Therian: el fenómeno que abre un nicho de empleo
Hay quien se identifica con un animal y busca a alguien que lo pasee por el parque. Lo que para muchos es una excentricidad generacional, para otros empieza a ser un servicio con demanda. El fenómeno de los therian —personas que dicen sentir una conexión espiritual, psicológica o emocional con un animal no humano— ha dejado de ser una curiosidad de internet para convertirse en una actividad con quedadas, manadas y, según se desprende del interés que despierta, en una posible fuente de ingresos para quien sepa leerlo.
La definición no es un invento de redes. El término therian proviene del griego thērion, que significa bestia salvaje, y anthropos, humano. Lo que hoy se presenta como una identidad moderna tiene precedentes en la mitología griega, donde la transformación de humanos en animales —Licurgo convertido en lobo, Acteón en ciervo— era un motivo literario recurrente. La diferencia es que ahora se organiza en quedadas físicas y comunidades digitales.
¿Qué hace exactamente un therian y qué servicios genera?
El núcleo de la actividad consiste en reunirse con otros que comparten la misma identificación, formar grupos que algunos llaman manadas y, en determinados casos, buscar a alguien que los pasee por espacios públicos y los junte con otros iguales para pasar el rato haciendo cosas propias de perros, gatos o zorros. Ese último punto es el que abre la puerta a un nicho económico: la figura del paseador o acompañante de therian, un servicio que no existía hace unos años y que ahora encuentra demanda en entornos urbanos.
No hay cifras oficiales de cuántas personas participan ni de cuánto dinero mueve el sector. Lo que sí se constata es la existencia de convocatorias presenciales en distintas ciudades, con una organización que requiere logística: puntos de encuentro, horarios, espacios donde los participantes puedan desarrollar su actividad sin conflictos con el resto de usuarios. Ahí es donde entra el
empleo indirecto: coordinación de eventos, alquiler de espacios, servicios de acompañamiento.
El debate sobre si es una moda o un asunto de salud mental
La llegada del fenómeno a España ha reabierto una discusión que va más allá de lo económico. Hay quien lo enmarca en una moda generacional importada, asociada a las generaciones más jóvenes, y quien sostiene que responde a una necesidad psicológica real que debería tratarse. Desde el ámbito de la psicología, algunas voces han salido a señalar que no constituye una tara mental porque los individuos son conscientes de lo que hacen, un argumento que no ha cerrado el debate.
La controversia tiene una derivada práctica: si se considera una identidad, la administración debe garantizar espacios y no discriminación; si se considera un trastorno, la respuesta es sanitaria. Esa ambigüedad es la que impide que el fenómeno se consolide como un mercado con reglas claras. Sin marco, el empleo que genera es informal, esporádico y difícil de cuantificar.
¿Por qué se habla de esto ahora y no hace cinco años?
El fenómeno lleva tiempo circulando, pero su visibilidad se ha disparado en las últimas semanas. Las comunidades digitales han pasado de ser nichos cerrados a organizar quedadas presenciales en ciudades españolas, y eso ha atraído la atención de medios y de curiosos. La secuencia es conocida: primero el ruido en redes, después la convocatoria física, luego el interés informativo y, finalmente, la pregunta económica.
Ese interés tiene un componente generacional. Mientras las generaciones más veteranas lo contemplan con escepticismo, los más jóvenes lo integran con naturalidad en su vocabulario identitario. La brecha no es solo de edad: es de marco mental. Lo que para unos es una excentricidad que debería tener respuesta psiquiátrica, para otros es una expresión más de la diversidad de identidades contemporáneas.
El negocio que nadie ha cuantificado todavía
La pregunta económica de fondo es si existe un mercado real o si se trata de una burbuja de atención. Los servicios de acompañamiento, las quedadas organizadas y el alquiler de espacios son actividades que ya se están produciendo, pero sin estructura empresarial. No hay empresas constituidas específicamente para ello, ni tarifas públicas, ni convenios. Es economía sumergida o, en el mejor de los casos, actividad informal.
Eso no significa que no haya dinero. Significa que circula por canales que no aparecen en las estadísticas. Para quien busca un nicho de empleo, la oportunidad existe en la medida en que la demanda se consolide. Para quien analiza la economía española, el fenómeno es una muestra más de cómo las identidades emergentes generan actividad económica antes de que exista un marco que la regule.
¿Cuánto tardará la administración en decidir si esto es ocio, identidad o sanidad? Esa es la pregunta que determinará si el nicho se convierte en sector o se queda en anécdota.