Crece el bando que pide rendirse ante Putin
Hay una tesis que gana terreno en el análisis de la
guerra de Ucrania: la de que resistir es un error y que lo sensato es ceder ante Moscú. El argumento se apoya en la supuesta superioridad rusa y en la lejanía del conflicto, y su traducción práctica es una pregunta incómoda: si la guerra no nos toca, ¿por qué nos cuesta dinero? La respuesta más repetida es que Ucrania no pertenece ni a la UE ni a la OTAN, de modo que no existe obligación de defensa ni de asociación. De ahí a sostener que la ayuda militar es un pozo sin fondo media un paso que muchos ya dan sin rubor.
Ucrania no es de la OTAN: el argumento que sostiene la rendición
La pieza central del relato que pide desentenderse es jurídica y económica a la vez. Se repite que Ucrania no es miembro de la Unión Europea ni de la Alianza Atlántica, que no hay tratado de defensa que obligue y que la factura se paga aquí en forma de inflación disparada. El corolario es simple: quien quiera defender el país invadido puede alistarse en la legión extranjera, y al resto que lo dejen en paz. Esa fórmula, repetida con variantes, funciona como coartada perfecta: convierte la solidaridad en una decisión personal y la geopolítica en un gasto prescindible.
Frente a eso, la respuesta más citada es la de la escalada. Se sostiene que seguir alimentando el conflicto en un país ajeno a ambas estructuras solo prolonga la guerra y multiplica el riesgo. La rendición, en esta lectura, no es cobardía sino gestión de riesgos: más vale una rendición a tiempo que una derrota costosa después. El problema de ese cálculo es que da por hecho que el agresor se detendrá donde está, algo que la historia reciente no respalda.
El fantasma de Múnich y el alistamiento que nunca llega
La comparación con 1938 aparece una y otra vez. Quienes defienden la resistencia acusan a los partidarios de ceder de repetir el error de Múnich y de invocar a Chamberlain para justificar lo injustificable. La réplica es una ironía recurrente: el consulado ucraniano sigue esperando a los guerrilleros de teclado que jalean la guerra pero no acaban de ir al frente. El argumento tiene fuerza retórica, aunque no resuelve el fondo: si la guerra es justa, ¿por qué la defienden sobre todo quienes no van a combatirla?
La discusión se enreda cuando entra la cronología. Se discute si la URSS reconoció a Ucrania como nación desde su carta fundacional de 1922, si la Federación Rusa hizo lo propio en 1991 y si el Imperio Ruso dejó de existir en 1917. Son datos que se usan como munición para negar o afirmar la legitimidad del Estado ucraniano, y que en el fragor del intercambio se mezclan con la invasión de Polonia y el papel de Stalin en la ONU. El resultado es un galimatías donde cada bando elige el hecho que le conviene.
Lo que se juega Europa: rearme propio frente a ayuda a Kiev
Una corriente que gana peso propone un giro de guion: en lugar de enviar armamento a Ucrania, que España se rearme. La idea es que los asuntos de defensa nos conciernen cuando ocurran, no antes, y que acoger refugiados o ayudar en la reconstrucción es aceptable mientras mandar armas solo sirve para que mueran más soldados. Es la versión sofisticada del «que se arreglen ellos», y su punto débil es evidente: si nadie ayuda, el agresor se arregla solo.
El contrapunto llega desde el otro flanco. Se acusa a los equidistantes de tratar igual al violador y a la víctima, y se recuerda que los ucranianos resisten porque defienden su país, no porque alguien les obligue. La alternativa de agacharse ante el matón, se dice, ya se practica en otros lugares con resultados conocidos. La discusión deriva entonces hacia si Europa es realmente libre o solo tiene la ilusión de libertad, con acusaciones cruzadas de propaganda y de seguidismo.
El giro de Trump y el sospechoso pacto con Putin
En la parte final del intercambio aparece una hipótesis que reordena todo el tablero: que el entendimiento entre Trump y Putin consista en que Rusia deje sola a China. Si eso fuera cierto, el objetivo real de Washington sería Pekín, Europa quedaría a su suerte y la OTAN importaría poco. Es una teoría sin pruebas, pero explica por qué el comportamiento de todos los actores resulta tan sospechoso para quien sigue el conflicto con atención.
La discusión, mientras tanto, se ha ido envenenando. Hay quien acusa a los críticos de la ayuda de ser útiles a Moscú, y quien responde que los partidarios de la guerra son cínicos que mandan a morir a otros. Las descalificaciones personales han sustituido a los argumentos en tramos enteros de la conversación, y algunos de los participantes más activos han acabado bloqueándose entre sí. El debate sobre Ucrania se ha convertido, también aquí, en una guerra de trincheras.
¿Cuánto tiempo puede sostenerse una posición que exige a otros lo que uno no está dispuesto a hacer?