculo completo, con el detalle de cada norma y cada partida, es el material que más circula y el que menos se responde desde el otro lado.
El feminismo como negocio y como relato oficial
Otra línea, más economicista, sostiene que el movimiento se ha convertido en un sector subvencionado con vida propia. Se argumenta que da de comer a mucha gente que no tendría otra forma de vida y que funciona como herramienta de control y de conflicto entre sexos. Desde esta óptica, el problema no es que el discurso haya perdido eficacia, sino que nunca fue hegemónico: simplemente, quien no comulgaba era silenciado, y ahora internet le ha dado voz. La comparación que más se repite es religiosa: el artículo se lee como la queja de un cura ante el desplome de la asistencia a misa.
El paralelismo tiene su gracia y su parte de verdad. España dejó de ser católica practicante en dos generaciones y nadie pidió un informe del Injuve para explicarlo. Que ahora se mida la fe feminista de los jóvenes con la misma ansiedad sugiere que el movimiento ha dejado de ser una reivindicación para convertirse en una adscripción identitaria más, con su catecismo y sus herejes. Y las adscripciones identitarias, cuando se institucionalizan, se desinflan.
La predicción con reservas es la siguiente: si la brecha entre chicos y chicas sigue abriéndose al ritmo actual, el feminismo joven se convertirá en un movimiento mayoritariamente femenino, con menos capacidad de arrastre social y más dependencia del impulso institucional. Eso no lo arregla una campaña de redes. Tampoco lo arregla ignorar por qué casi la mitad de los chicos jóvenes, que crecieron con la igualdad como sentido común, han dejado de comprarla.