Las dos cicatrices del sanchismo: corrupción y frontera
Si algo quedará del gobierno de
Pedro Sánchez, según el análisis político más crudo, son dos fenómenos: una corrupción endémica que habría alcanzado niveles de sofisticación inéditos –desde los escándalos de su círculo más cercano hasta la gestión de fondos públicos– y una política migratoria descrita como «invasión tercermundista» que habría convertido las fronteras en un coladero. Ambas críticas provienen de sectores que consideran que estos problemas no son nuevos, sino que con Sánchez se han llevado al extremo.
Sin embargo, también hay quien sostiene que la corrupción es sistémica y bipartidista, y que la inmigración es un fenómeno estructural que ningún gobierno ha sabido gestionar. La polarización es tal que cada bando acusa al otro de hipocresía: los mismos que antes miraban a otro lado ahora se escandalizan, y viceversa. La discusión se ha reducido a dos relatos antagónicos.
Entre medias, el dato incómodo: ambas prácticas –corrupción y descontrol migratorio– llevan décadas instaladas. La novedad, quizá, sea la intensidad del ruido político. ¿Será suficiente para definir un legado?